Así empieza lo malo

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Soy una gran entusiasta de Javier Marías. Siempre lo cito cuando de mencionar a mis autores favoritos se trata. Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí me turbaron profundamente: redefinieron mi universo entero. Los enamoramientos me gustó mucho, pero no alcanzó para mí la genialidad de sus dos grandes novelas. Sus ensayos me gustan. Sus cuentos también. Comencé Fiebre y lanza e interrumpí su lectura al toparme con Así empieza lo malo: difícil resistirse a la tentación del libro recién salido del horno, del que todo mundo comienza a hablar, sobre el que pronto se publicarán infinidad de reseñas… no quiere uno que lo agarren desprevenido en tales circunstancias. Así que aplacé la lectura del que la crítica ha tenido a bien llamar “su obra cumbre” en pos de volcarme sobre la lectura de su más reciente novela.

No sólo no sé nada de crítica literaria: habría que arrancar diciendo que no sé nada de literatura. Leo lo que me gusta, lo que me recomiendan, lo que me llama. No leo reseñas ni confío en los intelectuales. Confío en los lectores apasionados que me topo en el camino y que son, en gran medida, mis consejeros literarios. Habiendo dicho lo cual, he de decir que me parece, desde mi trinchera, desde mi ignorancia, que existe una tendencia entre los críticos y la prensa española a poner la nueva novela de Marías en el primer lugar de las listas de “las mejores novelas” con las que se empeñan en asfixiarnos, como si existiera aún lector tan ingenuo como para confiar en esos inventarios que se hacen a diestra y siniestra y que disfrazan, en el fondo, intereses innobles y muy alejados del amor por la literatura.

Así empieza lo malo es una buena entrega a la que le sobra la mitad. En esta “novela sobre el deseo, el rencor y la arbitrariedad del perdón” se vuelven intolerables esas disquisiciones que tanto le habíamos celebrado a Marías. Bien sabido es que los grandes autores como él pueden tomarse todas las licencias que quieran y siempre, de venir a cuento, son bienvenidas. Pero esta vez, lo digo convencidísima, fue demasiado. Entiendo que como telón de fondo a la historia principal, la de Muriel, Beatriz y el joven De Vere, Marías quiso evocar la dictadura de Franco para desenmascarar la doble moral de aquel tiempo, para acallar fantasmas, para revolcarse junto con los cadáveres. Lo entiendo. Pero nadie venga a mí a decirme que tanta digresión histórica abona a la historia que, en efecto y como todas las de Marías, es estupenda. A esta novela de 540 páginas le sobran 300. Y cuando hay tantísimo que leer, esto no se le perdona a un escritor. Y por qué la terminé, se preguntarán ustedes: la única respuesta que se me ocurre es “Por tradición”. De no haber sido Marías, sin duda, hubiera abandonado la lectura en la página 200.

Más allá de su extensión a mis ojos injustificada, hay que decir que por primera vez me topé con un Marías predecible. Una mano invisible a la que, para mi sorpresa, logré pisarle los talones para anticiparme al final. Yo no soy lectora avezada, en absoluto: precisamente por eso me extrañó sobremanera que pudiera yo aventajarme a media lectura para predecir lo que estaba por venir. Supongo también que esto tendrá que ver con que ya no tengo 20 años, que eran los que tenía cuando comencé a leer a Marías, y una lectora de 30 años puede atisbar entre las persianas lo que una de 20 no alcanza siquiera a imaginarse.

Pero no todo fue malo, en absoluto. Decir algo así sería mentir, calumniar. Es una buena novela. A mí me quedó a deber muchísimo porque consciente soy de aquello de lo que Marías es capaz: pero es difícil vivir a la estela de novelas tan espléndidas como Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. No obstante, Así empieza lo malo tiene lo suyo, cómo no: el final lo disfruté como el que más. No podía detenerme, no quería que terminara. Aun así, no pudo haber sido el mejor libro del año bajo ninguna circunstancia, de veras. Es un libro bueno, sí, que da mucha tela de donde cortar y que tiene al menos un personaje entrañable: Beatriz (con cuyo cuerpo me sentí identificada y reivindicada, pero ésta es ya una intimidad que no viene a cuento).

Aunado a esto, me aventuro a decir que en sus páginas se encuentra la mejor descripción del amor que haya yo leído jamás. Haberme topado con esta frase en la primera mitad del libro me insufló de vida, me dio fuerzas para llegar hasta el final con la ilusión de que la cosa mejorara. Estas líneas valieron las 540 páginas:

