La ruta de la miseria

Vivo en la calle Ferlandina esquina con Joaquín Costa, en el Raval. Es un barrio con mucho encanto: sin ostentación de ningún tipo; lleno de museos, bibliotecas y librerías; rebosa fiesta, colores y sabores. Sin embargo, todo aquel que conoce Barcelona sabe que el Raval también es un barrio de prostitutas, de drogas, de mendigos, de rateros que hacen del robo una honorable profesión. Es un barrio de inmigrantes: así, en cursivas, con ese tonito despectivo que utilizan aquí a modo de eufemismo para referirse a todo extranjero proveniente del tercer mundo. Hace dos semanas, camino al gimnasio a eso de las diez de la noche, fui víctima de un “atraco”: un chico me arrebató mi ipod desde una bicicleta cuya velocidad me hizo pensar en un alma que lleva el diablo. He de confesar, también, que nunca me he caracterizado por ser una persona de reacción rápida: a mí las reacciones me llegan trimestralmente, como los recibos del gas. No corrí, no grité, no lloré. Me quedé ahí: congelada, meditabunda, sumida en las más profundas cavilaciones.

Pero ése no es el tema de este post. Esta mañana salí de casa rumbo a alguna cafetería donde pudiera trabajar en la tesis. Al pasar por el MACBA, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, tuve que bordear la colonia de vagabundos —en su mayoría extranjeros— que se han asentado en el lugar. Ahí pernoctan, ahí socializan, ahí transcurre su monótona existencia. A mí no me dan miedo. Me hablan, pero nunca me tocan. Y créanme si les digo que en el Raval eso ya es ganancia.

Ni bien cruzar la plaza del MACBA me topé con un chico triste de ropas raídas que me tendió la mano con ojos desesperados: no sé qué quería. No sé si quería preguntarme algo, si sólo quería tocarme, si quería dinero, si me pedía indicaciones para llegar al metro Cataluña, a la Rambla del Raval, a la Plaza Universidad, de vuelta a su casa, de vuelta a su mundo, de vuelta a su país. No sé si sólo buscaba un hombro para llorar, un alguien sin nombre para desahogarse, para dejar constancia de lo dificilísimo que debe ser vivir en un país como inmigrante, como apestado, como aquel a quien nadie quiere, a quien todos tienen miedo: como yo, que nomás de verlo acercárseme me vi inconscientemente acelerando el paso para que no me alcanzara nunca, para no volver a verlo jamás. He pagado cara mi ingenuidad en ocasiones anteriores: me han intimidado, me han sonrojado hasta el infinito, me han inducido al llanto que deriva del bochorno mal avenido. Pero hoy —como tantas otras veces— fui ruin, fui miserable: ¿Por qué huir de este muchachito sin darle siquiera la oportunidad de decirme algo? ¿Por qué apretar el paso si no me he visto aún amenazada? ¿Será que estoy cayendo en la repugnante espiral de la intransigencia y el racismo? Qué horror.

Ni bien llegar a las Ramblas y doblar a la izquierda me topé con aquel pobre hombre en muñones, sin brazos y sin piernas, que espera siempre en las Ramblas al lado de un triste vasito de unicel. ¿Qué espera? ¿A quién? ¿Tendrá a dónde ir? ¿Y cómo irá, si no puede moverse? Él no dice nada, ni te mira, ni la cabeza levanta: está demasiado cansado de la vida, demasiado hasta la madre de todo y de todos como para hablar, como para mirar, como para apelar a la generosidad de la gente. El pobre hombrecillo a medias se ha convertido en parte del escenario: una atracción más al lado de la cual la torpe multitud de turistas quiere una foto. Ya no se sabe por qué razón caen las escasas monedas de bajísima denominación en el fondo de aquel vasito de unicel: si por lástima, por generosidad, o como retribución por sus servicios al dejarse fotografiar. La escena es triste, es patética, es digna de que retumbe en sus centros la Tierra y se sacudan las fibras del alma de cualquiera. Pero no pasa, no: esta sociedad automatizada ni siquiera se da cuenta de que el hombre tiene la vida jodida, de que está ahí y a nadie le importa, de que hemos perdido la capacidad de conmovernos, de que somos egoístas, mecánicos e insensibles. La imagen de aquel pobre hombre perturba, inquieta: por eso lo evitamos, por eso miramos hacia otro lado, por eso buscamos con urgencia otro punto de fuga en el horizonte. Diez metros más allá ya se nos habrá olvidado.

