La virgen y el gitano

Pensando en la mejor manera de comenzar un post sobre este libro, se me ocurrió que ningún mercado está más saturado que el de las emociones. Las emociones puras, aquellas de las cuales se derivan todas las demás, pierden protagonismo en un mundo donde sólo puede tildarse de verdadero aquello que se exacerba hasta el cansancio, que se manipula, que se ejecuta. Las imágenes cotidianas pasan desapercibidas a menos que estén atiborradas de violencia, de sexo, de euforia, del dramatismo propio de un mundo en el que sólo se escucha la voz de aquel que alza la voz con más fuerza. Las metáforas y las ideas, al parecer, se eclipsan frente a todo aquello que puede expresarse en términos concretos y tangibles. Aquí, sólo lo que pasa importa. De lo que se siente ya no hay quien se ocupe.

La virgen y el gitano, desde la portada, promete un derroche de sensualidad y un grito sofocado por el peso de la censura. La cuarta de forros, además, reza que se trata de “una de las más provocativas y escandalosas novellas del inglés D.H. Laurence”. Grande es la sorpresa del lector al encontrarse entre las páginas de una historia donde la pasión y el erotismo existen en la más sublime, la más primigenia de sus manifestaciones: la insinuación. En este libro no pasa nada, y es ése exactamente el tesoro más grande que a través de estas líneas nos ofrece el autor. ¿Es imposible entablar una relación con alguien a quien nunca se ha tocado? ¿No se desea más aquello que sólo poseemos en un plano onírico, sin nunca transgredir el umbral de lo terrenal? Yo confieso que sigo agitándome de vez en cuando ante la visión perturbadora de aquello queay, cómo quisiera, pero que no es ni será.

Esta novelita, breve como este post, es un gran legado. No hablo, en absoluto, de las ideas del autor sobre la moralidad y la sexualidad, que permean el texto a muchos niveles y desde diversas tesituras. Me refiero al regalo de la alusión, a la fuerza de la incitación. Hay universos que no se rozan nunca y, sin embargo, es la tensión entre ellos lo que permite que los mundos sigan girando.

Que vivan los mensajes no codificados. Que viva la pasión inacabada.

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Por cierto: grandiosa la labor de la Editorial Impedimenta. Compren estos libros: bellos, artesanales, cuidadosamente seleccionados; hechos con amor del bueno que, por cierto, sí se puede tocar.

El amor en los tiempos del cólera

Hoy, el mundo adolece de una terrible falta de amor. Una aseveración así, tan arriesgada y tan dolorosa, se constata en cada uno de los titulares que los diarios arrojan día tras día. Estamos cubiertos de muertos, de asaltos repentinos, de xenofobia y de racismo, de incertidumbre y de desconfianza, de atropellos y desigualdades, de catástrofes naturales y de epidemias que azotan a los más pobres e indefensos. En México, en este país por el que sigo deshaciéndome en halagos, la violencia sigue in crescendo con un saldo devastador para una población que hoy vive, más que nunca, a la sombra del pánico y la histeria colectiva.  En un mundo como hoy, el paraíso de Borges fácilmente palidece ante una tremenda falta de amor. Hoy más que nunca, por lo tanto, tenemos que asirnos con fuerza a todo aquello por lo que vale la pena vivir; a todo aquello que sigue insuflando las ilusiones perdidas.

Y es en este contexto, precisamente, que decido sumergirme en la que muchos consideran la obra maestra de Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del cólera. Buscaba en el reverso de cada página una historia desgarradora, intensa, que me expulsara de mi aletargamiento emocional. Una crónica del amor entre dos personas que sí supieron amarse, que legaron sus vicisitudes al mundo entero para devolvernos la fe en aquello que para algunos de nosotros está perdido. Un testimonio de que sí se puede, de que aun plagado de claroscuros, el amor puede manifestarse en su estado idílico, prometido, irreal.