“¿Por qué habría de querernos el que señalamos nosotros con tembloroso dedo? ¿Por qué ése justamente, como si nos tuviera que obedecer? ¿O por qué habría de desearnos aquel que nos turba o nos enciende y por cuyos huesos y carne morimos? ¿A qué tanta casualidad? Y cuando se da, ¿a qué tanta duración? ¿Por qué ha de perseverar algo tan frágil y tan prendido con alfileres, la más rara conjunción? El amor correspondido, la lascivia recíproca, el enfebrecimiento mutuo, los ojos y las bocas que se persiguen simultáneamente y los cuellos que se estiran para divisar al elegido entre la multitud, los sexos que buscan juntarse una y otra vez y el extraño gusto por la repetición, volver al mismo cuerpo y regresar y volver… Lo normal es que casi nadie coincida, y si existen tantas parejas supuestamente amorosas es en parte por imitación y sobre todo por convención, o bien porque el que señaló con el dedo ha impuesto su voluntad, ha persuadido, ha conducido, ha empujado, ha obligado al otro a hacer lo que no sabe si quiere y a recorrer un camino por el que nunca se habría aventurado sin apremio ni insistencia ni guía, y ese otro miembro de la pareja, el halagado, el cortejado, el que se adentró en su nube, se ha ido dejando arrastrar. Pero eso no tiene por qué persistir, el encantamiento y la nebulosidad terminan, el seducido se cansa o despierta, y entonces al obligador le toca desesperarse y sentir pánico y vivir en vilo, volver a trabajar si todavía le restan fuerzas, montar guardia a la puerta y rogar e implorar noche tras noche y quedar a merced de aquél. Nada expone ni esclaviza tanto como pretender conservar al que se eligió e inverosímilmente acudió a la llamada de nuestro tembloroso dedo, como si se obrara un milagro o nuestra designación fuera ley, eso que no tiene por qué ocurrir nunca jamás…”

Habiendo leído, releído y memorizado esta frase, es imposible concebirnos en una relación sin pensar quién fue el obligado y quién el obligador. Quién señaló a quién y cuánto tiempo más durará esa realidad ilusoria, prendida con alfileres, que esclaviza y acorrala y que, invariablemente, nos hará cínicos y traicioneros.

El rostro y el alma, Francisco González Crussí

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La primera vez que leí un texto del doctor González Crussí fue en el prólogo al Breve diccionario clínico del alma, del también doctor Jesús Ramírez-Bermúdez. Me sorprendió gratísimamente su prosa impecable, elegante, erudita, emotiva. Me conquistó definitivamente luego de explicar que «más que simple enfermedad, el trastorno mental es un desgarro del ser por donde se filtra una luz que nos descubre dobles, obsesionados o extasiados; es una puerta que se abre al misterio de nuestra naturaleza, y al abrirse despierta los fantasmas internos y libera lo que bulle en lo profundo de todos los seres humanos: imágenes, visiones, sueños, quimeras y fantasías». Para rematar ese prólogo de colección, el doctor Crussí nos convence: «la enfermedad mental no es negación ni denigración de lo humano; no es animalidad; es la otra cara, la vertiente umbría de nuestra inalienable humanidad».

Un texto tan bello me arrastró, naturalmente, a seguirle la pista a un escritor de esta envergadura. Fue así como llegué, entre otros, a sus hermosos textos en Letras Libres. De esta pesquisa recuerdo, entre muchos, un bello ensayo titulado «El origen del deseo», donde el autor nos dice que «el deseo es fuerza centrífuga», porque va siempre dirigido al Otro. «El onanista no se desea a sí mismo: suple, con acrobacia imaginativa, la realidad del ausente. El onanista puede, si quiere, sacar de su cerebro todo un serrallo: la imaginación le permite ser sultán.» Todo esto nos lleva, finalmente, a la conclusión de que una de las cualidades específicamente humanas es, ni más ni menos, «poder hacer el amor con fantasmas».

El día que recibí, a través de un autor muy querido, el correo del doctor González Crussí de modo que pudiera, ¡por fin!, aproximarme a él para proponerle que publicara un libro en la editorial donde trabajo, me temblaban las manos, retumbaba mi corazón. Mi reacción no se hizo esperar luego de que, a vuelta de correo, apareciera en mi buzón el nombre de Francisco González Crussí. Su escritura impoluta y su trato siempre amable, pleno de humildad, me develaron al hombre detrás del texto: como rarísima excepción, se yergue el doctor González Crussí como uno de los mejores ensayistas de nuestros tiempos; uno de los intelectuales más eruditos pero exento de toda jactancia; un escritor tremendamente entretenido, irónico y colmado de sabiduría.

«El rostro con que venimos al mundo es una de tantas prendas que nos tocan en el despiadado juego de azar que es el destino»: he aquí la primera frase que el doctor Crussí nos regala en El rostro y el alma: una antología de siete ensayos fisiognómicos como nunca ha habido otra. En este libro de propiedades hipnóticas, el lector se sumerge en el fascinante mundo del rostro y el alma y emprende un recorrido alucinante donde descubre, por ejemplo, el corazón hirsuto de Aristómenes, un héroe griego que, de tan valiente, tenía cabellos en el corazón. O el prejuicio extendido —¡aún en nuestros días!— de que el tamaño de la nariz se correlaciona directamente con las dimensiones del órgano copulatorio masculino: no por nada, nos cuenta el autor, «el disoluto emperador Heliogábalo, dado a orgías con marcado componente homosexual, tenía cuidado de escoger como invitados a jóvenes cuyas dimensiones nasales eran considerables».

No me corresponde a mí calificar este libro, en absoluto. Como lectora, como editora, no me resta sino decir que admiro profundamente al doctor González Crussí: por su sabiduría, por su inenarrable sentido del humor, por su amor por la palabra y su forma de ejercerla; y hay que decir, también, que le estaré eternamente agradecida por haber permitido, en su modestia infinita, que fuera yo quien trabajara con él en esta ocasión, desde la penumbra, para dar a luz un libro tan extraordinario como El rostro y el alma.