No acababa de pasar al hombre en muñones cuando tropecé con una mujer que estaba de rodillas sobre el asfalto. Era una gitana, una rumana: una mujer como yo, pero cuya imagen ha sido satanizada por los medios, razón por la cual ha aprendido a vivir perennemente azotada por la indiferencia y el rechazo de una sociedad que no es la suya, que no la quiere y a la que tampoco quiere pertenecer. Una mujer que no tiene adónde ir, que paga las facturas de la xenofobia y los prejuicios. Valga remitirnos a las heroicas deportaciones que Sarkozy, sin preguntar a nadie y faltando a las normas de la comunidad europea, ejecutó hace apenas unos meses. De rodillas y sin rostro, la gitana estiraba la mano. No cayó en su palma ninguna moneda durante los segundos que permaneció dentro de mi espectro visual. Yo le ofrecí un “lo siento” al rozarla involuntariamente. Los otros ni cuenta se dieron de que la pisaron, de que la lastimaron, de que invadieron su espacio vital. Lo más triste es que probablemente ni siquiera ella se haya percatado de que —otra vez— la pisaron, la lastimaron, le hicieron daño.

Ya para entonces caminaba a paso no tan firme y con un nudo en la garganta. Es éste el espectáculo diario que observo camino al trabajo, pero por alguna razón hoy fui más receptiva. Hoy me sentí más miserable. Pensaba entonces en la necesidad de plasmar todo esto en palabras, de pedir perdón por ignorarlos a todos, por apretar el paso cuando el chico me tendió la mano, por no detenerme ante el hombrecillo de los muñones y la rumana en el piso, pero al cruzar la Ronda Universidad la visión de un anciano que rebuscaba en los enormes botes de basura irrumpió en mis desordenados pensamientos. Extraía del bote amarillo un plátano a medio comer, y del bote verde una Coca Cola a medio terminar. Me detuve involuntariamente y me le quedé viendo para que me mirara: para que me doliera, para concienciarme, para que se diera cuenta de que lo veía, para ver la miseria de cerca, para dejar de huir, para decirle con los ojos que quería ayudarlo aunque no supiera cómo. Pero no sirvió de nada: el hombre era ciego. Era ciego y no pudo verme. Era ciego y partió satisfecho con aquel botín entre las manos. Era ciego y no me vio que lo veía, que lo sentía. No pudo ver que a veces, si nos detenemos a mirarlo, a nosotros también nos duele su dolor.

De vuelta a casa me he topado con otro mendigo en silla de ruedas. Pero éste tenía su gracia: junto al puesto de castañas para guarecerse del frío, el elegante anciano posaba con saco y corbata, y tendía un botecillo donde tampoco escuché que cayera ninguna moneda. Al llegar a mi portal, una pareja me ha cedido el paso: un anciano lleva de la cintura a una negra de proporciones descomunales. Está embarazada, y sigue trabajando.

Tenemos que hacer algo

Hoy me desperté una hora antes para leer un correo que no llegó. Lo que a mí me tiene en vilo, queda claro, a mis interlocutores los tiene muy tranquilos.

Entonces procedí a leer el periódico: estaba lista para encontrarme un seguimiento completísimo e incluso exagerdo sobre la muerte de Néstor Kirchner. Todo aquel morbo se vio opacado al encontrarme con la nota de la nueva masacre perpetrada a manos del narco en un túnel de lavado en Nayarit. Cuando creemos que la violencia ha llegado a su punto más álgido, que ya no puede haber más, la crueldad arrecia, la guerra vuelve a despuntar.

