Del sexo y otros demonios

Qué vanguardia ni qué ocho cuartos. No. Vivimos en un mundo lleno de tabúes, de discursos eufemísticos, de represión social. Ajá: hemos ganado muchísimo terreno pero aún nos falta muchísimo por andar. Aunque en apariencia este post gire en torno al sexo, ya veremos que el trasfondo del tema es MUCHO más complejo e interesante de lo que parece.

Antes no se hablaba de sexo. No. Ése siempre fue un tema que no se tocaba abiertamente en las casas de nuestros padres. Antes, las familias eran numerosas y, por decirlo de algún modo, se conducían sobre las pautas con las que iba proveyéndolas la sociedad en la que se desenvolvían, rara vez cuestionando u oponiéndose a lo ya establecido.

Las cosas han cambiado. Han cambiado muchísimo. Hoy el sexo es, aparentemente, el pan nuestro de cada día. Hoy todos estamos socialmente forzados a que nos guste el sexo, cuéstenos lo que nos cueste. Nos tiene que gustar y lo debemos practicar. ¿Cuántas veces no le achacan a la falta de sexo el mal humor de alguien? Ja, como si todo fuera tan sencillo como echarse a alguien y ya. Como si la vida no fuera un caleidoscopio de alternativas que debemos saber equilibrar para ser felices.

¿Cuántas chavitas no devienen inseguras porque siguen siendo vírgenes a los 18, a los 19, a los 20? ¿Cuántas?!?! ¡Muchísimas! Yo misma fui una de ellas. (No, ¡la edad no se las pienso revelar! ¿Y ustedes qué dijeron? ¿”¡Ora sí viene lo bueno!”? ¡Pues no!!!) ¿Cuántos chavitos no están en las mismas? ¿Cuántos no se ven obligados a mentir para seguir encajando en su círculo de cuates de la prepa o la universidad? Así entonces, por las vidas desaforadas de los jóvenes de hoy, corren pasiones desenfrenadas, obviamente imaginarias, que ponen al descubierto una de las debilidades más grandes del ser humano: la inclinación por la mentira frente a la exclusión.

Si se nos ocurriera pensar que este aterrador escenario se desdibuja al cruzar el umbral de la adultez, nos daríamos cuenta de lo equivocados que estamos. Muy equivocados. A medida que envejecemos, que van pasando los años, va cobrando más bríos el fantasma de la soledad, que nos orilla (o, al menos, así parece) a mentir con más enjundia, a fingir demencia, a pretender que todas las piezas del rompecabezas están en orden. A callar cuando lo que queremos es salir corriendo y mandar todo al diablo. A tener sexo cuando no se quiere, cuando no gusta, cuando duele, cuando empobrece, cuando vacía.

 

sexo sin dolor

Todas estas ideas me brincaron mientras leía Sexo sin dolor, escrito por Mónica Braun y Alma Aldana (amanuense y terapeuta, respectivamente), que comparte con los lectores qué son el vaginismo (contracción involuntaria de los músculos de la vagina) y la dispareunia (dolor durante la penetración), dos de las disfunciones sexuales más acalladas en este país. (¡Enhorabuena por este libro sin parangón en las publicaciones mexicanas!)

Mientras leía los testimonios encubiertos de las pacientes con vaginismo  y dispareunia, me di cuenta de la carga tan pesada y asfixiante de las mujeres de hoy. Mujeres que sufren al ser penetradas como si estuvieran siendo mutiladas, tolerando por el miedo a ser “distintas”, por no saber adónde acudir para pedir ayuda, por no contar con los medios ni la información necesaria para salir adelante. Mujeres que, gracias a uno de esos virajes afortunados del destino, pudieron ir a terapia y, finalmente, sanar.

Una cosa lleva a la otra. Luego de leer el libro, me di a la tarea de investigar. México es el primer consumidor de Viagra en América Latina. En México, 35% de las mujeres no llega al orgasmo durante sus encuentros sexuales y más de la mitad de los hombres padece algún grado de disfunción eréctil o eyaculación precoz. Yo creo, por lo poco que he podido hablar con algunos expertos, que las cifras se quedan cortas. Visiten esta nota del Milenio. Ah, esta otra también.

¿Cuántas de las personas que conocemos pueden hablar con apertura sobre su anorgasmia o su disfunción eréctil? Ninguna. ¿Por qué? Porque la televisión y la pornografía nos hacen mucho daño. Debemos gozarlo y querer más. Depredar y regodearnos en nuestra sexualidad. El problema es que más de la mitad de la población en México ni la disfruta ni la ejerce, y tampoco cuenta con las herramientas necesarias (información, dinero, voluntad, sensatez) para superar sus disfunciones.