¿Y qué esperan? ¡Corran a comprarlo!

Oliver Sacks y Dostoievski (O de ese instante que precede al ataque)

La verdad es que sólo de pensar en escribir aquí nuevamente me tiemblan las manos. La escritura, como todas las artes, va pudriéndose si no se le alimenta. Más aún: es tan difícil, tan compleja, tan indomable, que en muy pocos casos puede decirse que uno sabe escribir. Luego entonces, interrumpir el flujo de la escritura implica un haraquiri en este proceso de aprendizaje. Aunque me avergüenza profundamente descuidar este rincón, también he de reconocer que a lo que verdaderamente aspiro es a saber leer… con mucho más ahínco de lo que me interesa dominar el imposible arte de la escritura.

Habiendo dicho esto, a lo que nos truje…

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Existe un género en la literatura que a mí me trastorna de lo muchísimo que me gusta, que me atrapa, que me intriga. Este género, cuyo nombre desconozco (si es que existe), es aquel donde se intersecan medicina y literatura. Hace algunos meses, el suplemento Cafeína del Reforma estuvo dedicado justo a esas mentes brillantes que se han dedicado a cultivar “La medicina y la literatura”. No lo tengo a la mano, así que no recuerdo todos los nombres que desfilaban por esas páginas. Los nombres que retuve, porque tengo el honor de conocerlos (personalmente a los dos primeros, a través de su literatura al tercero y al cuarto), son el de Jesús Ramírez-Bermúdez, el de Arnoldo Kraus, el de Cristóbal Pera y el del gran maestro de maestros, aquel que se ha coronado como el rey del género en cuestión: Oliver Sacks. Sacks es un neurólogo inglés radicado en Nueva York, que ejerce como profesor, escritor y médico, y que es gran cultivador de las “anécdotas clínicas”. En Anagrama podemos encontrar bellas ediciones de su obra fundamental: Los ojos de la mente, Musicofilia, Despertares, Veo una vozEl tío Tungsteno, La isla de los ciegos al color, Con una sola pierna, Migraña, Un antropólogo en Marte y, finalmente, el libro que aquí nos ocupa: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Las anécdotas clínicas, como nos imaginamos, no hacen sino retratar el lado humano de aquellos a quienes aqueja una enfermedad (en este caso, neurológica). Oliver Sacks, con profundo respeto y amor por sus pacientes, nos adentra en la crudeza del mundo de aquel que ha sido privado de las facultades más elementales y que a su vez compensa el déficit (involuntariamente, claro está) a través de dones fuera de este mundo. Uno de los hilos conductores detrás de todos los casos que nos ofrece el autor es precisamente la incapacidad de la ciencia para explicar los prodigios detrás de una mente que, a la vez que atrofiada, es capaz de los portentos más impresionantes. El lenguaje del autor es asequible para todo público; las referencias clínicas son sólo las indispensables: en ningún momento queda el lector neófito fuera de la jugada.

Como mucho se ha escrito ya sobre Oliver Sacks, quiero sólo concentrarme en una anécdota que me ha impactado profundamente: el instante de felicidad que precede los ataques epilépticos. Cuando leí los casos de aquellos que padecen epilepsia, quienes suelen ahondar en este fugaz frenesí, quedé profundamente impactada. El caso, además, cobra especial notoriedad cuando resulta ser que el gran Fiódor Dostoievski le atribuía su (escasa) felicidad (y su genialidad, valga decirlo) a estos instantes que preceden el ataque:

“Todos ustedes, los individuos sanos, no pueden imaginar la felicidad que sentimos los epilépticos durante el segundo que precede al ataque… No sé si esta felicidad dura segundos, horas o meses, pero créanme, no lo cambiaría por todos los gozos que pueda aportar la vida.”

Dostoievski se refiere a este “arrebato extático” como un clímax a cambio del cual merece la pena dar la vida:

“Hay momentos, y es sólo cuestión de cinco o seis segundos, en que sientes la presencia de la armonía eterna. Es una cosa terrible la claridad aterradora con que se manifiesta y el arrebato extático que te invade. Si este estado durase más de cinco segundos, el alma no podría soportarlo y tendría que desaparecer. Durante esos cinco segundos yo vivo una existencia humana completa y por eso podría dar mi vida entera sin pensar que estuviese pagando demasiado…”

No hay palabras para describir las palabras de Dostoievski. Me sabe mal, incluso, que líneas del gran maestro ruso se combinen con las mías (¡cómo me atrevo!), pero no hay forma de trasladarles el mensaje sino citándolo textualmente.

¿Qué nos depara a todos aquellos que nos deleitamos con la lectura de un buen libro, con la cercanía de los seres amados o con el mejor de los orgasmos, si somos incapaces de experimentar esta “armonía eterna” de la que habla Dostoievski y gracias a la cual, en gran medida, pudo componer sus monumentos literarios, sus radiografías del alma humana? ¿Será, acaso, que las mentes atormentadas son las únicas que tienen acceso al paraíso auténtico (aquel tangible en vida, que puede sentirse sin necesidad de cruzar el umbral que nos separa de la muerte? ¿Será que este paréntesis de luz es la compensación para una vida siempre expuesta a los asaltos de una enfermedad tan severa como la epilepsia?