Por vez primera desde aquel domingo, cuando me topé con la nota de la catástrofe en Haití, las lágrimas han nublado mis ojos sin siquiera terminar la nota. La nota está exenta de todo sentimentalismo, de toda emotividad, de toda intención. Es una nota plana, como todas, como cualquier otra. Pero ya me estoy cansando de ver a mi país sufrir de este modo. Ya me estoy cansando de tanta pinche guerra, de tanta maldita violencia, de tanto hijo de puta en todos lados, de tantas muertes inocentes, de tanto maldito miedo que incubamos al cruzar el umbral de la puerta. Ya me cansé de que no nos pongamos de acuerdo, de que no hagamos nada concreto para frenar esta guerra absurda, de que los reputísimos políticos tengan un pueblo en vilo a cambio de una cuota de permanencia, de poder, de que se mantengan en su posición desafiante frente a una fuerza con la que CLARAMENTE NO PUEDEN. Estoy hasta la madre de tanto líder sin escrúpulo (en todos los bandos) de tanta ignorancia mal combatida, de tanto muerto. Estoy profundamente triste por constatar que mi país se ha convertido en un ajedrez donde las piezas van cayendo y el tablero se va manchando de sangre.

Los franceses paralizan el país cada semana so pretexto de un par de reformas que retardan la edad de jubilación, que incrementan los impuestos, que reducen los días de vacaciones. Más de tres veces me he quedado varada en territorio francés porque a causa de la huelga es imposible volar. En España convocan al paro también muy a menudo: de tanto se quejan aquí que ya no recuerdo ni las causas. Grecia también vive paralizada por la huelga, amenazada por la movilización de una ciudadanía siempre inconforme. Aquí, como político, es imposible proponer: todo te cuestionan, todo te objetan. Aquí en Europa quizás exageran (en Francia es simplemente demasiado). Pero nosotros no hacemos NADA. ¡NADA! ¿Qué estamos haciendo para manifestar nuestra incomodidad? Los mexicanos no nos quejamos, sólo nos lamentamos. Y cómo no va a ser así si lo único que reina en nuestro país desde hace algunos años es la apatía, la incredulidad, la desesperanza, el desasosiego.

Habrá 135 muertos. CIENTO TREINTA Y CINCO. Y van a acabar pronto: no dejan pasar un solo día en blanco. Mueren jóvenes, niños, madres y padres inocentes. Voy a abrir El País todas las mañanas como todos los días, y voy a encontrarme diariamente, a razón de diez o quince muertos por día, notas que atestigüen que el narco va cobrándose una a una las 135 toneladas de mariguana decomisada por las autoridades hace un par de días. Ciento treinta y cinco muertos. Eso es diez veces trece punto cinco. Esto quiere decir que ciento treinta y cinco familias se van a quedar rotas, desesperadas, llenas de rabia, de ira, de tristeza. De ODIO. Ciento treinta y cinco familias van a llorar a sus muertos para siempre, y la prensa pronto va a olvidarse de todo, de las familias y de sus muertos. Y los demás, mientras no nos veamos directamente afectados por tanta masacre (suficiente violencia tenemos ya en el DF como para no hacernos de la vista gorda con el narco), también vamos a olvidarnos de todo.

Yo qué voy a saber de política. Yo qué voy a saber de seguridad nacional. Yo sólo soy una mexicana más, desesperada como todos, harta de ver cómo se retuerce mi país de tantísimo dolor. México se está desangrando, se muere poco a poco, a punto está de aparecer el último estertor. México se está cayendo a pedazos. Tenemos que hacer algo. TENEMOS QUE LEGALIZAR LAS DROGAS.

Polonia llora otra vez

La idea de Europa para nosotros, los latinoamericanos, está inextricablemente ligada a la idea de progreso, de “primer mundo”, de prosperidad, de seguridad, de futuro. Europa es otra modalidad de la Tierra Prometida.

¿Qué puede haber de este otro lado del mundo sino la Torre Eiffel, el Big Ben, el Coliseo y el Parque del Retiro?

Europa también es heterogénea. Es cierto que su parte occidental no sólo corresponde a la idea que de Europa nos hemos hecho, sino que supera todas nuestras expectativas: Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, España… todos estos nombres de países cuyo nivel de vida es extraordinario. Todos se quejan, todo el tiempo se quejan, comparándose, por ejemplo, con los países escandinavos. Que si la seguridad social, que si les pagan por estudiar, que si el tranvía llega tarde… Y yo los observo, pasiva, con el rabillo del ojo, regodéandome en la oportunidad de constatar que el ser humano nunca está satisfecho. El ser humano siempre quiere más. Pero sí, es verdad, en aquel lado de Europa se cristaliza lo que asalta nuestra mente cada vez que nos remitimos al Viejo Continente.

