La lápida de papá

Ni siquiera fui antes de irme a Polonia, a sabiendas de que mi ausencia se prolongaría casi por dos años. Es más: a sabiendas de que quién sabe si regresaría. (Pero cómo no regresar a mi México tan querido.) Tampoco fui cuando volví. Esto quiere decir que hacía, más o menos, cinco años que no iba a ver a papá.

Tengo a papá colgado en la pared. Tengo a papá en el rostro de mi hermano Isaac. Tengo a papá todos los fines de semana, cuando me reúno con mis hermanos. Tengo a papá en mamá, quien lo extraña a pesar de todo. Tengo a papá en la curiosidad ajena, que se dispara ni bien cuelo un detalle sobre su vida, por mínimo que sea. Tengo a papá en los ojos, que (dicen) son idénticos a los de mi abuelo, su padre. Tengo a papá en los boleros, en José José, en el cine mexicano, en los clásicos de la MGM. Tengo a papá en los libros de Oliver Sacks, que me ayudan a entenderlo mejor. Tengo a papá en mis sueños, donde una y otra vez se hace presente para susurrarme palabras de amor. Tengo a papá taladrado en el alma y en el corazón. Lo tengo aquí, a mi derecha, acompañándome mientras escribo y asintiendo cada vez que llego al punto y aparte.

Y hoy fui a ver a papá al panteón. “No tenemos ahora para flores”, le dije a H, “pero papá sabrá entender. Escapémonosle a la señora que me cobra cada vez que me ve, seguro se acuerda de mí. Ya la encararé en la quincena, cuando esté en condiciones de ponerme al día con lo que sea que cobren”. Quería dejar una piedra en su lápida y presentarle a H, mi compañero desde hace dos años, el hombre que me hace tan feliz. Quería contarle cómo me fue. Quería darle las gracias por todo lo que me da. Llegamos a Constituyentes y dimos la vuelta en ese retorno que queda al final del mundo. Odio esa avenida. Dejamos el coche frente a la entrada principal.

Recorrimos los laberínticos pasillos a grandes zancadas. Las menorás y las estrellas de David se sucedían junto con las inscripciones en hebreo y las fotos de quien ahí descansa. No me detuve en ninguna. Solía hacerlo al principio, hace dieciséis años. Ahora no me interesa. Sentía una urgencia poco habitual. Quería llegar a la tumba de papá.

Hay que pisar varias tumbas en ese panteón tan saturado y tan mal planeado. Hay que llenarse los labios de disculpas para pasar por encima de los mausoleos que componen el perímetro de la tumba objetivo. Y así, pisando tumbas ajenas, llegué a la tan ansiada tumba de papá. No hubo tiempo siquiera de buscar la foto, como siempre hacía. Esa foto que tanto odiaba, donde solía verse un señor que nada tiene que ver con el hombre maduro y amoroso a quien yo tuve la bendición de decirle papá. Antes de mirar a mi alrededor, quedé congelada ante una de las visiones que más hondo han calado en mí: la lápida de papá estaba deshecha. Si me pidieran que describiera lo que vi, sólo se me ocurre pensar que aquello sólo lo provocaría un terremoto terrible capaz de arrasar con todo lo que encuentra a su paso. La lápida de papá se precipitó en añicos hasta lo más recóndito de esa tumba hueca. ¿Todas las tumbas son huecas? ¿Había algo ahí y lo sacaron? ¿Hay necesidad de dejar un vacío así de grande entre el ataúd y la superficie a pesar del vacío tan indeciblemente doloroso que queda entre el que un día está y al día siguiente dice para siempre adiós? ¿Qué le pasó a la lápida de papá?

El llanto brotó de mis ojos sin siquiera darme cuenta. Lo que más me dolió fue la idea de que esa lápida lleva años deshecha y papá todos los días, al ser testigo de un espectáculo tan terrible, se nos vuelve a morir. Me llené de rabia contra mí y contra todos mis hermanos: “A nadie le importa, nadie viene, nadie se ha dado cuenta”. ¿Y si es una llamada de atención? ¿Y si lo que hay que leer entre líneas es que papá nos extraña, que nos quiere ahí de vez en cuando, que no lo descuidemos, que no lo volvamos a abandonar? La gente suele decir que uno debe demostrarle a quien ama lo que siente cuando ese alguien está vivo: “Muerto, ¿para qué?” Yo no creo que la tumba de papá sea sólo una piedra impuesta por el rigor de la tradición judía. Para mí, ese lugar siempre ha sido sagrado. Un lugar lleno de silencio que me permite entrar a lo más insondable de mi alma. Un lugar de profundo respeto. Un lugar donde papá nos espera. Un punto de encuentro donde papá jamás se cansará de esperar.

Se me rompió el corazón un poco.

Lo vamos a arreglar.

Quizás sea la oportunidad para ponerle una lápida bella, esa de mármol oscuro que tanto me gusta. Que tanto le va.

Quizás sea la oportunidad para sembrarle flores alrededor, si es que la complejísima posición que le fue asignada nos lo permite.

Quizás sea momento de reconocer que las citas con los muertos no pueden postergarse, aunque no estén muertos del todo porque perviven en el corazón.

Quizás sea el momento de reconocer que no me perdono haber abandonado a papá por tantos años. Él nunca me ha abandonado a mí.

Se me rompió un poco el corazón. Se me fue de las manos. Cayó de golpe en los más recóndito del sepulcro: justo ahí donde aún yacen los restos de la lápida destrozada.