Yo tengo mucho que agradecerle a grandes como Oliver Sacks, como Jesús Ramírez-Bermúdez, como Dostoievsky. A través de estas anécdotas clínicas trato de entender la mente atormentada de un padre amoroso, lleno, brillante, que dijo adiós antes de tiempo. No sé si papá era consciente de que no era enteramente dueño de sus decisiones, de sus miedos, de sus deseos. Yo sí lo sé y a muchos años de extrañarlo sigo pensando que para mí, el sosiego está en la literatura. En la literatura de este tipo: tan sentida, tan humana, tan implacable, tan llena de pistas. Yo no puedo sino agradecerles a estos médicos que amen la literatura quizás tanto como aman su profesión, y que aterricen su día a día en páginas que para mí son como agua de mayo. Tengo mucho, también, que agradecerle a Dostoievski. No sólo por la obviedad de su legado literario y sus frescos sobre la naturaleza del alma humana. A raíz de la lectura de Oliver Sacks y a este par de citas que hasta acá han llegado, he podido ir más allá en la existencia de un genio que se debía, enormemente, a estos instantes que se antojan irresistibles. Fuera de este mundo.

The Sense of an Ending, de Julian Barnes

La tapa blanda de esta novela yacía en una especie de botadero en una de las tantas librerías del aeropuerto de Ámsterdam: era una de esas promociones en las que pagas 2 libros y te llevas 3. La edición no era cara y hacía un par de meses que había encargado la novela por Amazon: una pena que, para variar, me quedara yo sin fondos y a la mera hora Amazon tuviera a bien avisarme que mi pedido no podía enviarse porque mi tarjeta didn’t go through. Yo nunca he tenido dinero, pero todo lo que he tenido lo he invertido en libros, en tenis, en vagabundeos, en amigos, en tragos y en comida. Esta vez, a diferencia de lo que hubiera hecho hace un año, sólo compré The Sense of an Ending. ¿Por qué? No, ni siquiera me percaté de que había ganado el Man Booker Prize. Me lo llevé porque era Julian Barnes, uno de los escritores contemporáneos que lo convencen a uno de que hoy día hay varios escritores que tienen mucho… muchísimo que ofrecer. Trato de entender a la banda que vive obsesionada con los clásicos, pero he de decir abiertamente que da pena la arrogancia que les cierra las puertas a la producción literaria de grandes escritores contemporáneos como Coetzee, Lessing, Barnes, Updike, Toni Morrison, Philip Roth, Achebe, Javier Marías o R. R. Martin.

[Sé que este mosaico de nombres propios le dará al lector motivos suficientes para despotricar en mi contra y dejar comentarios que wordpress, no sin cierta ingenuidad automatizada, califica como “spam”… pero da igual. Martin escribe fantasy y ciencia ficción, jamás ganará un Nobel pero tiene el talento y la madera de los grandes de la literatura artúrica —para rebatir mi punto de vista, léanse su Canción de hielo y fuego y luego hablamos—. A Marías muchos lo odian casi en automático —no revelo identidades, pero conozco varios que se resisten a leerlo por el simple hecho de ser gachupín—, pero su Corazón tan blanco y su Mañana en la batalla piensa en mí son obras que dejan huella en cualquiera, por más escéptico que se sea. Coetzee, Lessing y Morrison son todos ganadores del Nobel: si bien los premios no dicen nada, hay que reconocer en sus letras un talento fuera de serie. Roth, según tengo entendido, es siempre candidato —con todas las de la ley—: nomás pa’ darnos un quemón, acaba de concedérsele el Príncipe de Asturias. Finalmente, Updike y Achebe son capaces de trastocar las fibras más sensibles del lector; Achebe se erige, además, como el portavoz de un pueblo y de una generación. El punto es que todos ellos son escritores contemporáneos, como lo es Barnes, y es una lástima que haya aún quien se deje intimidar por el hecho de saber al autor vivo: es como si esto fuera motivo suficiente para no leerlos. Ya lo sabemos, cómo no… Incluso ahora, cuando la industria de los agentes está más boyante que nunca y los autores más populares cobran anticipos millonarios por cada una de sus novedades —y vemos a Salman Rushdie en la prensa amarillista, por todo lo alto, posando en los lugares más sofisticados de Nueva York y rodeado de las mujeres más bellas—, el lugar común del encumbramiento póstumo del escritor sigue siendo una constante. En fin, para variar: me enredo en mis disquisiciones —que también suelen ser lugares comunes—.]

The Sense of an Ending ha sido —y que quede claro que me doy cuenta hasta ahora: no lo supe antes— una novela muy elogiada por la crítica. Barnes es un escritor muy versátil que no sucumbe ante la tentación de acomodarse en un género determinado: es un hombre divertido, sin duda… aquellos que se apoltronan, segurito se aburren de vez en cuando —esto sin mencionar su agudísimo sentido del humor—. En paralelo, como los grandes, ya encontró el tono: cuando lees a Barnes, sabes que es él.