¿Cómo es posible que la industria editorial mexicana tenga un vacío de este tamaño? ¿Cómo es posible que en un México donde una terapia sexual cuesta $900 a la semana no haya habido algún editor que pudiese dimensionar no sólo la fuerza sino la importancia de dotar al público de libros que lo ayuden a esclarecer su sexualidad? No se necesitan más de dos dedos de frente para imaginar lo dolorosas que son estas disfunciones, no sólo en el plano fisiológico sino (sobre todo) en el plano psicológico. Los orgasmos, además, no llegan con campanas y luces de Bengala desde la primera vez. Ajá. We wish!

Yo no soy machista ni (¡mucho menos!) feminista. No soy ni judía ni católica. Eso sí: no tengo pájaros en la cabeza. Si nuestra sexualidad no es plena, es INCONCEBIBLE pensar que nuestra vida en conjunto pueda serlo. Las disfunciones sexuales son, para la mayoría de los mexicanos, tan comunes como el tráfico o la contaminación. Algo debemos hacer para escribir al respecto. Para orientar a la banda. Si mejoramos el cociente sexual de nuestro país, la tasa de felicidad batirá récord. Y, entonces sí, vamos a ver a quién le preocupan el PIB y las (MALDITAS) campañas electorales.

Congoja

tristeza

He querido escribir desde ayer en la mañana sobre Las brujas de Salem. Lo terminé el sábado y me encantó. Me sedujo, me envolvió, me asustó. Creo que el teatro es una de las tradiciones literarias más ricas y que más urge rescatar. Me vi, de pronto, releyendo El gesticulador de Usigli o al mismísimo William Shakespeare. En fin.
Llego a mi compu, abro mi mail y lo primero que me encuentro es la noticia del avión de Air France que desapareció con 228 pasajeros de las más variopintas nacionalidades. Se me estrujó el pecho. Se me hizo chiquitito el corazón. Leí todas las versiones publicadas al respecto y me sentí ridícula viniendo a postear sobre Las brujas de Salem, una obra “de miedo”, cuando verdaderamente aterrador e impactante era lo que acababa de pasar en el Atlántico.
Hoy, luego de un largo día de negociaciones, decido venir y postear a como dé lugar. Apenas abro mi mail me entero de que fueron hallados los restos del avión y de que no hay una sola esperanza de que haya algún superviviente. Es decir, me llegó a mi correo el certificado, irrevocable, de que la muerte ha firmado y ha puesto punto final a las 228 vidas que volaban la madrugada del lunes de Río de Janeiro a París.
Estoy profundamente conmovida ante lo que ocurrió. El solo hecho de pensar en la forma en la que se ramifica esta tragedia me estremece hasta lo más hondo. No puedo escribir ni de libros ni de literatura. Hoy, al parecer, también tendremos que cederle el protagonismo a la inminencia de la realidad.

No hay nadie a quien culpar, no. Es sólo otro indicador de que hay que disfrutar esta vida tanto como nos sea posible. Nadie sabe cuándo nos la arrancan de las manos.

Ley de Fomento para la Lectura y el Libro para dummies

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La Ley de Fomento para la Lectura y el Libro está por todas partes y nadie sabe a ciencia cierta de qué va. Leí un artículo publicado en El Financiero (muy mal escrito pero bien informador) donde, en resumidas cuentas, nadie en realidad comprende qué es eso de la Ley del precio único. Bien.

1. La Ley del precio único se desprende de la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro. En realidad, así se le llama al artículo 22 de dicha ley, que decreta lo siguiente:

Artículo 22. Toda persona física o moral que edite o importe libros estará obligada a fijar un precio de venta al público para los libros que edite o importe. El editor o importador fijará libremente el precio de venta al público, que regirá como precio único.

Luego entonces, podemos deducir que la “Ley del precio único” no existe como tal. Lo que nosotros entendemos como “Ley del precio único” es, simple y llanamente, el artículo 22 de la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro.

2. Esto quiere decir, en pocas palabras, que cada título debe costar lo mismo en todas partes, y el precio lo fija el editor. Es decir que ya no van a tener que ir a El Sótano de Miguel Ángel para encontrar un libro más barato: ya pueden ir a la librería de la esquina por el mismo título y les va a costar los mismos pesos con los mismos centavos. (Ojo: este criterio sólo aplica para las novedades. Luego de dieciocho meses de publicados los títulos, quedan éstos exentos de dicha regulación.)