Preámbulo de la ¿novela? que no me atreví a escribir

He cometido, digámoslo así, un pecado estético: soy una mujer más bien ancha, de proporciones renacentistas. Mis piernas simulan más dos fuertes troncos que dos frágiles varas, mi vientre remite a la fertilidad, mis senos son espesos y redondos. Hace no mucho, alguien trazó un símil entre la Venus de Cabanel y yo. Terminado el encuentro, me precipité: corrí a buscar esa imagen con urgencia. Mi piel, pálida; mi cabello, rubio y rizado; y mis ojos, de un azul profundo, daban testimonio de que, ciertamente, ahí estaba yo: tendida bocarriba con cinco ángeles sobrevolando mi cuerpo desnudo.

Sólo dos veces me he enamorado de verdad. La primera vez tenía dieciocho años. La segunda, veinticuatro. Y en ambas ocasiones el saldo ha sido terriblemente amargo para mí: he terminado bañada en lágrimas a medianoche, arrinconada por la mirada cruel de aquel que decía amarme, haciendo que, a imagen y semejanza del ave fénix, los fantasmas de mi inseguridad renacieran de entre las cenizas.

Después de dos experiencias similares, decidí asumir la realidad que me había tocado vivir. Quién se hubiera imaginado, hace cincuenta años, que una mujer llegaría a sacrificarlo todo en pos de una silueta esbelta y libre de imperfecciones, incluso cuando esa obsesión le costara, entre otras cosas, su felicidad, con tal de retener a un hombre que promete tocarla a cambio de que se mantenga en su peso. El Muro de Berlín se vino abajo y con su caída nos inundaron estereotipos y patrones basados en el consumismo y en la idea occidental de belleza. Y es por eso que hoy día tantos hombres y mujeres se encierran en el baño a llorar, a ver si así se sacuden la “fealdad” que traen a cuestas, que los distancia del mundillo aquel al que, tristemente, todos queremos pertenecer.

Este libro no va a convertirse en un aburrido y molesto panfleto de autocompasión ni de autoayuda, nada más lejano. Este libro supe que era necesario escribirlo para demostrar que en este planeta coexisten varias ideologías que, de coincidir en el momento y el lugar precisos, pueden intersecarse y abrirle paso al amor en su estado más puro e inverosímil.

Para cuando salí de México ya me había hecho a la idea de que no me expondría más a los azotes de una sociedad a la que en muchos sentidos me siento ajena. Decidí no sucumbir ante la tentación de entregarme a los más austeros regímenes para desafiar mi complexión ósea: no. De ahora en adelante, sí señor, a nadie le conferiría yo el poder para desarmarme en mil pedazos a punta de bofetadas psicológicas. Cambiar para gustarle a alguien es algo que no he hecho nunca y que no pienso hacer ahora. Barajaría mis cartas con más precaución y me entregaría sólo a aquel que me aceptara, que no me atacara, que me respetara. Y ocurrió. Y ésta podría ser una historia de amor más, como cualquier otra, de no ser porque Abdullah es yemení, casado, con dos hijos, y —sobre todo— musulmán recalcitrante.

Abdullah apareció para desvelarme un universo totalmente desconocido, al que sólo tenemos acceso a través de la ficción y de los medios masivos de comunicación (que, como todos sabemos, tergiversan la realidad a conveniencia). Con una indiferencia aterradora leemos día con día los encabezados que rezan “40 muertos en un atentado suicida en Bagdad”, “350 muertos en un nuevo ataque israelí a Gaza”, “Mahmud Ahmadineyad reta públicamente a Obama en nombre de Alá”, “Tres mujeres lapidadas en Kabul”, ad infinítum, sin sentir empatía alguna con aquellos que enfrentan una realidad mucho más intrincada que la que a nosotros nos ha tocado vivir. La religión es su único bastión y a él se asen los más de mil quinientos millones de musulmanes que pueblan este mundo tan injusto y desigual.

Abdullah es la antítesis de la hipocresía, de la pretensión. Es la persona más auténtica y más congruente que he conocido en mi vida. Sin ningún reparo, ha respondido a todas mis preguntas, que siempre recibe con una estupefacción tan grande como aquella que a mí me han generado sus respuestas. Abdullah pertenece a una cultura totalmente opuesta a la occidental y a través de sus revelaciones, conceptos como belleza, religión, sexo, política, guerra, muerte o amor adquieren dimensiones inimaginables.

Hay otro mundo de ese otro lado, gente como nosotros que ve la vida de un color completamente diferente. Yo no creo que haya sido casualidad que coincidiéramos en territorio neutral, no. Tenía que ser así para desnudarnos, para entregarnos, para sincerarnos y llevar al extremo todas las emociones que sin poder evitarlo nos produce el contacto —nunca físico— con el otro.

Vine huyendo de mi sociedad, y me topé a través suyo con un cosmos completamente distinto. Abdullah me ama, me admira, me respeta, me desea. No hace mal en sentir esto por mí aunque esté casado: para él, la noción de fidelidad no existe: puede amar a dos mujeres al mismo tiempo sin problema, y así lo hace. Eso sí: jamás su piel ha rozado la mía. No puede tocarme “hasta que nos casemos”.

Éste es el recuento de una relación sui géneris, fuera de serie, que me ha permitido no sólo conocer otra civilización sino redescubrirme a mí misma. Ha sido Abdullah el primer hombre al que le he permitido asomarse al rincón más profundo donde se alojan mis miedos, mis dudas, mis heridas y mi incertidumbre, y ha sido él quien me ha devuelto la fe que perdí en el camino.

Cuando un libro te llega, no te deja en paz: no te deja dormir, no te deja comer, no te deja concentrarte. A gritos te pide que lo escribas ya, sin demora, que lo tomes en serio. Yo sé que esta historia hay que escribirla, y hay que hacerlo ya. Hay que hacerlo ahora, cuando soy capaz aún de reconstruir nuestras charlas e intercambios, no implicando así que todo aquello que de él he aprendido vaya yo a olvidarlo en algún momento: Abdullah, mi Abdullah, me ha cambiado la vida para siempre.