Pero no toda Europa es Europa. Primero habría que definir qué entendemos por Europa: Europa como el continente europeo, o bien Europa cobijada bajo el manto de la Unión Europea, esa comunidad política a la que han tenido que asirse estos países para sobreponerse luego de ver cómo en sus propios campos de batalla la guerra iba poco a poco despojándolos de lo que a través de los años habían logrado erigir. Y sí, eso es Europa, el continente todopoderoso que antaño se repartiera el mundo haciéndolo suyo a costa de lo que fuera, saqueando todo lo que hallara a su paso, cristianizando a los indios, obligándolos a tragarse su basura y, paradójicamente, llevando con esto a aquellas tierras la promesa de la modernidad, de una raza mestiza, de guiñarle un ojo a las facilidades de la tecnología. Europa es, sin duda, el continente más sanguinario de todos: es en estas tierras donde más sangre se ha derramado jamás. El continente más pequeño y el continente más poderoso. El continente que todo lo tiene y el que de todo se queja. El continente por el que tantos extranjeros lo dejan todo, lo arriesgan todo. El continente que a veces sigue sacudiéndose hasta las entrañas, como hoy, ante los virajes inesperados del destino.

Muchas naciones, europeas y no, siguen hoy día coqueteando descaradamente con dicho organismo supranacional: todas quieren entrar al partido: Turquía, Ucrania, Armenia, Croacia… todos estos candidatos hacen gala de sus mejores destrezas amatorias para recibir el “sí” tan deseado. Polonia es, desde hace varios años, miembro de la Unión Europea. Y sí, se nota: todos los días, cuando abro la ventana, cuando paseo a pie o en tranvía, cuando tomo uno de sus (lentísimos) trenes, me doy cuenta de que Polonia se despereza, de que Polonia tiene ganas de crecer, de que poco a poco se perfila como el país que logrará encumbrarse, que logrará sobreponerse al dolorosísimo pasado que lleva a cuestas. Y hoy, luego de la inesperada muerte de su presidente, Lech Kaczynski, la incertidumbre vuelve a tocar la puerta de este país del que ya me siento parte.

He recorrido las calles de este país con una atención extraordinaria, especialmente tratándose de mí, que por lo general no sé nunca ni de dónde vengo ni hacia dónde voy. Adoro la energía de Cracovia, su gente, sus claroscuros, sus edificios grises, mutilados, testigos mudos de tanta catástrofe.

Hace un par de días fui a Auschwitz. No quería ir. No sabía si quería ir. El dilema moral. (Y no, no sé si tengo moral, pero un dilema sí que tenía.) ¿A qué diablos voy a Auschwitz? ¿Es por morbo? ¿Sí? De ser así, me doy un poco de pena. Me reprendo anticipadamente. Me decepciono un poco de mí misma. Y lo peor es que lo sé: el morbo es inevitable, es casi inherente al ser humano. ¿Y por qué no habría de ir? ¿Tengo miedo? ¿No te gusta llorar? ¿No quieres regalarte un viaje todo pagado al País de las Pesadillas? Sé valiente. Enfréntalo. Analízalo. Y fui.

No pretendo en este post hacer un recuento de todo lo que vi en esa visita. Sí merece un post, mucho más que eso: no para revelar verdades insólitas, no: sólo para canalizar lo que desde aquella visita oprime mi corazón. No voy aquí a desvelar el hilo negro: voy a explicar lo que vi, lo que sentí. Pero ésa es otra historia.

Polonia ha sufrido lo indecible. Un país atacado incesantemente desde tiempos inmemoriales. Cuando la gran guerra, la guerra tan sonada, Polonia se vio atacada por ambos flancos: los dos depredadores, los rusos y los alemanes, invadieron a la par. Luego, se repartieron el país. Cuando los nazis cayeron el panorama no fue menos desolador: una libertad ficticia cuya única función fue encubrir la esclavitud: el comunismo, la nulificación del ser humano y su individualidad, la negación de la libertad que deriva del ser diferente.

Y hoy este país, el país de papá, llora otra vez. Y aquí estoy, sin poder hacer nada, sin entender un carajo de polaco, pero solidarizándome con el dolor producto de la incertidumbre. Porque nada duele más que la incertidumbre, eso dice mi corazón.

Mi vecino, desde que fue anunciada la noticia, se despide desde su ventana.