3. ¿Y como para qué va a servir esto? Bueno. Es sencillo. La tirada es favorecer a las pequeñas librerías, de modo que al ofertar los mismos títulos al mismo precio que las grandes tengan las mismas oportunidades de atraer clientes. La pretensión no es sólo que se fortalezcan las pequeñas librerías, sino que se abran nuevas librerías independientes.

4. ¿Ya funciona? Pues ya entró en vigor, pero no hay regulación. ¿Que qué quiero decir? Que ya se aprobó, pero no hay sanciones para aquellos que la incumplan. Hoy en día, me parece, sigue habiendo diferencia de precios entre los libros ofertados en Gandhi, el FCE y El Sótano.

5. ¿Y sirve de algo? No en realidad. A simple vista pareciera ser una propuesta extraordinaria y de indudable empuje para el pequeño librero, pero el problema tiene un trasfondo mucho más complicado que ése: las editoriales son muy duras con las librerías pequeñas. No hay facilidades de pago y no les dan créditos. Las condiciones que les imponen son ridículas y esto, evidentemente, inhibe el desarrollo de las librerías independientes en nuestro país. Esto sin mencionar que el fomento para la lectura NO PUEDE COMENZAR EN LAS LIBRERÍAS: EL FOMENTO PARA LA LECTURA COMIENZA EN CASA, EN LA ESCUELA, EN LAS SUBVENCIONES GUBERNAMENTALES QUE FAVOREZCAN LA CULTURA EN EL PAÍS. Éste es el verdadero problema: que queremos tapar el sol con un dedo. Lo que este país necesita no son librerías sino lectores.

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Está de más decirles que éstas son mis impresiones. Ha habido infinidad de debates al respecto y hay muchas posturas encontradas. Yo no sé si esto de veras tenga un impacto positivo en la industria del libro o no. Tampoco sé si lleguen a imponerse sanciones reales para quienes la incumplen. Yo sólo vine a contarles lo poco que yo entiendo para sacudirnos el polvo.

Camping de arte joven

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CAMPING es un proyecto que convoca a escuelas de arte, artistas independientes, proyectos y/o empresas culturales, corredores de arte y diversos tipos de públicos nacionales e internacionales en un espacio común que busca promover, gestionar y difundir el arte contemporáneo.

Este evento es bonito por donde se le mire. El Centro Histórico. Un mercado de arte. Un tianguis. Un claustro empedrado. Artistas jóvenes cuyo entusiasmo inextinguible permanece intacto a pesar de las dificultades que conlleva, desgraciadamente, dedicarse al arte en un mundo como en el que nos tocó vivir.

La vida de un artista es algo que los no-artistas difícilmente podríamos imaginarnos. Los artistas de verdad son incansables. Son aferrados. Son apasionados. Son firmes. En el mundo de los estereotipos los artistas son volátiles, ¿no? Y les digo yo, que he tenido la oportunidad de instalarme en ese mundo paralelo (como espectador, claro está), que nadie es más constante que un artista en su afán de vivir la vida que quiere vivir.

Cáiganle al Camping. Está increíble pa’l domingo. Hay que apoyar esto desde muchas plataformas. No basta el ciberespacio. Hay que involucrarnos. Hay que participar. Hay que abrirnos paso. Hay, sobre todo, mucho que aprender.

Allá nos vemos.

Leer en los tiempos del cólera

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Frente a la coyuntura internacional, no sé qué siento al darme cuenta de que mi vida se desarrolla sin más, pa’ mí todo sigue igual (e incluso mejor) que antes y, mientras tanto, la economía se desploma. Y no sólo no hago nada, sino que difícilmente comprendo qué es lo que está pasando. Ahora que hago memoria, me parece recordar que nunca entendí siquiera la diferencia entre ofertademanda. Caray.

Tengo la impresión de que, como quiera que sea, la economía es cíclica. Como todo, ¿qué no? La vida es cíclica. Las multinacionales hacen recortes millonarios. Las pequeñas y medianas empresas quiebran una tras otra. El panorama es cada vez más devastador. No hay esperanzas de que esto mejore, al menos no por ahora. Los ánimos roídos, la estabilidad quebrantada. Esto es hoy.

¿Y los libros? ¿Qué va a ser de esta industria? ¿Por qué aquí no ha habido recorte? (¿Será, acaso, que no hay de dónde recortar?) ¿Por qué las librerías no han cerrado? ¿Por qué los domingos están El Sótano y Gandhi de Miguel Ángel a tope, como siempre, como si nada pasara?