Wendolín Perla, La Cobarde
Barcelona, agosto de 2010

Obsesiones destructivas

No hay obsesiones sanas. Todos aquellos que nos jactamos de tener alguna nos regodeamos en el hecho de saber que algo está mal, que no somos como los otros, que por más indicios de normalidad que nos habiten, siempre seremos diferentes. Yo, desde la más tierna edad, he sido siempre proclive a las obsesiones.

Cuando niña, a los siete u ocho años, estaba obsesionada con Telehit. No sé si todavía existe, pero yo era esclava del televisor. En las noches, en vez de rezar el rosario como lo hago ahora todas las noches antes de dormir, prendía la tele y le ponía en Telehit. (Yo nunca dije que las obsesiones fueran algo que a la larga nos enorgullecerían: hay de obsesiones a obsesiones y ésta, a decir verdad, no es precisamente una ex obsesión digna de presumir.) Luego me obsesioné con las consolas de nintendo. Ésta era una fijación que, como tantas otras, compartía con mi hermano. Todo empezó con los patos aquellos a los que les disparabas haciendo gala de una brutalidad y una crueldad infinitas; alguna vez, incluso, mi hermano y yo descompusimos el televisor a punta de escopetazos: como muchos otros niños, pensábamos que si le pegábamos a la tele con la pistola los patos morirían mejor. Luego apareció Street Fighter.  Mi hermano siempre escogía a Ryu y yo siempre escogía a Ken. No recuerdo quién era mejor jugando, lo único cierto es que siempre terminábamos a abukets él y yo. Y mientras mi hermano y yo acabábamos a oriugets todas las noches luego de jugar Street Fighter (o Mario Bros, o Donkey Kong, o Pac Man, o Ninja Turtles, o, o, o), por las mañanas mi única ilusión era llegar a la escuela a intercambiar calcomanías. Todavía guardo mis álbumes de calcomanías, por cuyas páginas aún desfilan Mickey Mouse y todo el equipo Disney, así como Hello Kitty y todos sus amigos, en todas las modalidades imaginables: transparentes, infladas, tornasoladas, de terciopelo (estas últimas siempre fueron las más codiciadas: para conseguir una de terciopelo tenías que dar a cambio, si bien te iba, tres normales), etc. Pero aquellas obsesiones (gracias a la Santísima Trinidad y a Todos los Santos) se esfumaron: se erosionaron, me aburrieron, crecí… qué sé yo. Es una pena que mi hermano siga coleccionando tazos y jugando a las barbies. En fin.

El hecho es que el vacío que aquellas fijaciones dejaron en mí fue de inmediato ocupado por otras nuevas: corregidas y aumentadas. Las obsesiones características de la adultez son mucho más dañinas que aquellas propias de la infancia. Las obsesiones hoy día nos hacen daño, nos lo roban todo: el sueño, el hambre, el sosiego, la seguridad en nosotros mismos. Creo recordar que hace algunos años me obsesioné con alguien de quien creí estar enamorada (¿o me enamoré de alguien con quien después me obsesioné? ¿o se obsesionó conmigo aquel de quien yo me enamoré? ¿o nos obsesionamos los dos y por eso todo acabó en tragedia?) y el saldo, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, fue simple y sencillamente catastrófico. Menos mal que he alcanzado un grado de madurez suficiente (sic) como para distinguir entre el amor y la obsesión (y, desde luego, para no enamorarme nunca más).

Comencé a escribir este post motivada por una obsesión particular relacionada con aquello que nos tiene a todos aquí reunidos: las letras. Rebusco en mis cajones una obsesión contemporánea, algo que hoy día, a mis veintiséis años, me mantenga en vilo, inquieta, suspendida en la caja negra del insomnio. Ya no tengo obsesiones múltiples, no. Hoy día, es verdad, todo ha quedado reducido a una díada del terror: un fetiche y una obsesión. ¿Mi fetiche? Los libros. ¿Mi obsesión? La ortografía.

Cuando releo algún texto mío (que ya ha sido enviado, que ya ha sido publicado) y me topo con una falta de ortografía: ¡coño! Me retuerzo de coraje, pienso en aquellos lectores que, prudentes, me evitan el ridículo, que no me evidencian, que guardan el secreto y callan para siempre, y me sonrojo hasta el infinito. Me lleno de vergüenza, me reprocho mis impulsos. Ya había explicado antes que a veces, cuando aún estoy a tiempo, reenvío un mail corregido con la esperanza de que el destinatario abra sólo el último y se olvide del primero, pensando que se trata de un error en el servidor que duplicó el mensaje. La mayoría de las veces, no obstante, eso no sucede. Los correos se van sin revisar, o revisados y con errores, desde luego. Los estatus de Facebook son publicados y retomados varias horas después: cuando enmendarlos ya no es una opción factible, pues a ellos se han sumado comentarios de las más diversas índoles que me impiden arrancarlo todo de raíz. Los posts en Purasletras, como éste, son escritos en infracondiciones: en la madrugada, en la penumbra, muerta de sueño, con más miopía y más astigmatismo de lo normal. Y no me aguanto las ganas de decir lo que quiero decir, no: lo suelto. “Publicar”, “Enviar”, “Actualizar”: mis botones favoritos. Mis puertas al mundo. Mi modo de sentirme poderosa, capaz de comunicar, de generar algo en algún lector incauto que caiga en las redes de mis malogradas palabras. Y las erratas siempre ahí: acechándome, echándome en cara mi perfeccionismo tan imperfecto, mi ego mal sustentado, mi uso primitivo del lenguaje.

Hace poco cometí dos errores garrafales por los cuales mi vida interior se ha convertido en un vía crucis. En ninguno de los casos fue posible hacer enmienda alguna.