Y resulta, nada más y nada menos, que El amor en los tiempos del cólera no es sino el recuento de un amor que no se pudo; de un amor imposible; de un amor que raya en lo patético, en lo cansino, en lo inverosímil. El amor que Florentino Ariza profesa por Fermina Daza hasta el último día de su vida es un amor que amedrenta, que impacienta, que nadie desearía para sí. Al hallarnos al par de ancianos retozando en la nave de aquel buque que no va a ningún lado, en la recta final de sus vidas, es imposible no reparar en cuán estereotipado tenemos al amor: el amor es una idea exclusiva de aquel que es joven, de aquel que tiene la vida por delante, de aquel cuya lozanía y cuyo brillo en los ojos lo vuelven digno de ser amado por otra persona. El amor en la senectud lo interpretamos como costumbre, como los resquicios del fuego que antaño ardió y del que hoy no quedan sino las cenizas de la gratitud y las costumbres inamovibles.

Hablemos entonces de la novela al margen de la idea escurridiza del amor. La primera escena es, para mí, la más impactante y la más bella de todas. El suicidio de Jeremiah de Saint Amour y la forma en que el doctor Juvenal Urbino constata palmo a palmo la inercia de aquel cuerpo tieso y sin vida es alucinante. Es esta escena inicial la que engancha al lector de forma contundente y absoluta. Es más: si no les apetece leer las 500 páginas de El amor en los tiempos del cólera, yo recomiendo, al menos, leer este primer capítulo que da fe del oficio del renombrado colombiano. Una chulada, sí señor.

Estamos ante una novela impecablemente escrita cuyos personajes nos resultan tan cercanos como aquellas personas al lado de las cuales transcurre nuestra cotidianidad. Es maravilloso seguir de cerca la gestación del amor entre los jóvenes Florentino y Fermina: aquella tenacidad, aquella ingenuidad, aquella audacia, aquel tesón. Imposible mirarlo todo tan de cerca sin sentir nostalgia por aquello que algún día fuimos y que a veces, cuando nos vemos repentinamente embriagados por la promesa renovada del amor, volvemos a ser. Florentino y Fermina aprenden a amarse más por curiosidad que por necesidad, y García Márquez arrastra al lector al grado de convertirlo en cómplice y testigo de ese amor desenfrenado.

Luego de alimentar con creces la ofrenda de aquel amor, Fermina descubre el desencanto en los ojos grises de aquel hombre invisible al que creía amar profundamente. Y he ahí otro de los momentos más emotivos de la historia: no sólo porque el rechazo constituye un elemento dramático de grandes proporciones, no, sino porque todas hemos alimentado (sí: es ésta una reacción propia del género femenino) la promesa de un amor que somos incapaces de cumplir. A veces, no sé, nos da por sentirnos amadas, deseadas, admiradas, añoradas. Nos gusta pensar que en aquellas noches frías e insomnes es nuestra imagen la que acompaña al pretendiente al desahogo y la liberación. Optamos por avivar las brasas de un amor que no estamos dispuestas a asumir, y que con profunda insensatez exacerbamos hasta el cansancio. Eso mismo le pasó a Fermina Daza, y eso mismo nos ha pasado a varias: “Aléjese, no puedo quererlo, no me busque más”.

El amor en los tiempos del cólera es, por lo tanto, un recuento del amor inquebrantable que Florentino Ariza le dedicó a Fermina Daza hasta el último día de su vida, sobre el telón de fondo de una Haití desangrada por varios flancos: los excesos del colonialismo y las repetidas epidemias de cólera que siguen azotando a la nación más pobre y más marginada de Latinoamérica.