Esta novela es un recuento y una introspección. Narrada en primera persona —¡como me gusta!—, de estas páginas surge la voz de un hombre jubilado, en la recta seudofinal de la vida —tema que, por cierto, está muy en boga—, quien ve su monotonía interrumpida a raíz de la llegada de un sobre cuyo remitente comenzaba a desdibujarse de los más alejados rincones de su memoria. ¿Y qué incluye el sobre? Un bonche de recuerdos, un cheque y, sobre todo, la incógnita que justifica la existencia de este libro. La voz del hombre es lúcida y atinada. Este hombre, acomodado en la meseta de su existencia, ve trastocada su supuestamente satisfactoria monotonía al recibir este sobre y, con ello, hacer un examen a conciencia de aquel acontecimiento que hace más de cuarenta años le cambió la vida y que en algún punto dejó de importarle: el suicidio de su mejor amigo.

No, no voy a contarles más sobre la trama. La historia es tan breve y tan rica que, ciertamente, amerita que la lean de principio a fin. Lo que sí he de decirles es que por momentos se convierte éste en el típico libro que llega a desesperar a los más impacientes ante tanta reflexión y diálogo interno —no es mi caso, definitivamente—, pero no cabe la menor duda de que las últimas… digamos… quince páginas del libro, dejan al lector colgado de la lámpara: “¿Qué?!?!?!? ¿Era E-S-O?!?!?! ¿Y luego?!?!?!?! ¡No la vi venir!!!!!!!!” Barnes tenía la trayectoria de la historia perfectamente planeada, geométricamente concebida, de modo que nada ni nadie se desviara un solo ápice del camino que desde un principio debía seguir.

Barnes nos regala una hermosa reflexión sobre el sentido de la muerte y el abatimiento. Barnes se pone en los zapatos de un hombre que asume su mediocridad y la felicidad que ésta conlleva. Barnes demuestra que la vida jamás agotará su capacidad de sorprendernos: nunca es demasiado tarde para brincar de alegría, para llorar de rabia y exorcizar nuestros demonios, para urdir el más infantil de los planes con tal de alcanzar nuestros objetivos. Barnes, como siempre, nos habla del amor: ¿existe?, ¿es sólo una convención?, ¿de veras puede durar?, ¿es sinónimo de tragedia? Y el sexo. El sexo como un elemento tangencial que siempre gira en torno al verdadero meollo del asunto: ¿se puede ser algo legítimamente? ¿Se puede abrazar una opinión y tener convicciones inamovibles? ¿Se es quien se cree que es sin que de pronto llegue el viento y arrase con todo a su paso? ¿Y con qué nos quedamos, pues, al final del camino? ¿Y esos amigos? ¿Aquellos con quienes compartimos los que atesoramos como los momentos más valiosos de nuestra juventud? Sí somos conscientes, ¿verdad?, de que a la larga todos aquellos vínculos que en la tierna adolescencia jurábamos eternos se esfuman, prácticamente sin darnos cuenta, al cruzar el umbral de la adultez —del compromiso, de la vida oficinesca, de las deudas y las responsabilidades, de los pagos y la inseguridad que acarrea consigo el paso del tiempo—.

A Tony Webster no le falta absolutamente nada; al contrario: le sobra humanidad. Da la sensación de que al no esperar más nada de la vida, agradece cualquier evento que irrumpa en el silencio de la maldita cotidianidad. ¿Para qué? Para darle un motivo. ¿Un motivo para qué? Para indagar. Para atar cabos. Para invocar fantasmas. Para recordar. Para llorar. Para sentir que se acelera el ritmo cardiaco. Para darse cuenta de que fue un imbécil y regodearse en el gran hallazgo de asumir que lo fue. Un motivo, básicamente, para morir con una buena historia a cuestas.

Creo que no está publicado aún en español. Búsquenlo en la lengua que más les convenga… pero no dejen de hacerlo.

Preámbulo de la ¿novela? que no me atreví a escribir

He cometido, digámoslo así, un pecado estético: soy una mujer más bien ancha, de proporciones renacentistas. Mis piernas simulan más dos fuertes troncos que dos frágiles varas, mi vientre remite a la fertilidad, mis senos son espesos y redondos. Hace no mucho, alguien trazó un símil entre la Venus de Cabanel y yo. Terminado el encuentro, me precipité: corrí a buscar esa imagen con urgencia. Mi piel, pálida; mi cabello, rubio y rizado; y mis ojos, de un azul profundo, daban testimonio de que, ciertamente, ahí estaba yo: tendida bocarriba con cinco ángeles sobrevolando mi cuerpo desnudo.

Sólo dos veces me he enamorado de verdad. La primera vez tenía dieciocho años. La segunda, veinticuatro. Y en ambas ocasiones el saldo ha sido terriblemente amargo para mí: he terminado bañada en lágrimas a medianoche, arrinconada por la mirada cruel de aquel que decía amarme, haciendo que, a imagen y semejanza del ave fénix, los fantasmas de mi inseguridad renacieran de entre las cenizas.

Después de dos experiencias similares, decidí asumir la realidad que me había tocado vivir. Quién se hubiera imaginado, hace cincuenta años, que una mujer llegaría a sacrificarlo todo en pos de una silueta esbelta y libre de imperfecciones, incluso cuando esa obsesión le costara, entre otras cosas, su felicidad, con tal de retener a un hombre que promete tocarla a cambio de que se mantenga en su peso. El Muro de Berlín se vino abajo y con su caída nos inundaron estereotipos y patrones basados en el consumismo y en la idea occidental de belleza. Y es por eso que hoy día tantos hombres y mujeres se encierran en el baño a llorar, a ver si así se sacuden la “fealdad” que traen a cuestas, que los distancia del mundillo aquel al que, tristemente, todos queremos pertenecer.