1. Presa de la desesperación ante la reputísima burocracia que me impide legalizar mi situación en este país, publiqué lo que a ojos de cualquiera sería un chascarrillo burdo y poco ingenioso. Pedía la colaboración de algún ciudadano español para, por favor, esposarme, de modo que así pudiera regulizar mi situación en España. Regulizar, regulizar, regulizar. Escribí regulizar y no me di cuenta sino hasta que se habían acumulado ya más de diez reacciones. Y no pude eliminarlo. Y sufro desde entonces. Me atormento. No puedo borrarlo, y está ahí, en mi muro, y todos pueden darse cuenta de que yo, uy, “correctora de estilo”, “traductora”, “editora”… yo, que me las doy de Yo Soy Aquélla, me equivoco en algo tan banal, tan absurdo, tan simple, tan aburrido. Regulizar, regulizar, ¡reguliPUTIzar!!!

2. El lunes me quedé varada en Bilbao y no pude llegar a mi trabajo en la mañana. Envié un mail desde una de esas máquinas horrorosas que a cambio de dos euros te hacen acreedor a cinco minutos de internet. A la máquina le encontré los acentos: las mayúsculas se me resistieron. El mail explicaba que habían cancelado mi vuelo y que llegaría más tarde. Me disculpaba por el retraso. Cosa de niños. Sólo tenía cinco minutos para maniobrar con ese robot de aeropuerto y quería hacer las cosas bien. Brevemente, pero bien. Escribí un mail para el personal de aquella empresa que tantísimo admiro y que tanto respeto: la casa editorial que desde siempre se ha caracterizado no sólo por la calidad de su catálogo sino por la impecabilidad de su cuidado editorial. Y al final, oh tragedia, al final, el mail quedó marcado por un error imperdonable:

“un abrazo, gracias y hasta pronto,

wendolin”

Así fue. Escribí mi propio nombre sin acento. El colmo del corrector. El colmo de todos los colmos. Una debilidad que bajo ninguna circunstancia puedo volver a permitirme. Un crimen imperdonable. Una hecatombe. Pero lo intuí, lo vi venir. Lo vislumbré con antelación. Cuando me subí al avión, seis horas después de lo previsto, una angustia me oprimía el corazón: “¿estaba bien escrito el mail?”,  “¿no me habrá faltado alguna coma, algún punto, algún acento?”. Y mis predicciones fatalistas se volvieron realidad, y hoy día estos dos errores rondan mi conciencia incesantemente: me los reprocho, intento olvidarlos sin éxito, me revuelco en la cama pensando en todos aquellos errores que he dejado al descubierto y que aún están por venir, y padezco los efectos secundarios de esta obsesión como cualquier adicto a quien privan de aquello que lo mantiene felizmente enganchado.

Ésta es la vida del corrector. Ésta es la obsesión que no puedo sacudirme. Éste es el miedo que cargo a cuestas: equivocarme y que todos se den cuenta de que no soy perfecta en lo único que creo saber hacer.

Y luego me recrimino todo este absurdo: qué arrogante, qué ridícula soy. Pero se trata de una obsesión en su estado más puro, una obsesión de a de veras, y muy poco o nada puedo hacer para remediarlo.

Adiós imposible

Lo que más me dolía de saberla tan enferma no era la irrevocabilidad del adiós. Lo que me estrujaba el alma todos los días y todas las noches desde que mi abuelita cayó enferma, era el miedo que siempre le tuvo a la oscuridad.

A veces la encontraba sorprendida, observándose, como reafirmando que el tiempo había dejado sus huellas bien marcadas; como constatando que, efectivamente, envejecía. Se miraba sus manitas arrugadas, llenas de lunares. Antes de sentarme a los pies de su cama le daba un beso, la olía (aún añoro el olor de mi abuelita).

— ¿Qué pasa abue?

— Ay hija, me da miedo morirme. Imagínate: ahí abajo de la tierra, tan sola… Con tanto frío, sin ustedes… Ni lo mande Dios.

Y sus ojitos se le llenaban de lágrimas, se le nublaba el horizonte hasta el infinito.

— Ay doña Lucha, no diga tonterías.

Y al abrazarla, sin que se diera cuenta, enjugaba mis lágrimas en su pelito tierno.

Mi abuelita siempre estaba guapa, impecable: no había día que no se bañara, que no se pintara, que no se pusiera sus medias. En un par de ocasiones, mi hermano y yo intentamos seguir el ejemplo de los amigos, y llamamos “abuela” a mi abuelita. “¿’Abuela’? ¡Qué cosa más fea! ¡A mí no me vengan con eso!” Hasta ahí llegó nuestro incipiente esfuerzo de estar a la moda. A los dieciocho años, ingenua y bastante idiota, me enamoré profundamente de alguien que, adivinaron, no me correspondía. Cuando lloraba, egoísta, corría a buscar a mi abuelita para abrazarla, para refugiarme en su olor. “Ese muchacho no te quiere hija, ya déjalo por la paz”. “No abue, sí me quiere, sólo está confundido“. “No te quiere mija, hazme caso”. E invariablemente, de verme llorar, se deslizaban también un par de lágrimas por sus mejillas. No ha habido después de mi abuelita quien me abrace de este modo. Tampoco hay nadie ya que me diga “Pero que no estás gorda Wendy, que estás bien“. Probablemente porque esto era lo único en lo que mi abuelita se equivocaba, pero sobre todo porque mi abuelita nunca se dejó contaminar por la maldita superfluidad del hemisferio capitalista.