Son varios los factores que deben considerarse no para responder estas preguntas (créanme que, en caso de que tengan respuesta, ésa sí que no la tengo yo), sino para comprender un poco mejor lo que está pasando.

La industria editorial es lenta. Como por antonomasia. Todo es lento. Para todo, en este changarro, hay que ser paciente. No podemos saber qué tan bien va un libro hasta que vienen las devoluciones, y eso… queridos… toma tiempo. A veces me estreso al pensar que la industria no está oficialmente en crisis porque, como es lenta, no nos han alcanzado los azotes de la contracción económica. Vamos a destiempo.

Y, por otra parte, hay quienes piensan lo contrario. Que los libros seguirán vendiéndose. Que para nosotros, los que vivimos de esto, no hay crisis. Que la industria editorial traza sus propias brechas, que no se apegan a las de ningún otro sector.

Raúl Myr, editor de Styria, declaró lo siguiente para la revista Qué Leer: “El lector apasionado no dejará nunca de leer. Lo que está en crisis no es el libro, sino las condiciones que facilitan la lectura: la tranquilidad, el sosiego, el silencio, el tiempo”.

He aquí lo que queríamos escuchar, que “el lector apasionado nunca deja de leer”. ¿Será cierto? La revelación de esta declaración, no obstante, está contenida después del punto: “Lo que está en crisis no es el libro, sino las condiciones que facilitan la lectura: la tranquilidad, el sosiego, el tiempo”. Qué cierto.

Y una vez más, todo esto nos lleva a concluir que la lectura es un lujo. Un lujo excepcional, más inasequible que cualquier otro. Para disfrutar de cualquier otro lujo, llámesele como se le llame, sólo se necesita de dinero. Ah, y tiempo, si de veras se piensa sacarle provecho.

Leer es como estar enamorado. No sólo es el tiempo sino la calidad del tiempo. Es concentración. Es paz. Es, sin lugar a dudas, amor. En tiempos turbios, dicen por ahí, se potencian las ganas de amar. (Que siempre están ahí, eso que ni qué.)

Encontrar un libro que nos haga vibrar es una tarea tan difícil como encontrar el amor de verdad. (Quepa mencionar, claro está, que hay quien no encuentra nunca ni el libro vibrador ni el alma gemela. Qué lástima. Seguro por las mismas razones: desesperación, presión, aceptación, desidia, indiferencia, en fin. Triste.) Terminar un libro que se comienza requiere la misma dedicación que se necesita para alimentar una relación. Fuerza de voluntad. Tarea difícil.

Nunca leí El amor en los tiempos del cólera, pero el título le cae a este post como anillo al dedo. Quizás, eso sí, debo hacerle un cambio sutil: Leer en los tiempos del cólera. Pa’l caso es lo mismo. Ante un panorama como el que hoy tenemos, con pinceladas de crisis, guerra e inestabilidad… ¿se puede seguir leyendo? ¿Podemos conciliar, quizás dentro de nosotros mismos (y les juro que no he sucumbido a la autoayuda), la paz que necesitamos para leer?

Yo creo que sí. Porque si en tiempos turbios podemos amar, también podemos leer.

Hoy no importa la literatura

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Los libros pueden ser nuestro refugio, nuestra catarsis, nuestro escape, nuestra luz más íntima… pero en una noche como ésta, ¿a quién le interesa qué pasa con La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares?

Por un lado sólo para evidenciar, una vez más y por si aún cabía alguna duda, que en esta ola trepidante de violencia el país se nos resquebraja sin que podamos hacer nada por evitarlo—, a un par de cuadras del trabajo tiene lugar un acontecimiento encarnizado y deplorable. Impactante.

Por el otro, como para contrarrestar el amarguísimo sabor de boca, los demócratas se posicionan en la Casa Blanca, dándoles a los pesimistas cachetada con guante blanco: “¿Ya ven que todavía podemos enderezar el rumbo?”

Hoy que la anarquía invade nuestro entorno inmediato haciendo gala de una desfachatez inusitada come en nuestra mesa, amanece a nuestro costado—... ¿a quién le importa la literatura? A nadie, ¿verdad? Mejor hoy no digamos nada. Vivamos nuestra conmoción a nuestro ritmo. Ya mañana, o pasado, tendremos ánimos pa’ retomar el tema.

Hoy a Puras Letras le ganan la batalla los blogs de coyuntura. Los blogs que no hablan de ficciones sino de realidades. Y, para variar, salgo perdiendo: la realidad SIEMPRE supera la ficción.

Ergo: la vida es literatura… una espiral interminable de hechos que se superponen unos a otros escribiendo la historia con pies de barro y manos invisibles.