Me pregunto cuántos Florentinos Ariza existen en el mundo. Cuántos hombres de todas las edades siguen atrapados en la espiral de un amor que no los deja morir en paz. Cuántos hombres cargan en los bolsillos con el rostro de aquella mujer que no los ama y que los ha expulsado abruptamente de su vida, para poner esa careta sobre el rostro de la mujer sin nombre que yace bajo suyo henchida de placer. Florentino Ariza le hizo el amor a todas las mujeres de la comarca, y fueron ésas las veces en que le hizo el amor a Fermina Daza sin jamás haberla tocado. Este mal, sin embargo, no es propio de los hombres: hombres y mujeres obcecados vamos por la vida aferrándonos al recuerdo de aquel que hoy ha olvidado nuestro nombre y nuestra voz, y nosotros seguimos evocándolo, incansablemente, cada vez que un nuevo extraño penetra en los intrincados parajes de nuestra insondable intimidad.

En fin… el amor y su cólera irrefrenable.

La vida privada de los árboles

Lo que pasa con Alejandro Zambra es que, simplemente, no puedes parar de leer.

Comencé anoche, en la madrugada, a la luz de la lámpara pequeña y bocabajo sin almohada. Después de mis escasas cinco o seis horas de sueño, en el camión de ida, en el camión de vuelta, en los intersticios que sin ningún pudor le robo a mi jornada laboral so pretexto de salir a fumar, de tratar de encontrar algo que no busco, de atender amigos inexistentes, de arreglar problemas inventados, de acudir al llamado de quien nunca me ha dirigido la palabra, y un larguísimo listado de etcéteras. Así entonces, a cuentagotas, como si de una obligación se tratara, como si al volver a casa alguien fuese a aplicarme un examen al respecto, como si cerrar el libro antes de acabarlo fuera un sacrilegio, como si no pudiera conciliar la tranquilidad a menos de haber repasado concienzudamente todas y cada una de las líneas que conforman el texto brevísimo, la nouvelle, la otra mitad de Bonsái sin que tengan absolutamente nada que ver la una con la otra.

La vida privada de los árboles es una serie de historias que Julián ha inventado para hacer dormir a Daniela, la hija de Verónica, quien hoy es su esposa, quien deja de serlo porque no llega, quien tampoco lo fue de Fernando porque huyeron de la lápida del matrimonio, porque nadie quiere en realidad un matrimonio; como Karla, que no lo quería para nada, que mentía, que pintó en la pared con sangre (o con tinta, pero era tinta de sangre) Ándate de mi casa conchatumadre, y entonces Julián se fue, y no le importó mucho porque con Karla sólo estaba para refugiarse de una vida anodina, de una familia promedio, de una historia vacía, sin cataclismos, sin historias interesantes, sin literatura. O no, sí, literatura sí que tenía: una caja llena de libros populares que su padre alguna vez puso ante sus ojos.

En fin. Entonces, les decía, que La vida privada de los árboles es una serie de historias que Julián ha inventado para hacer dormir a Daniela. Daniela no lo quería, la verdad es que ni siquiera entendía por qué Julián de pronto pasó a formar parte de aquella familia de dos, Daniela y Verónica, que acabaron siendo cuatro porque llegó Julián y porque Fernando nunca se fue, que la final acaban siendo tres porque ella se va y Julián tiene que reinventar la historia sin ella. Entonces, así visto, Julián hereda una historia. Hereda una historia y nos la cuenta Alejandro Zambra, quien con un lenguaje no exento de humor vuelve a engancharnos con un texto que fluye, que se va; que de tan rápido que se va, hasta ganas dan de perseguirlo. 

Alejandro Zambra, queridos lectores, tiene en mí un efecto perturbador. Alejandro Zambra me hace sentir que soy capaz de escribir. Pero no aquí, no en este blog, no. Probablemente obedezca a la brevedad de sus novelas, pero cada vez que cierro un libro suyo me tientan las ganas de mandarlo todo al diablo y ponerme a escribir. A escribir ficción. Ganas de ponerme a inventar otra vida privada de los árboles, que no podría ser esta misma, que tendría que prescindir de todo bonsái, pero que estaría inextricablemente ligada al deseo de todo aquel que tantísimo amor profesa por las letras: poder, aunque sea, legar al mundo un epígrafe digno de recordarse.