Vayan estas palabras, este texto sin pies ni cabeza, a modo de pésame sincero. Mis condolencias para este país que en tan poco tiempo tanto ha sabido darme.

Cotidianidad interrumpida

Despierto a las 11 sin despertador. Está bien para ser domingo. Está bien para ser yo. Despierto sola, como las últimas ciento y tantas noches. Como todos los días, tiendo la cama: para nada soy tan perfeccionista como para tender mi cama. Como siempre, queda perfecta. Prendo la compu, reviso mi blog, reviso mi mail. Una lectora nueva, qué bien. No me dan ganas de bañarme. ¿A quién le dan ganas de bañarse en domingo? De todas formas, me baño: esa obsesión mía con la higiene personal.

Hay que comer. Coloco en la sartén las dos hamburguesas vegetarianas de calabaza y pasas que compré ayer en El Corte Inglés. Estoy de buen humor porque al fin encontré trigo. También lo compré en El Corte Inglés. No como carne, ¿ya lo sabían? No me gustan ni la carne de res ni el pollo, así que vivo de pavo, de frutas, de trigo, de pan, de atún, de hierbas “listas para comerse”, en fin. No sé cocinar. Tampoco me interesa aprender. El trigo sólo se hierve. Las hamburguesas vegetarianas sólo se calientan. El atún sólo se vierte sobre un plato. Las manzanas sólo se muerden. Las naranjas sólo se pelan. La leche sólo se ingiere. El cereal sólo se sirve y se baña con leche. Las nueces y las pasas sólo se llevan, de dos en dos, a la boca. Extraño las verduras y las tortillas de maíz. Aquí hay verduras, pero hay que cocerlas, y no me apetece.

Listo: las hamburguesas están en su punto, el trigo también. Coloco las hamburguesas en un plato extendido con unas gotitas de limón. El trigo, luego de escurrirlo, lo coloco sobre una cama de lechugas y canónigos. Me encantan los canónigos, no sé si hay en México. Y si los hay, no sé cómo se llaman. Me gusta mi vida en Bilbao. No sé qué tal vaya a estar Cracovia. Con que me vaya la mitad de bien de lo que me ha ido aquí me doy por bien servida.

No veo la tele, ¿ya lo sabían? No me gusta. Me siento a la mesa para comer: raro en mí. Por lo general como de pie, donde sea, qué más da. Pues no. Hoy decido sentarme en la mesa y llevarme la compu. Me preparo un té verde y listo. Le doy el primer bocado a la hamburguesa: ¡qué buena es! Si no fueran un artículo de lujo (¡4 euros el paquete!) las comería diario. En fin.

www.elpais.es

No soy buena lectora de noticias. ¿Se los había dicho? No es ningún orgullo, me avergüenza un poco. Mea culpa. Pero a veces, como ahora, los leo todo el día. Me gusta El País. Me encantan las plumas de sus corresponsales, de sus columnistas.

Abro el artículo de Pablo Ordaz enviado desde Haití: Haití ya no existe.

Doy un sorbo al té, me trago el bocado de un solo golpe.

Y heme ahí, comiendo lo que tanto me gusta, a la par que leo las noticias sobre Haití. Me sabe mal la comida, se me rozan los ojos con un par de lágrimas que no se animan a asomarse, pero sé que estuvieron mirando por el cerrojo de la puerta.

Puerto Príncipe se ha convertido, en palabras de Pablo Ordaz, en un infierno que ha perdido la calma. Una vez más, una morgue al aire libre, donde nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas han muerto. Los sobrevivientes vagan sin rumbo por las ruinas de lo que algún día fuera la capital de un país olvidado, la capital de Haití.

Piensen en la película más aterradora que hayan visto en su vida. Estoy segura de que nada puede compararse con lo que viven los haitianos. Cadáveres por todas partes, niños llorando, gente mutilada, muerta de hambre, implorando ya sin fuerzas que termine, de una buena vez por todas, este suplicio. ¿Cómo? ¿O qué? ¿Nos ahorramos el pensar que la muerte es cien mil veces mejor que lo que Haití padece hoy en día? Sin duda, preferirían que hubiesen rodado todas las cabezas de golpe en vez de verse condenados a transitar por el infierno de la podredumbre y la desesperación.