Este libro no va a convertirse en un aburrido y molesto panfleto de autocompasión ni de autoayuda, nada más lejano. Este libro supe que era necesario escribirlo para demostrar que en este planeta coexisten varias ideologías que, de coincidir en el momento y el lugar precisos, pueden intersecarse y abrirle paso al amor en su estado más puro e inverosímil.

Para cuando salí de México ya me había hecho a la idea de que no me expondría más a los azotes de una sociedad a la que en muchos sentidos me siento ajena. Decidí no sucumbir ante la tentación de entregarme a los más austeros regímenes para desafiar mi complexión ósea: no. De ahora en adelante, sí señor, a nadie le conferiría yo el poder para desarmarme en mil pedazos a punta de bofetadas psicológicas. Cambiar para gustarle a alguien es algo que no he hecho nunca y que no pienso hacer ahora. Barajaría mis cartas con más precaución y me entregaría sólo a aquel que me aceptara, que no me atacara, que me respetara. Y ocurrió. Y ésta podría ser una historia de amor más, como cualquier otra, de no ser porque Abdullah es yemení, casado, con dos hijos, y —sobre todo— musulmán recalcitrante.

Abdullah apareció para desvelarme un universo totalmente desconocido, al que sólo tenemos acceso a través de la ficción y de los medios masivos de comunicación (que, como todos sabemos, tergiversan la realidad a conveniencia). Con una indiferencia aterradora leemos día con día los encabezados que rezan “40 muertos en un atentado suicida en Bagdad”, “350 muertos en un nuevo ataque israelí a Gaza”, “Mahmud Ahmadineyad reta públicamente a Obama en nombre de Alá”, “Tres mujeres lapidadas en Kabul”, ad infinítum, sin sentir empatía alguna con aquellos que enfrentan una realidad mucho más intrincada que la que a nosotros nos ha tocado vivir. La religión es su único bastión y a él se asen los más de mil quinientos millones de musulmanes que pueblan este mundo tan injusto y desigual.

Abdullah es la antítesis de la hipocresía, de la pretensión. Es la persona más auténtica y más congruente que he conocido en mi vida. Sin ningún reparo, ha respondido a todas mis preguntas, que siempre recibe con una estupefacción tan grande como aquella que a mí me han generado sus respuestas. Abdullah pertenece a una cultura totalmente opuesta a la occidental y a través de sus revelaciones, conceptos como belleza, religión, sexo, política, guerra, muerte o amor adquieren dimensiones inimaginables.

Hay otro mundo de ese otro lado, gente como nosotros que ve la vida de un color completamente diferente. Yo no creo que haya sido casualidad que coincidiéramos en territorio neutral, no. Tenía que ser así para desnudarnos, para entregarnos, para sincerarnos y llevar al extremo todas las emociones que sin poder evitarlo nos produce el contacto —nunca físico— con el otro.

Vine huyendo de mi sociedad, y me topé a través suyo con un cosmos completamente distinto. Abdullah me ama, me admira, me respeta, me desea. No hace mal en sentir esto por mí aunque esté casado: para él, la noción de fidelidad no existe: puede amar a dos mujeres al mismo tiempo sin problema, y así lo hace. Eso sí: jamás su piel ha rozado la mía. No puede tocarme “hasta que nos casemos”.

Éste es el recuento de una relación sui géneris, fuera de serie, que me ha permitido no sólo conocer otra civilización sino redescubrirme a mí misma. Ha sido Abdullah el primer hombre al que le he permitido asomarse al rincón más profundo donde se alojan mis miedos, mis dudas, mis heridas y mi incertidumbre, y ha sido él quien me ha devuelto la fe que perdí en el camino.

Cuando un libro te llega, no te deja en paz: no te deja dormir, no te deja comer, no te deja concentrarte. A gritos te pide que lo escribas ya, sin demora, que lo tomes en serio. Yo sé que esta historia hay que escribirla, y hay que hacerlo ya. Hay que hacerlo ahora, cuando soy capaz aún de reconstruir nuestras charlas e intercambios, no implicando así que todo aquello que de él he aprendido vaya yo a olvidarlo en algún momento: Abdullah, mi Abdullah, me ha cambiado la vida para siempre.

Wendolín Perla, La Cobarde
Barcelona, agosto de 2010

Los enamoramientos

Sé de boca de varios lectores asiduos que Javier Marías suele tener los más variopintos efectos entre aquellos que se animan a infiltrarse entre sus páginas, a seguir al pie de la letra sus historias. Hay quienes consideran que se trata de un escritor inflado por la crítica, cuya producción literaria no empata con la valoración que en términos generales de él se tiene. Y hay otros lectores, como yo, que hemos perdido ante sus textos toda objetividad: sus letras me engolosinan, me vuelven adicta, me impelen a dar vuelta a las hojas incesantemente hasta llegar al colofón.