La ecuación de la “buena” literatura

Literatura “de calidad” y libros “basura” son dos conceptos que viven con nosotros. La crítica literaria, la pluma de los cultos, se ensaña con la literatura comercial y la sataniza. Las editoriales pequeñas, las independientes, entronizan su labor mirando con desdén a los grupos grandes. L@s agentes literari@s declaran que existen para “proteger” a los autores de los grandes grupos que quieren “aprovecharse” de ellos. Los bestsellers, mientras tanto, siguen vendiéndose. Los autores de verdadera vocación literaria acaban siempre traicionando al editor independiente que lo ayudó a crecer en pos de un anticipo más generoso y un par más de puntos porcentuales en las regalías (esto, desde luego, agente literario mediante). Total que esto de la edición es un zoológico y la pulsión editorial jamás descansa.

Ya tendremos tiempo para hablar absolutamente de todo esto. La verdad es que ya debí haberlo hecho: es interesantísimo y la gente siempre quiere saber más. No es que yo sepa mucho, nada más lejano: lo único que legitima mis comentarios en este blog es mi desmedida pasión por los libros, por las letras y por la industria en general. Quizás también convenga mencionar mis incursiones en un par de editoriales de las más variopintas naturalezas. Total que aquí ando, entre libros, como pez en el agua. Muy “maestría de estudios europeos” y no sé qué, pero lo único que tengo en la cabeza son libros: libros que hay que hacer, libros que hay que corregir, libros que hay que escribir, libros que hay que reeditar, libros que hay que rescatar, libros que hay que descubrir, en fin. Y como todo esto da para mucho, he elegido aquí un tema particular para escribir al respecto: ¿Y qué coño es la “buena” literatura? ¿Cómo se diferencia de lo que la banda intelectual llama literatura “basura”? Éste es el punto de partida.

Todos sabemos diferenciar entre “alta” y “mala” literatura. Al menos todos aquellos que de vez en cuando pasamos por este blog. ¿Javier Marías? Alta. ¿Kafka? Alta. ¿Stephenie Meier? Mala. ¿Borges? Alta. ¿Libros de autoayuda? Ni clasificación alcanzan. ¿Vargas Llosa? Alta. Y así ad infinítum. Podemos hacerlo también por sellos editoriales: ¿Anagrama? Alta. ¿Mondadori? Alta. ¿Acantilado? Alta. ¿Siruela? Alta. ¿Almadía? Alta. En fin. ¿Y cómo es posible que, pudiendo hacer estas diferenciaciones, no sepamos expresar concretamente de qué depende que un libro sea “bueno” o “malo”? Mejor dicho: ¿Cómo se define concretamente la “alta” literatura?

Pos bueno. Hace poco me puse a investigarlo. Es verdad que cualquiera adivina el calibre de una obra con tan sólo leer las primeras páginas, pero a mí me intrigaban los términos concretos en los que era posible explicarlo. Finalmente, para no hacerles el cuento largo, fui a dar con un estudio* hecho en Holanda en la década de los noventa donde explican que el grado de placer que nos genera una obra de arte está directamente relacionado con la complejidad de la pieza y nuestra capacidad para desentreñar sus intrincados laberintos. El mismo estudio da un paso más allá para explicar por qué las clases sociales más favorecidas son aquellas con gustos más refinados, pues sus miembros han contado con los medios necesarios para nutrir su intelecto y entrar en contacto con el arte de forma más regular.

Es decir entonces, de acuerdo con esta teoría, que al entrar en contacto con el arte tenemos que hallar el punto de equilibrio entre nuestro entendimiento y el grado de complejidad de la pieza. En la medida en la que seamos capaces de comprender algo a cabalidad, a sabiendas de que ese algo entraña en sí mismo cierta complejidad, es que haremos del contacto con el arte (en este caso, de la literatura) una experiencia placentera a la que volveremos una y otra vez. Aquellos que tengan más desarrollado el entendimiento y que consuman bienes artísticos más a menudo tendrán más herramientas para adentrarse en las páginas de la “buena” literatura, que para muchos sigue siendo inaccesible.