El viernes fui al banco. Me quedaban 23 euros en la cuenta. Deposité 15 para la Cruz Roja, para la causa de Haití. ¿Y eso basta? ¿Eso sirve de algo? No lo sé, no lo sé, carajo, no lo sé. Pero me siento mejor.

Y entonces abro los ojos. Abro los ojos y ruedan las lágrimas. Las tragedias, el dolor, por lo general se conjugaban en pasado. El temblor del 85 en México no es para mi generación sino un recuerdo lejano que se inscribe en las páginas de nuestra historia sin que nosotros podamos entenderlo. La Segunda Guerra Mundial sigue permeando la literatura contemporánea, pero no es ya sino el telón de fondo de las historias que nunca dejarán de escribirse. Los genocidios, las reputísimas guerras, los atentados suicidas, los malditos bombardeos… todo eso se conjuga en pasado o bien, se conjuga lejos de nosotros. ¿Iraq? ¿Afganistán? ¿Palestina? ¿Nos importan de verdad? ¿Nos afectan en serio?

No.

No.

No.

Vivimos nuestra vida. Mal hacemos en pensar que conocemos la miseria y el dolor. Mal hacemos en pensar que lo hemos visto todo cuando en realidad basta con echarle un vistazo a Haití, a la Franja de Gaza, a Iraq… para darnos cuenta de lo muchísimo que ignoramos.

Qué lejos estamos nosotros de saber lo que es el miedo. El miedo a caminar por el infierno de Puerto Príncipe donde sobreviven los haitianos: muertos de hambre, atrapados sin murallas, sobresaltándose a la mínima provocación, retorciéndose, arrancándose la piel a girones, preguntándose (si es que aún tienen fuerzas para preguntarse algo) si se toparán pronto con el cadáver mutilado de su esposa, de su padre, de su bebé.

También es cierto que la vida a veces nos sorprende con puñaladas bajas, bajísimas, que nos dejan estupefactos, deshechos de dolor, demostrándonos que la realidad siempre supera la ficción.

Lo que acaba de ocurrir en Haití es una tragedia sin parangón en la historia que a mí me ha tocado vivir. Y, como a tantos otros, me duele muchísimo. Y sin embargo, heme aquí, tan tranquila: haciendo mi vida, escribiendo mi tesis, leyendo mis libros. 

También es cierto que no podemos enfrascarnos en estas cavilaciones. También es cierto que no podemos atrincherarnos en el miedo que paraliza y que no permite avanzar.

Pero lo siento profundamente. Lo siento. No pretendo aportarles nada con este post. Ni siquiera sé si tiene sentido. Tampoco insinúo que deban identificarse conmigo o que deban empatizar con lo que aquí escribo. Pero esto, escribir, es lo único que sé hacer para darle un poco de sosiego al corazón.

Tengo frío.

Luto por Haití

Desde aquel capítulo siniestro, he cambiado. Bastante, creo yo. Me parece que fue entonces cuando comprendí que a medida que leemos los periódicos, que viajamos, que nos acercamos a la catástrofe, sufrimos menos por las tristezas personales. Estamos obligados a ello. Aunque siguen rodando las lágrimas ante el desolador espectáculo de la tragedia, nos volvemos cínicos. Ya nada nos parece suficiente. Los dolores propios, increíble pero cierto, comienzan a opacarse ante los recuerdos colectivos que permanecen al rojo vivo en la memoria. Y hoy, al despertar, lo he corroborado.

Un Puerto Príncipe devastado (cito aquí a Maruja Torres, quien atinadamente declara que el adjetivo “devastado” está devaluado). El país más pobre de América Latina ha sido una vez más azotado con las fuerzas impías de la naturaleza. En cada esquina, apilados, yacen los cadáveres de quienes no reunieron las fuerzas suficientes para liberarse de entre los escombros.

“Una morgue al aire libre”, eso he escuchado. Con base en las palabras de un chicho haitiano desesperado, un encabezado de El País reza “No hay comida, no hay teléfono, no hay agua, no hay nada”. Un país ha perdido de golpe sus escuelas, sus hoteles, sus sedes gubernamentales, su catedral. Una catedral que se ha derrumbado ante los ojos de los fieles a quienes su dios no ha querido escuchar. Un país olvidado que hoy, una vez más, se sume en la más tremebunda de las oscuridades.

