Mi ego violentado

Desde hace ya varios días reviso compulsivamente el “tablero” de este blog para ver si, de casualidad, el viento vuelve a estar a mi favor. Hace ya bastante tiempo que los lectores se mantienen en silencio: muy pocos comentan ya.

No hay mayor ilusión del blogger que regresar al blog y hallarse un comentario nuevo. Javier Marías, entre muchos otros, se ha pronunciado contra la cultura del blog. La interactividad con el lector le parece nociva, venenosa, infame. Yo, contándolo entre mis escritores favoritos, discrepo con él hasta el infinito. Para el blogger lo verdaderamente importante son los comentarios. Los que aquí escribimos sólo lo hacemos por eso: por el placer de escribir. Mentiría si les dijera que lo que pretendo con esto es ampliar mi red social y “conocer gente”. Mentira. Escribo aquí, por un lado, porque cada post es un nuevo reto: porque cada vez que pongo algo aquí hago un esfuerzo extraordinario por ejercitar mi escritura. Creo que a escribir sólo se aprende escribiendo y he ahí entonces una de las razones de sostener este espacio en pie.

No obstante, no es sólo eso. Es el ego de todo aquel que juega a ser escritor. Es la necesidad de llegar hasta otros, y no sólo por casualidad. El verdadero goce del escritor se experimenta cuando son los demás quienes llegan hasta su texto: cuando lo procuran, cuando lo esperan, cuando están dispuestos a pagar por él. Aunque en el caso del blog —al menos en el caso de este blog— el último inciso no aplique —¡nada más lejano!—, los bloggers tenemos la obligación de darnos por bien servidos con el hecho de que los lectores le roben unos minutos a su itinerante realidad para recorrer las líneas aquí plasmadas.

No sé yo si juego a ser escritora. Creo que negarlo es jactarme de una modestia que, de tan falsa, se disuelve tan sólo al decir que no. En mi cabeza hay demasiadas ideas que corren vertiginosamente de un lado a otro y que son, constantemente, crispadas por la intempestiva realidad del mundo de hoy. ¿Qué voy a hacer con tantos argumentos, con tantas historias inconexas, con tantos retazos de nada, si no es vertirlos en éste, el espacio que con esfuerzo y —tan poca y mal administrada— disciplina he ido construyendo?

Vaya, que no puedo negar la importancia de este blog en mi vida. Estos días han sido de muchísima inventiva. Este, este, este, este, este, este y este post han sido creados en menos de un mes. La respuesta de los lectores ha sido muy pobre, por decir lo menos. Y entonces añoro, de verdad, aquellos días donde con un solo post lograba desafiar la pasividad de quien me lee desde la comodidad de su monitor, invitándolo a exponer su opinión, a pronunciarse al respecto, a contribuir a un debate para mí muy significativo.

Si me preguntan a qué obedece esta —permítanme el sustantivo— “crisis”, creo que tengo varias hipótesis. He de decir, aunque me escuche fatal, que no creo que se deba a que la “calidad” —si es que puede hablarse de tal cosa— se haya ido deteriorando progresivamente. Si acaso, me parece, la escritura de estos días es menos rudimentaria que la de antes. Creo que si este espacio ha perdido lectores —o ha inhibido la interacción con los mismos— se debe, en este orden, a los siguientes factores:

1. A la inconstancia de quien esto escribe. A que soy un desastre. A mi indisciplina. A que desaparezco por dos meses y de pronto reaparezco con bríos renovados y casi asfixiantes —sirva el último mes como prueba irrefutable—.

2. A mi silencio, a mi falta de respuestas. A que también me conformo yo con ser un observador impasible que acecha desde el rincón, sin dar pie a un intercambio más interesante.

3. A mi nula presencia en otros blogs. ¿Cómo diablos puede dolerme que no lean lo que aquí se escribe si quien esto escribe no es lectora de blog alguno? A mi favor, la siguiente —e inútil— excusa: el combustible de este espacio es la literatura en el sentido más literal de la palabra, y cuando he de decidir entre bloggear o leer novelas, yo confieso: leo novelas.