Sin haber leído aún la que para él ha sido su novela más ambiciosa, Tu rostro mañana, dudo que haya entre su obra piezas que superen su Mañana en la batalla piensa en mí ni, mucho menos, su Corazón tan blanco. En el primer caso, una mujer, casada y madre de un niño pequeño, muere inesperadamente al lado de su amante en el lecho que comparte con su esposo; en el segundo, a la vuelta de su luna de miel, una mujer se busca el corazón frente al espejo para despedirse de este mundo dos balazos mediante. Ambas historias, extraordinariamente bien logradas, permanecen por siempre en la memoria del lector, que vuelve a ellas una y otra vez como si de clásicos se tratara (¿y quién dice que no lo serán?).

Los enamoramientos es, por mucho, una novela diferente. En primer lugar, es una novela narrada por una mujer: reto al que, según yo, se enfrenta el autor por vez primera. Miguel, Luisa y María coinciden todos los días por la mañana, en el mismo restaurante, y María se regodea en la visión de esta pareja que parece perfecta: ambos ligeros, tranquilos, naturales. María ni siquiera se acerca, se conforma con la visión de aquel que contempla en silencio, desde el rincón, atisbando cada detalle. La narradora existe porque Luisa y Miguel existen: María no es sino un testigo anónimo de la armonía que la pareja desprende a su paso. Hasta que un día todo terminó.

Cuando los finales se adelantan abruptamente, cuando no tienen vuelta atrás, es difícil impedir que nos carcoma la violencia de un adiós absurdo, fuera de tiempo, fuera de lugar. Un buen día, María se topa en el periódico con el rostro ensangrentado de Miguel, quien ha sido asesinado por un indigente: no sé cuántas puñaladas en no sé cuántos órganos vitales dejaron como saldo el cadáver de aquel padre de familia de quien Luisa y los niños se ven forzados a despedirse antes de tiempo. Es entonces cuando, por vez primera, la Joven Prudente se acerca hasta Luisa y le ofrece sus condolencias. Quizás rebasada por la pesadumbre de la cotidianidad, harta de abrumar a los más cercanos con su duelo insoportable, Luisa decide llevarse a la Joven Prudente a su casa, donde tiene lugar el primer encuentro entre María y Javier, el mejor amigo del difunto, de quien María se enamorará estúpidamente (¿hay, acaso, otra forma de enamorarse?) aun a sabiendas de que éste está, a su vez, profundamente enamorado de Luisa.

Y he aquí el telón de fondo sobre el cual se desarrolla esta historia que corre, como todas las historias de Marías, lenta y plena en detalles. Ésta no es una novela sobre el amor, no caigamos ante la provocación del título: una cosa es el amor y otra cosa es el enamoramiento: este último es inquietante, apremiante, adrenalínico. El enamoramiento es, en el fondo, a lo que todos aspiramos, aunque haya veces que tengamos que conformarnos con el amor cotidiano, apasible, monótono. El enamoramiento es irrefrenable, es envolvente, es irracional. Pero tampoco… tampoco se trata de una novela sobre el enamoramiento. Me parece a mí, a pesar de todo, que estamos ante una novela sobre la muerte y (como reza la cuarta de forros) las inconveniencias de que los muertos vuelvan a perturbar la realidad a la que nos hemos acomodado ya sin ellos.

Los enamoramientos es una novela donde se entretejen la intriga, la falta de escrúpulos, la ingenuidad, la mentira y la fluidez narrativa de uno de los escritores contemporáneos más prolíficos en lengua castellana. Si abriésemos cualquier página al azar, sin ver siquiera la portada, cualquier lector mínimamente experimentado sabría que se trata de la pluma de Javier Marías. Es una mujer, sí, un álter ego del propio escritor, que permite entrever que detrás de todo ello hubo un esfuerzo monumental por ponerse del otro lado, por explicar al género femenino desde su propia perspectiva, para llegar a la conclusión (o no) de que, en el fondo, hombres y mujeres somos sumamente predecibles: parecemos impulsados por los engranajes de la misma maquinaria, consecuencia de la sociedad del consumo donde nos tocó vivir, que dibuja sobre el piso las directrices de nuestros pasos a seguir. “Prohibido enamorarse”, es una de las consignas de este mundo. “El que se enamora, pierde”, es otra de ellas.

No sé si ya lo he dicho antes, pero Marías es un escritor para el que se requiere de muchísima paciencia. En ninguna de sus novelas, mucho menos en ésta, se suceden los hechos uno tras otro para no perder ni por un segundo la atención del lector sediento de acción. Javier Marías trabaja como el mejor de los orfebres cada una de sus líneas, y el amor que profesa el autor por las palabras es el mejor aliciente para seguirle la pista y llegar hasta el final.

Breve diccionario clínico del alma

Yo tengo mi propia historia con este libro. He estrechado lazos con él a un grado tal que ahora, mientras yace aquí a mi lado, cerrado y con las marcas que dan fe de que ya hubo quien recorriera una a una todas las páginas que lo componen, siento una nostalgia dispersa, una tristeza incontenible, un vacío que deja mi pecho al descubierto. No sé a ciencia cierta por qué me siento así, aunque tengo un par hipótesis que no necesariamente son mutuamente excluyentes. La primera es que padezco el pesar del lector aturdido por haber llegado al final, por haber concluido lo que hubiésemos deseado prolongar indefinidamente, por atestiguar la muerte de un texto que, paradójicamente, es inmortal. La otra hipótesis, igual de factible, es que me acongoja lo que ahí he leído; que me ha embriagado la zozobra de las historias y los cuentos, de las metáforas y los versos que el autor en sus páginas nos ofrece.