Salud.

Cultura en Facebook

No sé qué sea más adictivo, si el blog o Facebook. Lo que es un hecho es que, definitivamente, ambos son impedimentos grandísimos para que mi vida transcurra de forma tradicional. A pesar de haber descuidado este blog por varios meses desde que comencé a trabajar mis 8 horas diarias, he sido adicta a él por mucho tiempo (por razones obvias). En lo tocante al Fb, tengo bloqueadas prácticamente todas las aplicaciones; supongo que lo que me ha convertido en fan es la sensación esa de que tarde o temprano a través de Fb recibiré la noticia que cambiará mi vida y me convertirá, de forma automática, en la protagonista de un cuento de hadas, jajaja.

El Fb tiene sus cosas malas, como todo. La peor, sin lugar a dudas, es que ya no puede uno salir a tomarse unas copas y bailar a gusto porque hay 7000 escuincles fresas por todo el lugar tomándose fotos una y otra y otra y otra vez. Como si lo más importante hoy en día fuera salir para llegar a casa, a las 5am, a subir esas fotos. ¿Qué importa si me divertí o no? No, de lo que se trata ahora es de “que todo Facebook se entere de que voy al Bull, al Clásico, al Rívoli, etcétera, etcétera, etcétera”. Wácala. La culpa la tengo yo por meterme en esos lugares. Pero bueno, se acabó, no más fresas ni flashazos por doquier los fines de semana. Así tenga que bailar en la avenida, no pienso padecer el síndrome Facebook nunca jamás.

Bueno, todo esto nada tiene que ver con este blog, pero de algún modo tenía que comenzar. Me pregunté  varias veces si debía o no hacer este post, y creo que la ponderación final dio como resultado un “por supuesto, postéalo”. Descubrí en Fb hace un par de semanas algo que se llama Visual Bookshelf. Está increíble. Se ve más o menos así:

 visual-bookshelf

Como podrán darse cuenta, aquí podemos poner qué libros hemos leído, qué libros queremos leer y qué estamos leyendo en este momento, entre otras cosas. Por supuesto, podemos escribir lo que queramos respecto a cada uno de los libros que agreguemos, en cualquiera de las categorías. Hay incluso foros de discusión, que yo no he estrenado y que todavía no sé ni usar.

Podemos ver qué están leyendo nuestros amigos y sus respectivas recomendaciones. Si somos ociosos y queremos perder el tiempo jugando en la computadora, por qué no entretenernos con los tests de esta aplicación, en vez de estar comparándote con tus cuates (“¿Soy más sexy que Adriana? ¡Vota por mí!”, jajaja) o marcando en un mapita cuántas ciudades hemos visitado (¡por el amor de Dios!!!). Yo no muy ociosa soy porque me explotan en la oficina, y el tiempo libre que tengo lo sigo empleando para el blog, pero en cuanto tenga tiempo haré uno de esos tests para tronar como palomita en microondas, jajaja.

Es importante tener en mente que habrá muchos para quienes esta aplicación sea, como muchas otras cosas, un medio para farolear y mostrarle al mundo lo “Cultísimos” que son (ándenle… digamos que mientras los fresas se toman fotos pa’l Facebook, los nerds consultarán sus cuadernos de literatura desde la preprimaria para poner en el Bookshelf toditititititos los libros que han tenido en sus manos desde que tienen 3 años), pero hasta eso es divertido, ¿no?

Me da mucho gusto, de verdad, que redes virtuales como el Fb contemplen entre sus aplicaciones algunas relativas a la lectura, que tengan de respaldo a un gigante como lo es Amazon (pos sí, ¿qué pensaban que no había intereses de por medio?), y que haya cada día más gente afiliada. A mí la verdad me ha encantado, y aunque sigo prefiriendo el blog, este rollo del Bookshelf me parece extraordinario.

La pregunta es… ¿es suplantable el blog por una aplicación así? Mejor dicho, ¿Puras Letras es catafixiable por el Bookshelf de Facebook? Podríamos pensar que  de nada sirve ya el blog si podemos simplemente integrarnos a esta dinámica perfectamente armada por genios de la informática, donde podemos hacer exactamente lo mismo que en el blog (subir libros, comentarles, recibir comentarios e interactuar con los usuarios).

Serán peras o manzanas, quién sabe, de todos modos no dejen de visitar éste su blog para incultos cultivables, y de cualquier manera agreguen esta aplicación a su Facebook. Abran su Facebook si es que no tienen. Ah, y de una vez agréguenme al Facebook, que entre blogueros y lectores mientras más fluya la comunicación mejor.