4. Finalmente, a medida que los tiempos han evolucionado y el mundo se capitaliza, se globaliza, se satura… la lectura ha ido convirtiéndose en un lujo prácticamente inasequible. ¿En qué momento vamos a leer —blogs— si tenemos que manejar hasta el trabajo, cocinar, trabajar ocho horas, salir de paseo, asistir a tertulias, ejercitarnos, procurar a los seres queridos, etcétera?

Ahora que lo pongo en palabras, francamente, no me extraña lo que aquí ocurre. He de levantar la voz desde aquí para agradecer a todos aquellos que no han claudicado en el camino y siguen visitando Purasletras. La verdad es que un solo lector fiel vale más que todos los lectores ocasionales del mundo.

Qué horror… ¡Soy una egocéntrica!

De la piel y las palabras

Siempre he tenido muchas ganas de escribir esta entrada, pero me había faltado valor. También me falta tiempo, me falta siempre: está escasísimo. Pero el tiempo es lo de menos cuando uno tiene ganas de hacer algo. Así que, recapitulando, me faltaba valor.

¿A qué le temo? No lo sé. ¿A dejar mi intimidad al descubierto? Quizás. Creo que sí. ¿A romper con la línea del blog? Debiera decir que sí, que las letras que aquí se escriben están totalmente fuera de lugar en este espacio, pero poco me importa. ¿Le temo acaso a un vocabulario estridente que hiera susceptibilidades? No. Tampoco es eso. Qué fácil es reconocernos abiertos y ateos, pero qué difícil es dar el primer paso.

No pretendo hacer aquí un recuento de mis vicisitudes sexuales (que no son ni muchas, ni interesantes). No pretendo explicar tampoco por qué estoy convencida de que la masturbación es sana y necesaria. Lo que he venido a hacer aquí es a escribir una apología, a rendir un tributo merecido, a colocar los reflectores donde tienen que estar.

Veamos.

***

Te pones cómoda.

Te miras al espejo, te gustas.

Cierras la puerta.

Pones música.

Apagas la luz.

Te tiendes bocarriba en la cama.

Respiras hondo y profundo.

Te piensas.

Te desprendes de ti y te ves desde arriba.

Te gustas. 

Te tocas.

Una a una, te desprendes de tus prendas. No hay ritual. Sólo procuras la desnudez.

Tu desnudez.

Tu aceptación.

Y te das cuenta sólo entonces de que, aunque no cubras los requisitos impuestos por la moda, eres hermosa. Te reprochas haberte reprochado tantas cosas. Y no sabes cómo, no puedes entender cómo, pero te gustas. Te gustas muchísimo. No es narcisismo, nada tiene que ver con eso. Te deseas.

Cierras los ojos. Recorres, con la mano derecha, tu cuerpo desnudo. Tu mano izquierda, mientras tanto, coquetea con tus labios entreabiertos, se posa sobre tus párpados. 

Tu mente está en blanco. Sigues flotando sobre ti misma, analizándote, recorriéndote palmo a palmo. A esa misma velocidad tu mano va posándose sobre los más osados intersticios. Te descubres, de pronto, húmeda y excitada. Te gusta.

Te sientes feliz.

Pasas la mano por el pecho y te encuentras con tus senos. Te detienes en el pezón. Humedeces tus dedos en tu boca y trazas sobre tus pezones líneas imaginarias que contribuyen a la erección, que dan paso a la representación más sutil y más contundente del placer femenino: unos senos firmes, un pezón que responde ante tus propios estímulos.

Y te sorprende ver que aunque vives con tu cuerpo desde hace tantísimo tiempo, llega un punto en el que te desprendes y entablas con él un diálogo bilateral de fuerzas descomunales.

Y la música sigue. Y enloqueces progresivamente. Los ojos están cerrados y tu antebrazo izquierdo se ha colocado, sin que hayas tenido nada que ver en ello, sobre tus ojos. Con los ojos cerrados lo ves todo. Y entonces cobra vida la oscuridad entera.

A la vez que procuras los resquicios más húmedos de tu cuerpo, van apareciendo las fantasías más descabelladas a la luz de la luna. Es una sombra entonces la que se coloca sobre tu cuerpo, besándote, acariciándote, recorriendo contigo (al estilo Lovecraft) las montañas de la locura. Puedes pedirle lo que quieras, y se lo pides en voz alta, y lo gritas en un susurro.