Todas las mañanas al despertar, y todas las noches antes de dormir, mi abuelita, con una generosidad inenarrable, le ofrecía a cada uno de sus santos una oración personalizada. Por sus paredes desfilaban entonces San Juditas Tadeo, el Santo Niño de Atocha, la Virgen María, la Virgencita de Guadalupe, el Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen del Socorro, entre muchos otros. Mi abuelita me enseñó a rezar cuando era muy niña: de no haber sido por ella, mi hermano y yo jamás hubiéramos contado con la protección del angelito de la guarda, nuestra dulce compañía. Ella nos enseñó también el Padre Nuestro y alguna otra oración. En cuanto tuve edad para decidir el camino a seguir, dejé de repetirlas mecánicamente todas las noches antes de dormir. Y aunque odio la pantomima de la iglesia, a las oraciones que mi abuelita me enseñó les tengo mucho cariño. Cuando escucho un Dios te salve María, llena eres de gracia, se dibuja en mi rostro una sonrisa: me acuerdo de mi abuelita.

Mi abuelita conoció a mi abuelito cuando tenía siete años. Desde la primera vez que se vieron, se enamoraron profundamente: “Fue amor a primera vista”. A partir de entonces y hasta que mi abuelita cumplió diecinueve años, mi abuelito le mandaba cartas, cartas para Lucita. Se casaron entonces como toda la gente del pueblo: antes de cumplir veinte años y ajenos a toda la malicia que ya supuraba el mundo exterior.

— Ay abuelita, no sea cuentera… ¿a poco no se daban sus besos?

— Cuela loca, qué cosas dices. Esas cosas no se veían antes. En mis tiempos la gente era decente. Qué esperanzas que anduviera uno por ahí, en las calles, haciendo cosas malas frente a los demás.

Mi abuelito José muy pronto tuvo que salir del pueblo: se fue pa’l otro lado. Venía una vez cada dos años. El saldo fueron quince hijos en poco más de veinte años.

— Oiga abuelita, ¿y usted no se ponía celosa de que él anduviera con otras?

— Ésa era cosa suya, los hombres necesitan mujeres. Si yo no me enteraba, por mí que hiciera lo que quisiera.

Cuando a mi abuelito le fue denegado el acceso a Estados Unidos (iba y venía, como tantos otros mexicanos, con el Programa Bracero), se fue a vivir a la capital para mandar dinero desde ahí. En el pueblo no había trabajo. (Como en todos los pueblos desolados de mi país, cuya aridez orilla a sus hombres a marcharse dejando familias mutiladas, aunque esperanzadas, detrás de sí.)

— Un día tu abuelito me llamó: “Lucita, me van a cortar la pierna”. “¿Qué? A ti no te cortan nada. Espérame José.” Y entonces vendí todo lo que tenía: mis marranos, mis vacas, mis pajaritos, la casa. A los niños sólo les dejé lo que traían puesto. Con lo que junté compramos el pasaje para la capital. Primero dormíamos en la calle, luego teníamos un cuartito. Todas las noches le curaba la pierna a tu abuelito. Yo sabía de unas plantas muy buenas, muy milagrosas. Y se curó. Ni Dios lo mande que le cortaran la pierna. Extrañaba mucho el pueblo, qué comparas… Pero ya no teníamos nada, y ya mejor nos quedamos todos juntos.

Mi abuelita me narró estos episodios una y otra y otra vez. No debido a una mente desordenada u olvidadiza, nada más alejado de la realidad: mi abuelita fue lúcida hasta muy poco antes de su muerte. Si escuché estos relatos tantas veces era porque yo misma lo propiciaba:

— Abuelita, cuénteme otra vez cómo conoció a mi abuelito.

— Cuela loca, ¿pos qué traes?

— Ándele abue, otra vez.

Y así comenzaba de nueva cuenta. Si rebusco en mi memoria, me cuesta trabajo pensar en alguna otra situación en la que a lo largo de mi vida haya yo puesto tantísima atención. No perdía ningún detalle, ningún movimiento. El pensamiento que con más intensidad transitaba por mi mente era lo muchísimo que la iba a extrañar. Y no me equivoqué: mi abuelita, su olor, sus historias, sus regaños y su compañía me hacen falta todos los días.

1970. Era el cumpleaños de mi abuelo, y lo festejaron en grande. Tenía la vista deteriorada a causa de la diabetes que lo aquejaba. Un amigo le prestaba unos lentes, pero ese día los pidió de vuelta. Esa noche mi abuelito no llegó a su trabajo de velador: en la Calzada México-Tacuba, mi abuelito fue atropellado por un conductor que ipso facto se dio a la fuga. Mi abuelita le salvó la pierna, pero él no pudo salvar su vida.

Y con todo, mi abuelita era el ser humano más dulce, más bueno y más transparente del mundo. No tengo palabras para describirles la ternura tan inmensa que manaba de mi abuelita, no las tengo. Fue dura con nosotros al principio, pero las manifestaciones tan repetidas de amor y de paciencia fueron ablandándola, y esos diez años que nos regaló antes de partir fueron más grandes que el universo.

Ya hacia el final del camino, varios achaques la aquejaban. A causa del carbón con el que cocinó toda su vida, los pulmones no estaban bien. A la vez que se llenaban de agua, su corazón crecía a pasos agigantados y en su vientre crecía una bolita, como ella misma la llamaba. Por si fuera poco, padecía un dolor de piernas terrible, secuela de las quemaduras que sufrió cuando, años antes, arrojara un cerillo encendido a un bote de tíner que alguien dejara junto al cesto de basura.

Y entonces, cuando mi abuelita se puso tan enferma, a mí me daba pavor que tuviera miedo. Me aterraba la idea de pensar que iba a estar ahí solita, bajo la tierra, con tanto frío, en la más rotunda de las oscuridades. Por eso lloraba. Por eso lloro ahora. Porque no sé si el miedo se le fue antes de írsenos ella, porque no sé si en el umbral de la muerte su alma sintió paz, porque nada en este mundo me dolía más que ver padecer a mi abuelita.

No obstante, cuando su último estertor, el 5 de septiembre, ya se había ido. La última vez que mi abuelita abrió los ojos fue el día de mi cumpleaños, el 27 de agosto. Llevaba varios días sin mirarnos, sin comer, sin hablarnos, y el día de mi cumpleaños despertó para regalarme una sonrisa y para cantarme una canción. Mi abuelita fue conmigo generosa hasta la muerte, y sigue siéndolo todos los días de mi vida.