La gente deambula pidiendo ayuda. Esquivando cadáveres a su paso, los sobrevivientes de la tragedia deambulan sin rumbo fijo. “Tienen miedo de entrar en sus casas”. Están aterrorizados. La serenidad sólo logran conciliarla aquellos que ya lo han perdido todo y que siguen perdidos en sus propias cavilaciones. Los demás, los que sólo perdieron su casa, los que sólo perdieron uno de sus hijos, los que sólo perdieron una pierna o un brazo, suplican al mundo por un poco de ayuda. “Agua”, “pan”, “medicina”. No piden más.

La propia ONU ha recibido un revés sin precedentes. Es ésta la peor tragedia desde el atentado contra su sede en Bagdad: hasta este momento, 11 de la mañana en España, 16 muertos y 56 heridos.

No hay cifras certeras todavía. Algunos hablan de miles de decesos. Otros hablan de cientos de miles. Estamos, queridos lectores, ante un asalto inusitado. Ante un golpe bajo que ha dejado al descubierto, una vez más, la vulnerabilidad de los países que, desde las tinieblas, se ven obligados a reconstruir su historia una y otra vez.

No nos queda más que vivir. La muerte está siempre acechando. La muerte está al doblar cualquiera de las esquinas de la ruta que trazamos sobre el pavimento. Los desastres naturales siempre están ahí para recordarnos que no somos nada, que somos vulnerables, que la vida sigue su curso. No importa de qué estemos hechos. No importa que los suizos inviertan millones de francos en darle mantenimiento a sus refugios atómicos en caso de una guerra nuclear. Ante espectáculos como éste, queda en el aire la sensación de que en cualquier momento la Desgracia posa su mirada sobre nosotros y nada ni nadie podrá entonces detenerla. Vivamos entonces, dejemos de llorar por nimiedades, antes de que nos toque.

Yo sé que desde aquí mis palabras no sirven de nada. Escribo porque es la única forma que conozco para decir que lamento profundamente lo que ha ocurrido en Haití. Cínica y dura como lo soy (o como lo quiero ser), no he podido contener las lágrimas. Ante las imágenes y las palabras, se me ha estrujado hasta el infinito el corazón.

“El islam le da sentido a mi vida”

Abdullah es mi compañero en el máster. Es de Yemen, tiene 26 años, es casado y tiene dos hijos. Ah, claro: es musulmán.

***

— Abdullah, ¿cómo conociste a tu esposa?

— La conocí el día que fui a pedir su mano.

— ¿Y entonces? ¿Cómo la elegiste?

— Mi madre la eligió para mí.

— ¡¿Cómo?! ¿Tú no la viste antes?

— No, pero no era necesario. Mi madre me platicó cómo era y me pareció buena mujer.

— ¿Y todos se casan así?

— Todos.

— ¿Y si te gusta alguien que ves por la calle?

— No ves a nadie. Todas se cubren, de los pies a la cabeza.

— ¡¿Todas?! Se cubren… ¿¡todo!?

— Todo.

— ¿Y qué pasa si no te gusta la mujer que ha escogido tu madre? ¿Si no te gusta una vez que la ves sin el velo?

— Eso no pasa. Te tiene que gustar. Va a ser tu esposa, la madre de tus hijos.

— ¿Y no hay un periodo como de “noviazgo”, donde antes de casarse se conocen, se besan?

— Ni siquiera la puedes tocar.

— ¿Ni un besito?

— Nada de nada.

— ¿Y luego? Ya me los imagino en la noche de bodas… ¡como tigres enjaulados!

— Oh sí, por supuesto.

***

— Oye… ¿esto quiere decir que tú no sabes lo que es “enamorarse”? O sea… bueno… ¿sabes?, cuando conoces a alguien, sientes algo y…

— Sé lo que quieres decir. Bueno… no, los musulmanes no nos enamoramos. Pero no hace falta: amas a tu esposa. La amas muchísimo. 

***

— Pero… bueno… la mujer en el islam es un poco…

— Los medios de comunicación hacen con el islam lo mismo que hacen con los países en vías de desarrollo y con los inmigrantes: sólo hablan de lo malo. Lo cambian todo, lo tergiversan, lo impregnan de sensacionalismo, y la gente se lo cree.

— ¿Por ejemplo?