“Ahí…”

“Ahí…”

“Más…”

“Más…”

Y te escuchas, y rompes de golpe el umbral entre la imaginación y la realidad, y se incendia tu cuerpo. Y el fuego recorre tu alma.

Las imágenes se suceden sin sentido, una tras otra y en perfecta anacronía. Ya no es él. Son ellos, es ella, es Ella, eres tú fuera de ti, eres tú dentro de ti, es Él dentro de ti mientras Ella te lee un cuento en voz alta. El sudor recorre tu frente y tus piernas extendidas esperan, ansiosas, el frenético recorrido de la ola de placer.

Y se repite. Y se repite. 

Y cuando explotas:

Te perdonas.

Te reconcilias.

Te aceptas.

Te reconoces.

Y luego, esta mente mía tan retorcida, sólo atina a reconocer letras. Palabras. Novelas. Poesía. Aforismos.

Recito entonces de memoria  fragmentos de una novela que no me he atrevido a escribir. Doy al clavo con el epígrafe de mi primer libro. Descubro las palabras inscritas en mi epitafio.

Pienso en Cortázar.

Y la analogía es bellísima.

El clímax me remite, irremediablemente, a mis libros, a las letras. A los que he leído y a los muchísimos que quiero leer. Al libro que nunca he escrito y que tanto miedo me da comenzar.

***

Por todas estas cosas es que, desde hace tiempo, quería escribir esta apología, rendirle tributo al onanismo.

Hábitos nocturnos

El día traza, segundo a segundo, la trayectoria que hemos de recorrer. De tan sencillo, pareciera cuestión de intuición.

Cuando el sol asoma por la ventana, aparentemente, es momento de despertar. De llenarte de aire los pulmones y salir a la calle, a “conquistar” el mundo, a completar las tareas previamente iniciadas. Así, lo indicado es aprovechar la luz del sol que nunca dura lo suficiente.

A la luz del día todo se torna cálido, cercano, asequible. A la luz del día caminamos por las calles con relativa tranquilidad. A la luz del día es posible distinguir colores, leer advertencias, encontrar puertas abiertas. La luz del día se perfila como el mejor telón de fondo para concretar lo que los sueños nos prometen.

Bah.

Nada odio más que madrugar. Aborrezco la alarma del despertador. Siempre pongo tres o cuatro alarmas, de las cuales a veces no escucho ninguna. Por lo general, peor aún, se infiltran en mis sueños como horrenda música de fondo que irrumpe en la comodidad de mis devaneos oníricos.

Para mí, la buena vida es despertar hasta que uno quiera y quedarse dormido de madrugada, con una buena novela entre las manos, a la luz de la lamparita del buró.

Durante el día soy una máquina. En la noche soy libre.

En la noche me inspiro. En la noche leo. En la noche escribo. En la noche me tiro bocarriba y miro al techo, fantaseo. Es en la noche cuando lo busco al lado mío, cuando me hace falta, cuando me alegro de estar sola. Es en la noche cuando me invaden las ganas de buscarme, de explorarme, de hacerme llegar.  Es en la noche cuando sueño despierta, cuando me miro de frente sin necesidad del espejo, cuando lloro, cuando río. Es en la noche cuando me siento llena de energía, sedienta de emociones.

Es en la noche cuando cobra vida lo siniestro, lo macabro, lo innombrable. Es en la noche cuando asaltan las pesadillas, dejándonos desnudos, esquizofrénicos, paralizados. Es en la noche cuando somos vulnerables, cuando pueden clavarnos una estaca en lo más hondo del corazón. Es en la noche cuando nos envuelven nuestros miedos entre las mantas, cuando nos cubrimos con los recuerdos que duelen, con los vacíos que jamás podremos llenar.

Y a pesar de todo es entonces, cuando la vida descansa cobijada bajo el manto de la luna, que le hallo sentido a mi vida y comprendo que vale la pena despertar al día siguiente.

Yo no vivo mis días. Yo… yo vivo mis noches.