La muerte de mi abuelita ha sido el adiós más difícil de mi vida.

Lo que pasa, en realidad… es que a casi cinco años de su partida, sigo resistiéndome a decirle adiós.

Contra la mojigatería

Es verdad que hacerme enojar es dificilísimo, por no decir imposible. Si hago memoria, si me esfuerzo por rebuscar entre mis recuerdos, pocas son las veces en las que me he llenado de ira, de rabia, de coraje. Dejando de lado aquellas ocasiones en las que la vida te azota con el látigo de la tragedia y del horror —en las que he blasfemado hasta el infinito— , casi podría afirmar que para hacerme enojar hay que esforzarse bastante. Sin embargo, hay algo que, invariablemente, me enfurece. Y de eso vamos a hablar aquí.

No entiendo la obsesión de ciertas personas, hombres y mujeres, por la “propiedad”. No entiendo a aquellas mujeres que trabajan una vida entera para cubrirse con un manto inmaculado. En pocas palabras: no tolero a aquellas personas que vituperan las groserías, que reprueban el uso de las “malas palabras”, que se valen de eufemismos baratos que ni por asomo expresan lo que se quiere decir, que juzgan a quienes se valen de vocablos “altisonantes”, “vulgares”, que generan disonancia en esas mentes puritanas que, lejos de “proteger el lenguaje”, dejan al descubierto que desconocen la verdadera fuerza de las palabras.

Hoy leía una reseña que rezaba lo siguiente: “El libro vale la pena porque transmite imágenes muy fuertes sin necesidad de emplear palabras vulgares”. No son pocas las veces en que leo cosas así. Una de mis mejores amigas, una amiga del alma, dejó de decir groserías “porque a su novio no le gusta”. Y más allá de que, en teoría, amar a alguien reside en aceptarlo y no querer cambiarlo, también es cierto que aquello de “no le gusta que diga groserías” suele ser lugar común en las pláticas entre amigas. ¿Es decir, entonces, que el uso de las majaderías es exclusivo de los hombres, en cuya boca todo suena “bien”?

Error.

No pretendo aquí dar pie a un debate sexista: aborrezco el machismo y el feminismo por igual. Lo que quiero es darles a las majaderías el papel que juegan en el mosaico lingüístico, y pronunciarme a favor de ellas y en contra de toda la mojigatería que vive entre nosotros y que sigue sobresaltándose ante el uso de las mismas, que muchas veces no sólo están justificadas sino que son imprescindibles.

Como para muestra sobra un botón, procedamos a mencionar algunos ejemplos:

  • No es lo mismo que algo te dé “flojera” —qué palabra más sosa— a que te dé güeva, por supuesto que no.
  • Los genocidas y los pederastas, entre tantos otros personajes ilustres, no son “malas personas”: son sicópatas hijos de puta, con todas sus letras.
  • No es lo mismo que la injusticia social “te moleste” a que te empute.
  • El que te partió el corazón con alevosía y ventaja, el que te hizo llorar tanto sin merecértelo —porque tú sólo le ofreciste amor—, no es un “maldito”: es un ojete.
  • No es lo mismo que algo esté buenísimo, a que algo sea una chingonería. Una chingonería es el non plus ultra de lo buenísimo.
  • No es lo mismo “déjame en paz” que no me estés chingando.
  • Nada que exprese tantísima desazón, tantísima estupefacción, tantísima rabia, como un puta madre bien dicho.
  • No es lo mismo estar “que no te calienta ni el sol” que estar que te lleva la chingada.
  • No es lo mismo que algo “no te importe” a que te valga madres.
  • No es lo mismo “no me gusta” que me caga —y aquí sí podemos ahorrarnos aquello de “la madre”—.
  • No es lo mismo ser “muy tonto” que ser pendejo. Y como bien dice mi hermano, “nunca subestimes el poder de un pendejo”.

No entiendo por qué buscamos obsesivamente reemplazar con eufemismos, siempre débiles e insípidos, lo que sólo puede revelarse por medio de las “malas” palabras, que de malas no tienen nada. Las majaderías no le restan “clase” a nadie, en caso de que haya alguien a quien “la clase” de verdad le importe.

Yo soy una pelada. Yo nunca me aguanto un “no mames” ni un “me caga”. A mí, si me lastiman, los llamo por su nombre y no me lo pienso dos veces. Si un libro me gusta, para mí es una verdadera obra de arte, una chingonería. Odio que me digan “ay, no digas esas palabras, se oyen fatal en una niña”. A mí déjenme expresarme como se me dé la gana. Y también, por cierto: “los niños” y “las niñas” somos iguales.

A todos extrañará que, a pesar de todo lo aquí expuesto, me atreva a afirmar que soy una dama. Y lo soy. Soy una dama educada, sin ataduras de ningún tipo, que sabe conducirse “a la altura”, que respeta a todo mundo y que, sobre todo, conoce el valor de las palabras y se regodea en la posibilidad de valerse de majaderías de vez en cuando, para comunicar de este modo lo que de otra forma es, simple y sencillamente, inexpresable.

Eso: la beatería, el puritanismo, la hipocresía… eso sí que me emputa. Seamos libres y dejémonos de tanta santurronería.

***

Octavio Paz escribió en “Los hijos de la Malinche” (El laberinto de la soledad):

En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Los adolescentes, cuando quieren presumir de hombres, las pronuncian con voz ronca. Las repiten las señoras, ya para significar su libertad de espíritu, ya para mostrar la verdad de sus sentimientos. Pues estas palabras son definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y de la facilidad con que varía su significado. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.

¡Gracias, CarMartínezF!