Quise compartir esta reflexión con ustedes porque me pareció interesante. Ora, aquí entre nos, hay grandes episodios de la “alta” literatura que siguen estando totalmente fuera de mi alcance. Baste mencionar el Ulises de Joyce y El ruido y la furia de Faulkner: hace algún tiempo lo intenté y no pude. Me rompí la cabeza y me declaré incapaz de comprender lo que estaba leyendo. Han pasado ya algunos años desde eso, pero tampoco estoy segura de volver a intentarlo. Muy probablemente necesitaría mucho entrenamiento intelectual, pero con tanto trabajo tan mal remunerado, tanta tesis tan mal escrita, tanto viaje tan improvisado y tantas ganas de cambiar el mundo, la verdad es que queda muy poco tiempo para tareas tan “elevadas”.

Al fin y al cabo, a mí los cultos qué.

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*”Preferences in leisure time book reading: A study on the social differentiation in book reading for the Netherlands”, de Gerbert Kraaykamp y Katinka Dijkstra. Publicado en Poetics en mayo de 1999.

¡Enhorabuena, querido Mario!

Ya es del dominio popular: Mario Vargas Llosa se convierte hoy, 7 de octubre de 2010, en Premio Nobel de Literatura. Ya lo dábamos por perdido, ya ni siquiera pensábamos en ello. Esta sensación nos la transmitió él mismo, ya que siempre, al ser cuestionado al respecto, reconocía que había tirado la toalla.

Hoy le es concedido, y desde aquí lo celebramos ampliamente. Mario Vargas Llosa es un prodigio de la humanidad. Es un hombre que nació para escribir, para leer: es él en sí mismo lectura y escritura. Mario Vargas Llosa es literatura. Escritor como pocos en la historia, este reconocimiento, el más poderoso de todos, le correspondía ya desde hace tiempo.

Hoy Purasletras está de fiesta, porque al fin se ha hecho justicia. ( Aunque el Nobel no le hacía falta. Él es quien es con o sin los premios que ha recibido: sus novelas y sus artículos hablan por sí mismos.)

Cuentos de Perrault: Léanse con urgencia

Yo, proclive a las obsesiones como siempre lo he sido, no he podido parar. Luego del primer tomo completo de los hermanos Grimm, mi mente no tuvo tregua y tuve que salir corriendo a buscar más: Perrault Wendolín… búscate a Perrault… a Andersen también. Eso: consigue todos los tomos de los Grimm, los cuentos completos de Perrault y lo que encuentres de Andersen. Tuve la gratísima sorpresa de hallarlo todo en Alianza Editorial, una de las mejores casas editoriales del mundo iberoamericano. Y así, sencillamente, me atasqué:

Una vez habiéndome hecho de los ejemplares únicos de los libros en cuestión, decidí sentarme en uno de esos sillones acolchados de la librería Bertrand de Barcelona  —un pedacito de paraíso— y comenzar a leer. Cuál fue mi sorpresa, lo digo de corazón, al hallarme con tres primeros cuentos hermosísimos, deliciosos, ¡EN VERSO! Sí, sí, sí, así como lo leen: no son sólo ricos en aventuras, en personajes extraordinariamente redondeados, en escenarios palaciegos y esplendorosos, en historias fantásticas y apasionantes, no. Eso no le bastó a Charles Perrault quien, allá en el siglo XVII cuando escribió sus cuentos, firmara como ¡su hijo! Acota el editor en la página 108 del ejemplar que tengo entre mis manos que la razón por la que Perrault no firmó estos cuentos, haciéndolo en lugar su hijo, obedece a su intención de no comprometer su prestigio como escritor con un género considerado, en el momento de su publicación, ingenuo. ¡Háganme el favor! O sea que a la usanza de ahora —donde quien escribe un bestseller se oculta bajo un seudónimo—, allá en el siglo XVII el extraordinario escritor de cuentos inmortales expone a su hijo al escarnio público producto de la escritura de unos cuentos como jamás se hayan escrito otros… Caramba.