— La gente cree que las mujeres musulmanas son maltratadas y sobajadas. ¡Qué mentira más grande! Las mujeres son lo más importante para nosotros. Nuestra prioridad, lo dicta el Corán, son las mujeres. A veces las mujeres occidentales me dan un poco de lástima.

— ¿Lástima?

— Sí, un poco. ¿Sabes por qué? Creen que lo pueden todo porque visten como quieren y hacen lo que quieren, porque son independientes. ¿Esto les da igualdad frente a los hombres? Quizás, pero he visto a muchísimas mujeres aquí llorar por un hombre. Aquí los hombres son infieles, son machos, mucho más de lo que podemos serlo nosotros. Aquí muchas mujeres crían solas a sus hijos, son madres solteras. Eso es tristísimo. Aquí las mujeres se matan de hambre para gustar a los hombres, se maquillan, se gastan todo su dinero en ropa. ¿Para qué? Para que algún hombre las escoja y no se queden solas. Eso es horrible. En mi país, un hombre ama y respeta a una mujer hasta el final. La infidelidad no existe. Nosotros nos casamos vírgenes, igual que las mujeres. Sería injusto si sólo fueran ellas quienes tuvieran que serlo, ¿no crees? Para nosotros no existe el “te estás poniendo gorda” o “ya no te vistes como antes”. No. Uno ama incondicionalmente, así lo dicta el Corán, a quien ha esposado para toda la vida.

—Pero… puedes tener muchas esposas, ¿no?

— Ja, todo mundo lo pregunta. Eso reflejan las películas. En teoría, sí. Puedes tener más de una esposa siempre y cuando las mantengas a todas y, más importante aún, si tienes una buena razón.

— ¿Una “buena razón”?

— Sí. Por ejemplo, la infertilidad. Si tu esposa no puede darte hijos ella misma te ayudará a encontrar una segunda esposa. Pero sin dejarla a ella, sería injusto. Aunque de cualquier modo casi todo mundo tiene una sola esposa. ¡Tener más es demasiado caro!

***

(Abdullah desaparece de repente, a lo largo del día. Va a rezar en dirección a La Meca.)

— ¿Rezas todos los días?

— ¡Claro! ¡Cinco veces al día!

— ¿Cuánto te tardas?

— De 2 a 5 minutos.

— Ah, ¡es rápido!

— Sí… ¡además es súper sano!

— ¿”Sano”?

— Claro. Mira. Hay que ponerte en varias posturas mientras rezas. Haciéndolas 5 veces al día te ejercitas y nunca padeces dolores de espalda ni de articulaciones.

— Sí que te gusta, ¿eh?

— Wen: yo no podría vivir sin el islam. Le da sentido a mi vida. La llena. Ser musulmán tiene muchísimas implicaciones. No sólo se trata de ir a la iglesia como lo hacen los católicos, no. Qué chiste, ¿no? Vas a la iglesia y se acabó. No. Acá todo tiene que ver con el islam. Y te llena de paz. Y te llena de amor.

— ¿Qué piensas del judaísmo, del cristianismo?

— Los respeto. Creo también en Jesús y en Moisés. Aparecen en el Corán.

— ¿Qué más dice el Corán?

— ¡Muchas cosas! Por ejemplo: la madre es lo más importante para nosotros. Para nosotros es inconcebible lo que hacen aquí, ¡aquí a los padres los mandan a un asilo o los dejan solos una vez que los hijos hacen su vida! Nosotros cuidamos a nuestros padres hasta el último día, con muchísimo amor, con devoción, ¡cómo vamos a dejarlos si sólo nos han dado amor!

— No conozco ningún católico que se exprese con tanto entusiasmo sobre su religión, ¿sabes?

— Voy a comprarte un Coran en español y te lo voy a regalar, ¿va?

— ¡Órale!

— Pero lo lees y me dices qué te parece, ¿ok?

— ¡Por supuesto! ¿Yo me puedo convertir al islam?

— De hecho… ¡deberías!

***

Abdullah es de las personas más bellas que he conocido en mi vida. Es súper respetuoso y abierto. Es un ser humano cálido y sincero. Sabe reír, sabe escuchar: sabe darse al mundo.

El entendimiento entre los seres humanos debiera comenzar en los medios de comunicación, donde la historia real pierde terreno ante la aparente necesidad de limitarse a satisfacer el morbo del televidente o del lector.