Supe de él hace un par de años, cuando Andrés llegó a la editorial entusiasmado con la idea del Diccionario. Ahí me enteré, asimismo, de que Jesús Ramírez-Bermúdez es un gran neuropsiquiatra, cuya brillante trayectoria contrasta con su juventud. Hoy, al terminar de leer el libro, me queda clara la magnitud de su sensibilidad y su extraordinaria curiosidad por comprender el inabarcable espectro del alma humana. Para cuando todo esto ocurrió, el libro todavía no estaba terminado y en el horizonte, para mí, se perfilaban infinidad de planes que fueron desdibujando la expectativa y el interés por este texto.

Volví a México luego de una breve estancia en el extranjero, y me topé con que el libro ya estaba publicado. “Ah, míralo… Qué bonita la portada… Habrá que leerlo…” Y mientras tanto, lo reconozco, la lectura de otros libros, la férrea intención de leer, de una buena vez por todas, Drácula y Las mil y una noches, me mantuvo al margen de la consecución de un plan tan interesante. Recibí la invitación a la presentación del libro el pasado jueves, y sin dudarlo ni un instante decidí asistir. No sé, insisto: hay algo… algo en este libro… que genera en mí una atracción fatal, una curiosidad extraordinaria.

Todos aquellos que asistieron al evento sabrán que el encuentro fue totalmente sui géneris, único en su especie. La bella introducción a cargo de Pérez Gay y Roger Bartra fungió como el preámbulo perfecto para las palabras sencillas, descomplicadas, sensatas, amorosas de Jesús Ramírez, a quien no sé por qué me dirijo con una familiaridad inusitada. Confieso aquí que tanto su pasión por la medicina como el punto en que ese mismo fervor se interseca con la literatura me dejaron atónita y absorta en un universo paralelo.

El público se pronunció también, poniendo sobre la mesa cuestiones tan interesantes como la forma en la que la locura se ha romantizado a lo largo de la historia, y de eso dejan constancia grandes obras de la literatura universal. En palabras del autor, en realidad, la única constante irrefutable de la locura, del tipo que sea, es un dolor contundente producto de la incomprensión. [Sí, duele. Cala en lo más hondo. La locura hiere de muerte. La incomprensión destruye.] La audiencia intervino una y otra vez con aportaciones interesantísimas, como el tema, por ejemplo, de la esquizofrenia hereditaria: “Varios de los grandes genios de la historia han tenido hijos esquizofrénicos, tal es el caso de James Joyce y de Albert Einstein, por sólo citar un par…” El debate que se generó luego de la presentación pudo haberse prolongado, horas y horas, y sin lugar a dudas todos hubiésemos escuchado atentos hasta el final.

Hoy terminé de leer el libro. Lo comencé ayer. Pude valerme de las vides del desempleo para ganar ventaja sobre el apremio del tiempo, siempre implacable. No sabría bien cómo definir un libro que se encuentra a medio camino entre el ensayo y la reseña literaria, entre las memorias de un médico excepcional y el testimonio clínico de un doctor que a través de la literatura quiere acercarse a sus pacientes. No hay una sola historia en este libro que no sea conmovedora, emotiva, bella, ante la cual el lector pueda permanecer indiferente. Estas páginas, sobre todo, traslucen la terrible aflicción en los ojos de aquel que atestigua cómo poco a poco un ser querido va hundiéndose, irreversiblemente, en la inclemente espiral de las enfermedades mentales y sus trágicos… siempre trágicos… desenlaces.

El Breve diccionario clínico del alma es, también, una extraordinaria guía de lectura para todo aquel que quiera acercarse a la psique humana a través de la literatura. Y como para muestra sobra un botón, aquí les dejo este fragmento, bellísimo, que además funge como la prueba irrefutable de que estamos ante un libro cuya lectura no es recomendada, sino obligatoria:

En la mitología griega, en la fábula de Arreola y Monterroso, en la fabulación de Borges o Italo Calvino, de Paul Auster y Robert Graves, en la fantasía creyente de Tolkien y en la ironía de Carroll, aprendemos verdades inesperadas sobre la naturaleza del mundo y sus habitantes, a partir del hechizo puro de la ficción; de la mentira al absurdo, de la parábola al invento arbitrario, el lector condescendiente, pero también el adusto y el escéptico, experimentan la inquietud de una revelación incómoda en las lecciones del gólem, el mago vencido, el universo ficticio, el futuro improbable […]

No sé si ya lo he dicho antes sobre otros libros: este libro es mucho libros. Es, por un lado, una tierna y respetuosa aproximación a los padecimientos del alma, en cuyos matices tarde o temprano nos vemos involuntariamente reflejados; es un diccionario clínico al alcance de todos, donde podemos disipar infinidad de dudas gracias al lenguaje conciso y accesible de su ilustrado autor; es, desde luego, un poema al amor por la lectura; y es, finalmente, una válvula de escape. “¿Y una válvula de escape por qué?”, se preguntarán. Es sencillo: todos los que padecemos la ausencia de un ser amado, incomprendido, podemos evocarlo, y perdonarnos, a través de este exquisito anecdotario.