En fin.

Pensarán que exagero si les digo que no comprendo cómo es posible vivir sin haber leído los cuentos de Perrault. En cualquier otro caso admitiría que están en lo correcto, que a mí créaseme la mitad de lo que digo, que mi vida consiste en inflamar la cruda realidad para llenar de color lo que sin ser intervenido es grisáceo, oscuro. Pero esta vez no estoy exagerando. Esta vez digo la verdad.

Si Alianza no nos miente y si este pequeño tomo de tan sólo 175 páginas reúne en efecto los cuentos completos de Perrault, no hallo una sola razón para no ir inmediatamente a la librería, comprar el volumen y leerlo con toda urgencia. No sólo los primeros cuentos están escritos en verso, sino que el trasfondo de cada uno de estos episodios están llenos de luz. Cada cuento tiene una moraleja. O dos. Y al final, para que el lector no venga conque a Chuchita la bolsearon, el autor las hace explícitas: siempre en verso, siempre con su cadencia particular. Es verdad que Perrault no es tan sanguinario como los hermanos Grimm, pero tampoco estamos ante el precursor del Y vivieron felices para siempre que ya a nadie convence. Estamos frente al primer escritor que a cabalidad recuperó las historias populares de las que se nutría su entorno, quien no sólo puso por escrito lo que era del dominio popular gracias a una tradición oral heredada de generación en generación, sino que lo embelleció hasta el hartazgo, heredándonos un volumen exquisito, maravilloso, entrañable.

¿Cuánto habrá cambiado la sociedad en los últimos seis siglos? No mucho, ciertamente. Y como para muestra sobra un botón, remitámonos a los bellos cuentos de Perrault, donde además de echar a volar la imaginación con personajes entrañables, podremos constatar que los seres humanos adolecemos de lo mismo desde que la Bella Durmiente fuera condenada a un sueño de 100 años y desde que el Gato con Botas rescatara de la miseria al mismísimo Marqués de Carabás.

Hay dos cosas particularmente interesantes, adonde quisiera yo atraer su atención, queridos lectores. En primer lugar, no tengo palabras para expresarles cuantísimo me han conmovido la musicalidad de sus versos y la hermosura de sus palabras. Conviene aquí abrir un paréntesis para reconocer la extraordinaria labor de Jöelle Eyheramonno y de Emilio Pascual como traductores: los traductores, casi siempre, se lo curran —como dicen acá— más que el propio autor. Así que ahí lo tienen: la belleza de los versos y la extraordinaria traducción de los mismos. En segundo lugar, permítaseme un segundo de debilidad: una historia, poco conocida entre nosotros, que el autor intituló “Riquete el del Copete”. Esta historia es tan vigente hoy día como lo fue hace 300 años. Todos aquellos que a menudo nos sentimos violentados por un mundo que se rige por convencionalismos absurdos hallaremos en las páginas de este cuento un rincón para agazaparnos.

Es ésta una historia donde un príncipe deforme es dotado de una inteligencia extraordinaria, mientras que a una princesa muy estúpida se le otorga el don de la belleza extrema. Y he aquí que ambos tienen el don de conceder inteligencia y de belleza, respectivamente, a aquel a quien más se ama. Esto basta, sin duda, para que adivinemos el final, pero no puedo irme sin citar aquí un último párrafo de esta historia:

[…] Hay quien asegura que no intervinieron para nada los encantamientos del hada, sino que sólo el amor realizó aquella metamorfosis. Dicen que la Princesa, después de haber meditado sobre la perseverancia de su amante, sobre su discreción y sobre todas las buenas cualidades de su alma y de su espíritu, dejó de ver la deformidad de su cuerpo y la fealdad de su rostro; que la joroba sólo le pareció el porte de un hombre con aires de imporancia y que, así como hasta entonces lo había visto cojear horriblemente, no le encontró más que cierto andar inclinado que la encantaba; también dicen que sus ojos, que eran bizcos, le parecieron por ello más brillantes, que su defecto pasó en su mente por la marca de un violento exceso de amor, y finalmente que su gruesa nariz roja tuvo para ella algo de heroico y marcial.