Y los timoratos… ¡que se chinguen!

Papá

Yo, a papá, lo amé por sobre todas las cosas.

Papá para mí era más importante que nada en este mundo. Era más importante que la escuela, que los juegos, que mi colección de calcomanías y mis películas de Disney.

Yo por mi papá siempre sentí una admiración que se me derramaba del pecho. Lo amaba profundamente.

Por las noches, mis tempranas noches de insomnio, era como si fuésemos uno mismo. Yo sobre la cama, bocarriba, pensando “¿a qué hora vendrá papá?” Invariablemente, papá aparecía. Se dibujaba su silueta en el umbral de mi puerta: “¿Otra vez?”

Y entonces comenzaba una de las facetas de papá que más disfrutaba. Se sentaba en el borde de la cama, me ofrecía su mano como diciéndome “aquí estoy, todo está bien”, y me contaba todo sobre su madre, sobre su padre. Me contó del día aquel en que se escapó de Cuautla y fue a dar a Veracruz: “Cuando regresé a la casa, con la cola entre las patas, tu abuela me recibió con la reata mojada de siempre”. Solía decirme “es que si tu abuela te hubiera conocido, serías su adoración”. Su mamá le decía “Yaco”, y a veces mi mamá lo llamaba de la misma forma: “Yaco”. A través de papá aprendí a querer a esos abuelos que nunca conocí. Sobre todo a mi abuela. Todas esas noches terminaban igual: después de dos, o tres, o cuatro historias, lágrimas breves rodaban cuesta abajo por sus mejillas. En aquel momento yo interpretaba aquellas lágrimas como la muestra irrefutable de que los padres son lo más importante que tenemos: como la prueba fehaciente de que yo nunca podría vivir sin mi papá.

Papá lo sabía todo. Cuando iba en tercero de primaria lo adelantaron un año porque sabía demasiado respecto a los demás. Todo para él era cuestión de una simple, de una breve operación mental: nunca lo vi utilizar una calculadora. A lo sumo, si acaso, un rudimentario cuaderno de notas y una pluma Bic. Es que de verdad: mi papá lo sabía todo.

— ¿A quién quieres más, a tu mamá o a tu papá?

Yo siempre respondía con la misma frialdad alarmante, con la misma convicción apabullante:

— A mi papá.

A mí de pequeña me preocupaban pocas cosas, nimiedades. Sin embargo, un pavor prematuro: que muriera papá. Ese miedo siempre estuvo latente, y trataba de acallarlo todo el tiempo. ¿Qué iba a ser de mí si algún día papá no estaba? No, ni pensarlo. “Papá siempre va a estar aquí”.

Mamá siempre se empeñó en que nos acabáramos el plato que nos servía. Papá siempre intervenía: “Niños, dejen lo que no puedan comerse. Si ya no quieren comer más, váyanse a jugar”. Mamá hacía siempre corajes, pero en mi casa se hacía lo que papá mandaba. “¿No quieren ir a la escuela? Chamaca, déjalos. Que no vayan. Que duerman si quieren.” Y siempre, llegada la hora de las boletas de calificaciones, la misma historia: “Niños, yo no quiero hijos de 10. Yo quiero buenos hijos”.

El papel de mi padre fue fundamental en mi vida. Fue a través de papá que me acerqué por vez primera al sufrimiento humano sin saber lo que era aquello. Todos los inviernos, sin faltar uno solo, papá repartía cobijas y juguetes en los orfanatos y en los asilos de Morelia, donde transcurrió buena parte de mi infancia. Nunca hablaba de eso, simplemente lo hacía.

Recuerdo también un día en que lo acompañé a la central de abastos. Tomamos un taxi en la calle y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en el mercado, pululando entre los puestos: costales de cebollas, de tomates, de naranjas. Papá supo lo que fue la escasez: ese algo que yo nunca experimenté. De regreso a la casa, el taxi lleno de víveres, papá platicaba con el taxista. Un hombre muy amable, humilde, de unos 38 años: 6 hijos, uno muy enfermo: una historia triste, como tantas. Al llegar a mi casa, el taxista preguntó: “¿Dónde le pongo esto, señor?”. “Llévatelo a tu casa, para tus hijos”. El taxista se fue feliz. Papá se bajó del taxi como si nada: “Vamos, hija”. Yo me le quedé mirando estupefacta. “Mañana volvemos”. Y yo me sentía, como siempre, orgullosa de mi papá.

Papá fue y será siempre el hombre más brillante, sensible y generoso que conozca en la vida. Papá me mostró lo que quise ser y lo que quizás jamás conseguiré. Papá me enseñó lo poco que sé y trazó sobre el pavimento las directrices que me han conducido hasta el lugar en el que estoy. Papá me regaló una familia, unos hermanos maravillosos, los pilares de mi existencia.

Es cierto también que parece haber una relación directamente proporcional entre la inteligencia y lo incomprensible. Es cierto también que mi papá fue un adelantado a su tiempo, y que el mundo entero le quedaba corto. Es cierto también que la gente tan inteligente sufre más: ese deshacer el mundo en mil pedazos y volver a reconstruirlo con base en los parámetros propios, ese analizar hasta el hartazgo cada uno de los pasos que se dan en una dirección determinada. Al final, todo duele. Al final, una inteligencia y una bondad tan desmedidas resultan en la incomprensión, en una soledad impenetrable. Es verdad, también, que a veces hay que decir adiós.

Un 8 de diciembre de 1996 se convirtió en el día que tanto había temido: papá se había ido. Se había ido para siempre. ¿Lo peor? Su adiós fue voluntario. Él lo decidió y, como siempre, hizo lo que quiso: se fue. Dejó una carta, una carta que me aprendí de memoria desde los doce años, cuando la leí entre lágrimas y sollozos por primera vez. Esas líneas me las reservo.