Lo bueno del descenso…

Sadness

Y ahí estás otra vez. En cualquier lado. Tienes a flor de piel el don de la ubicuidad: físicamente estás ahí, pero tu alma ya flota en alguna otra parte. Seguro rebusca en tu memoria los recuerdos, los más bellos y los más terribles. Parece que de lo que se trata en este momento es de hacerte daño. De darle vueltas y vueltas y vueltas a la órbita de tu dolor. No llegas a ningún lado, claro. No hay tangentes ni aristas. La única forma de ponerle fin a esa dinámica es mandando la elipse al carajo y regresando a la vida real. Pero no. Así qué chiste.

Ya sabes que cuando el corazón se hace pedazos tú puedes ser tu mejor amiga o tu peor enemiga. Sólo tú decides cuándo enterrar esa historia y comenzar otra sobre la hoja en blanco. Puta madre. ¿Otra vez? ¿Otra vez estás llorando por eso? Ajá. ¿Qué no habías hecho un trato? ¿Un trato contigo? “Nunca te vuelve a pasar esto. Nunca llorarás de esta forma por nadie porque quien te quiere no te hace llorar”. Pues ya ves que esta vida no es terreno seguro. Aquí las estacas se clavan en lo más hondo del alma sin poder esgrimirlas. ¿Los culpables? Básicamente el azar y aquel al que llaman “Amor”.

Pero pasa algo, claro. Hoy no duele como ayer. No es que duela más o que duela menos, no. Pasa que duele diferente. A dos personas has amado en tu vida. Con dos hombres es que te has visualizado a futuro. ERROR. Primer gran error. ¿El futuro? Neee. Lo único que tienes es el presente. Lo demás, si no llega aún, a nadie debe importarle. (Y es que esa maña de construir castillos en el aire parece tu pasatiempo. Joder.) La primera vez eras ingenua, eras joven, eras muy poco perspicaz (por decir lo menos). Hoy todo se siente diferente. Hoy también te duele el alma pero te sientes más tranquila y más estúpida que la vez pasada. ¿Cómo que otra vez? Hace años estabas devastada. Hoy estás enojada contigo. Hoy, además, tienes conciencia de que cuando las relaciones terminan, por una ley aritmética que el buen Pitágoras no quiso explicar (porque segurito que la descubrió), resulta que te quedas lleno de mierda. Pero no es la mierda del otro, ni la de los dos, no. Es la tuya. Son tus miedos los que se agolpan incesantemente cada vez que asomas al espejo. Se acabó el insomnio: ya llegaron las pesadillas. Es el infierno.

Bajar al infierno, empero, tiene sus ventajas. (Sobre todo cuando ya has pasado ahí algunas vacaciones. La primera vez sí que es avasallador.) En primer lugar, ya sabes que se trata de una estancia transitoria. En segundo lugar, tú sabes cómo salir de ahí: nomás queriendo. (El tema de la querencia ya es más complicado: luego se vicia uno con la tormenta, se nubla el entendimiento y se te olvida que, de veras, quieres salir.) En tercer lugar (y lo más importante), resulta que es durante el descenso que aparecen los ángeles que vienen a rescatarte. ¿Y qué crees? En Bilbao, ajá, a tan sólo 3 semanas de haber llegado, ya tienes un par de buenos ángeles que no te dejaron comer en la mesa de Satanás.

¿Y cuál es, entonces, el hallazgo más revelador? Es sencillo: que la segunda persona no la inventó Carlos Fuentes. No. La segunda persona es el último recurso de los desesperados que, como tú, son incapaces de desnudarse frente a la audiencia para narrar su tragedia. Lamento decirte que tu hecatombe emocional no es lo suficientemente atractiva para tus respetables lectores, así que aquí deberás cerrar este episodio que, te lo aseguro, será más corto de lo que imaginas.

Ánimo wera.

Apuntes de la primera clase

Hoy tuve mi primera clase. Soy oficialmente alumna del Master of Arts in Euroculture en la Universidad de Deusto. Pasaré el segundo semestre en Cracovia y el tercer semestre tendré que hacerme de un trabajo y de una tesis. Estoy feliz.

Tomé nota. 