Cuentos de niños o no, son cuentos indispensables. Invierte en los cuentos de Perrault una tarde de tu vida y reconforta tu alma y tu espíritu como hace mucho no lo hacías.

Es en serio: corre. Son imprescindibles. Es bueno para su salud.

***

Un par de acotaciones:

1. Van a perdonar el francés, pero qué la Caperucita Roja es un cuento erótico ni qué mis chingadas madres. Es lo que es: no te fíes de los extraños. ¡Punto!

2. Si yo hiciera con mi tesis lo que los hermanos Grimm hicieron con los cuentos de Perrault, ¡voy al tambo por plagio! Un ejemplo: la primera mitad del cuento “Hansel y Gretel” de los hermanos Grimm no es sino la reproducción de la primera mitad del cuento “Pulgarcito” de Perrault. Los hermanos Grimm, eso sí, decidieron escribir un cuento totalmente distinto de Pulgarcito, para con ello resarcirse un poco. O quizás nomás porque les dio la gana.

3. Si alguien por aquí, como Bibliobulímica, ha leído ya estos cuentos, me gustaría conocer su opinión.

Al fin y al cabo, seguimos rodeados de brujas

 

[Una crítica más a las adaptaciones de Disney.]

Mientras leía el primer tomo de los Cuentos completos de los hermanos Grimm en Alianza Editorial, se me ocurrió el primer borrador de lo que deberá ser —si la banda tiene a bien seguir mis instrucciones— mi epitafio:

Quien aquí yace intentó leer todos los cuentos populares jamás escritos. Leyó los de los hermanos Grimm y los de Hans Christian Andersen; los de Charles Perrault y los de Guy de Maupassant; los de Juan José Arreola y los de Juan Rulfo; los de Antón Chejóv y los de Fiódor Dostoyevsky; los de Edgar Allan Poe, los de H.P. Lovecraft y los de Henry James. Pero como se adivina, nunca pudo abarcarlo todo. Se esforzó, eso que ni qué.

Como todos sabemos, nada es más nocivo en la vida de un niño que las películas de Disney. Comienzo a pensar que el nintendo, el Youtube y hasta el Youporn son menos dañinos para un niño que las películas de Disney. Mis hijos, sí señor, podrán tener las de vaqueros en el buró, pero eso sí: ¡jamás una película de Disney!

Ya, puede que exagere. En realidad, sí: yo fui niña Disney. Durante un año, todos los días, vi La sirenita al volver de la escuela. Me sabía los diálogos, gesticulaba como los personajes, me aprendí las coreografías. Hoy mismo, así es, puedo cantar de memoria aquello de ¿Qué debo dar para vivir fuera del agua? ¿Qué hay que pagar para un día completo estar? Pienso que allá, lo entenderán, puesto que… no prohíben nada… ¿Por qué habrían de impedirme ir a jugar? También me sé la de Bajo el mar (¿quién no se la sabe?!) y la de Pooobres almas en desgracia. Así es: qué peliculón.

En fin. Reencaucémonos. Les decía yo que las películas de Disney hacen mucho daño. Y lo reitero. ¿Por qué? Simple y sencillamente, porque la vida no está llena de finales felices, como los de Disney. Basta con echarle un vistazo a las versiones originales de cuentos como La cenicienta, La sirenita, El sastrecillo valiente o Pulgarcito para darnos cuenta de que, si bien algunos de ellos ciertamente tuvieron un final feliz, esto no fue sino a base de librar infinidad de combates tal y como los seres humanos de verdad lo hacemos todos los días.