Escribo esto a los 25 años. Hoy tengo una vida que amo y disfruto entera: no le cambiaría absolutamente nada. El adiós de papá me permitió descubrir a mi madre: la mujer más bella y paciente del mundo. Mi mejor amiga. La más valiente y la más fuerte también. La que me ha hecho libre y me ha animado a abrir las alas y emprender el vuelo.

La muerte de papá me enseñó que las cosas pasan por algo y que lo que no te mata te hace más fuerte. Que la ausencia es relativa. No obstante, también es cierto: lo extraño profundamente todos los días de mi vida.

Mi búsqueda fallida

El viernes de la semana pasada fui arrastrada hasta las instalaciones del Jewish Community Centre de Cracovia (una “expedición” escolar). Nos sentaron en una amplia sala de grandes ventanas por donde se colaba muchísima luz (¡ya salió el sol!). Lo menos que puede decirse de ese lugar es que es muy acogedor.

La encargada de la plática abordó todas y cada una de las actividades que se llevan a cabo en el centro: clases de idiomas, yoga, cursos de verano, talleres genealógicos, en fin. Llamó muchísimo mi atención el hecho de que los judíos senior pidieran clases de alemán. Uf. En el centro se celebran todas las festividades judías: Jánuca, Tu Bisevat, Purim, Lag Ba’ómer, Tu Be’av, Pésaj, Sucot y Shavuot.

Cuando escuché aquello de “talleres genealógicos” me entusiasmé. ¿Y por qué no?

“Aquí llega la gente con ascendencia judío-polaca tratando de reconstruir su árbol genealógico, de trazar sus raíces”.

Dicen las malas lenguas que mi papá era polaco y, además, que era judío. Invoco ahora mismo imágenes de la casa en la que transcurrió mi infancia: aparecen, nebulosas, ante  mis ojos. Sé que me ponía de puntillas siempre para alcanzar la mezuzá: veía cómo la tocaba papá y lo imitaba sin saber por qué. Esparcidas a lo largo de la casa estaban, en vitrinas o sobre las mesas, varias menorás. En aquellos años no comprendía que las mezuzás, las menorás y la kipá que de vez en cuando asomaba por el escritorio de papá dejaban al descubierto una identidad encubierta, empolvada, olvidada en los rincones de aquella casa que mis hermanos, mi mamá y yo compartimos con papá.

Yo no sé lo que el judaísmo representaba para papá. No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero tampoco me parece que renegara de ello. Su religión era simplemente algo con lo que había aprendido a vivir. A diferencia mía, que no tengo religión, creo que papá sí estaba en cierta medida definido por su condición de judío no practicante. Aunque de ascendencia polaca, papá era mucho más mexicano que cualquiera de nosotros: comía chile, carne, frijoles y tortillas. Pocas cosas más necesitaba en la vida para ser feliz.

En fin. No pretendo aquí hacer un recorrido autobiográfico ni atar los cabos que desde mi infancia quedaron sueltos.

A mí me dijeron “taller genealógico” y yo me apunté.

Ayer fui al encuentro de lo que pensé sería el primer paso rumbo a mis raíces. Sólo sé cómo se llamaba papá y cómo se llamaban mis abuelos. No sé más. Supe que la operación Encuentra a la Banda tenía más posibilidades de fracasar que de tener éxito, pero… ¿qué más da? Ya estoy aquí, ¿no?

Y bueno.

Lo que ayer pasó ahí es totalmente prescindible para los efectos de esta narración. En realidad no pasó nada, puro cotilleo. Lo que sí ocurrió fue un cambio en mi percepción, un choque inesperado.

Cuando se abrieron las puertas del elevador me hallé frente a la Estrella de David más grande que he visto en mi vida. Di un paso fuera del ascensor y el escenario era impactante: un colorido alucinante. Símbolos por todos lados: Israel, el tetragrámaton, la Cábala y el Árbol de la Vida, el tefilín, el talit y la Torá. Una galería tapizada de alegorías judaicas imposible de esquivar.

Y me sentí incómoda. No me gustó.

No entiendo por qué el afán de la gente de seguir cobijándose bajo los símbolos que le han hecho tanto daño a la humanidad. Y no, no me refiero sólo a la consabida persecución de la que los judíos han sido víctimas desde sus más remotos orígenes o a la degeneración del Holocausto. Me refiero a todo aquello que diferencia, que aleja, que separa a los seres humanos.

Me refiero al Medio Oriente: aquella región aparentemente remota donde todos los días se pierden vidas so pretexto de un dios que, a todas luces, a nadie escucha. Se debaten una tierra santa que todos reclaman como propia y, en el camino, mueren y mueren civiles inocentes saturados de religión y sin nada que comer.

Los palestinos en la Franja de Gaza no saben cómo es la paz. La paz para ellos es un concepto abstracto sacado de alguna utopía. Nosotros en México tenemos miedo de salir a la calle, de que nos secuestren, de que nos asalten. Ellos tienen miedo de que caiga un misil, de que explote una bomba, de que sus hijos queden mutilados. Todos libramos batallas todos los días, y pocas tan cruentas como aquellas motivadas por una fe religiosa.

Reniego de los símbolos y de las estructuras religiosas. La religión ha sido siempre el combustible más eficaz para enardecer las almas, para desmembrar la sociedad, para matar “en el nombre de dios”. La religión es la enemiga número uno de la aceptación y la tolerancia. ¿Es tan difícil vivir sin religión?

No me gustan los símbolos, los símbolos que dividen y fragmentan. Judíos, musulmanes, cristianos, protestantes, ateos… qué más da, sólo son caretas. En el fondo todos somos iguales.

Mis “raíces” pueden esperar. Por ahora no quiero volver.

***

Para ilustrar este post, luego de esta descarga tan tremenda, les dejo aquí algunas fotos del barrio judío de Cracovia.

Enjoy!