Somos dieciséis alumnos. Por orden alfabético, van las nacionalidades:

 

  • Armenia
  • Azerbaiyán
  • Cabo Verde
  • Camerún
  • España
  • Irán
  • Kazajistán
  • México (¡ésa soy yo!)
  • Ruanda
  • Rusia
  • Ucrania

 

También en orden alfabético, nuestras profesiones:

 

  • Filólogos (aquí debiera estar yo)
  • Historiadores
  • Internacionalistas
  • Pedagogos
  • Periodistas (pero aquí es donde me ubico)
  • Politólogos
  • Publicistas

 

Y la foto se ve más o menos así:

 

euroculture

 

Estudiar ni siquiera será necesario. Bastará convivir con toda esta banda y conocer el mundo a través de sus ojos.

Increíble que en un salón quepan tantas historias, tantos sueños, tantas batallas perdidas y ganadas.

Allá vamos.

Dolor

Éste es un post de dolor. No, no hablo ni de Susan Sontag ni de los dolores que supuestamente a todos nos atañen y que afortunadamente (por ahora) nos son tan ajenos: las guerras, el hambre, las dictaduras, los genocidios.

Escribo aquí desde el fondo de mi alma, canalizando la pena tan profunda que a mí y a los míos se nos ha clavado, para siempre, en lo más hondo del corazón.

Situaciones como éstas nos confrontan con la vida, con la muerte, con nosotros. Nos orillan a cuestionarnos todo aquello en lo que creemos y en lo que no creemos.

Hay ciclos que deben cerrarse y como tal debemos asumirlos, aunque duelan. El amor termina. La pasión termina. La vida termina. Los hijos emprenden el vuelo y dejan el nido vacío.

La vida es una rueda de la fortuna. A veces estamos hasta arriba. A veces transitamos en un radio incierto. Otras veces estamos abajo. Pero sólo una vez en la vida puede uno estar en lo más profundo del pozo, sin luz, sin esperanza, buscando desesperadamente una resignación inconcebible, ansiando despertar de la peor de todas las pesadillas que acechan, que carcomen el alma.

La doctrina católica tiene buenas frases, frases vendedoras. Las almas desasosegadas se fuerzan a creerlas y a abrazarlas como ciertas para no perder el hilo de la cordura de una vida que de pronto se despedaza y que nunca podrá recuperar la paz ni la felicidad.

Hace 4 días era, sin duda, la mujer más feliz del mundo, la más afortunada. “Estoy en el mejor momento de mi vida” es una frase que no pocas veces repetí a infinidad de interlocutores.

Y, de pronto, un vuelco inesperado. De pronto, la muerte de una criatura de 9 años. La razón de ser de unos padres entregados y dedicados,  la cómplice eterna de un pequeño de apenas 12 años, se va. Se esfuma. Se despide de una vida que no le tocaba dejar. Se va la luz y nos deja a todos sumidos en la más tenebrosa de todas las oscuridades.

Los niños no deben morir. Los niños no pueden morir. Los niños son la alegría del mundo. Los niños, puta madre, no se pueden morir.

¿Y cómo hablar, entonces, de justicia terrenal? ¿Cómo sostener mi tesis aquella de que cada quien tiene lo que quiere y lo que se merece? ¿Cómo justificar que a tres seres humanos bellísimos se les castigue de este modo? ¿Por qué matar a alguien en vida? ¿Por qué?

No han sido pocos mis encuentros con la muerte. No. Seres queridísimos se han ido. Cuando debían irse.

Esto no tiene nombre. A mí nunca se me había roto el corazón en tantísimos pedazos. Ella, sin duda, está bien. ¿A dónde pueden ir los niños sino al paraíso? Pero… y ellos… los que se quedan… a quienes llamaba “papi”, “mami” y “hermanito”… ¿qué van a hacer? Si acaso, con la mejor de las suertes, sobrevivir. Vivir, eso sí, ya es imposible.

Yo me arrodillo ante todos los ángeles que sé me acompañan y les pido fuerza. Les pido valor. Les pido entereza y templanza. Para ellos. Para mi familia que amo y que nunca antes había sido golpeada con tantísima fuerza y sin piedad.

Uno alardea, por ignorancia, de muchas cosas. Yo pensaba que ya había llegado al umbral más profundo del dolor y ayer descubrí que estaba a años luz de distancia.

Nada, nunca, volverá a ser igual.

Tengo miedo.