Cuando las hermanastras de la Cenicienta quisieron engañar al príncipe poniéndose ellas mismas la zapatilla —que, quepa acotar, no era de cristal sino de oro, y no hubo jamás hada madrina sino tumba milagrosa—, la primera se re-ba-nó el dedo pulgar y la segunda se re-ba-nó el talón con tal de que el diminuto zapato cupiera en sus pies infames (es verdad: ¡qué cabecita la de los Grimm!). Por otro lado, sí señor, en la versión de los hermanos Grimm (la de Perrault vino antes, pero ésa aún no la he leído), a la Caperucita Roja sí la salvó el leñador pero sólo después de abrir la barriga del lobo para rescatar tanto a Caperucita como a su abuela. Hänsel y Gretel, asimismo, fueron abandonados en medio del bosque por su propio padre —débil, ¡cobarde!— quien cedió ante las presiones de una madrasta manipuladora y cruel, quien es castigada con la muerte hacia el final de la historia. Finalmente, Rapunzel no se llama Rapunzel, sino Rapónchigo, al ser éstas las flores que su madre, embarazada, ansiaba del jardín de la bruja (aquí la neta sí se entiende por qué hubo que rebautizarla).

Al comparar los textos originales con las versiones contemporáneas, no queda sino elevar nuestras voces: ¡Cuánta manipulación! ¡Cuánta mentira!

Aquí entre nos, a mí francamente me da lo mismo que hagan adaptaciones de los cuentos. Es más: creo que hasta me da gusto, ya que así garantizan la inmortalidad de los mismos. Sin embargo, hay que mostrarles a los niños —y a los adultos, sobre todo a los adultos que se conducen como niños— que el mundo real, tal como los cuentos originales, está lleno de dificultades. Es verdad que hay ciertos valores que todos debemos observar, incluso sin olla de oro al final del arco iris: no tiene por qué haber recompensa de por medio, es sentido común. Hay que ser compartidos, hay que ser honestos, hay que ser humildes. Existen también actitudes deplorables por las cuales tarde o temprano hay que pagar un precio: la mentira, la ambición, la arrogancia, la crueldad. Esto no se discute.

Lo que sí discuto, lo que sí alego, es que el mundo está lleno de claroscuros y que entre el blanco y el negro hay una gama infinita de grises. Los personajes de estos cuentos, en apariencia dirigidos a un público infantil, pagan caro tanto sus errores como los errores de los demás, y en varias ocasiones son castigados por pecados que no cometieron. A imagen y semejanza de la realidad, pocas son las historias con final feliz. En estos cuentos hay pobres que sufren por no tener nada que llevarse a la boca y princesas hermosas por las cuales todos están dispuestos a batirse en un duelo que desde el principio se sabe perdido. La envidia, la hipocresía, la severidad y la holgazanería recorren las páginas de estos cuentos dejando al descubierto las debilidades de todos los seres humanos. En estas líneas hay sangre, hay muchas batallas perdidas, hay muchas lecciones de vida. Hay diálogos ingeniosos y narradores todopoderosos. Estos cuentos, breves, más breves que todo, son de una riqueza inabarcable, de una verdad incuestionable. Después de todo, las cosas no han cambiado mucho: seguimos rodeados de brujas.

No fueron ni los hermanos Grimm, ni Charles Perrault, ni Hans Christian Andersen, ni mucho menos Antón Chejóv quienes acuñaran aquello de Y vivieron felices para siempre. Esta frase fue una invención de la modernidad, de las grandes industrias, del capitalismo, para envolvernos con sus patrañas surreales que nada tienen que ver con la vida, dura, que es esta que nos tocó vivir.

¡Que vivan las versiones originales! ¡Que viva la cruda realidad!

***

Continuará…