El rostro y el alma, Francisco González Crussí

9786073123181-1

La primera vez que leí un texto del doctor González Crussí fue en el prólogo al Breve diccionario clínico del alma, del también doctor Jesús Ramírez-Bermúdez. Me sorprendió gratísimamente su prosa impecable, elegante, erudita, emotiva. Me conquistó definitivamente luego de explicar que «más que simple enfermedad, el trastorno mental es un desgarro del ser por donde se filtra una luz que nos descubre dobles, obsesionados o extasiados; es una puerta que se abre al misterio de nuestra naturaleza, y al abrirse despierta los fantasmas internos y libera lo que bulle en lo profundo de todos los seres humanos: imágenes, visiones, sueños, quimeras y fantasías». Para rematar ese prólogo de colección, el doctor Crussí nos convence: «la enfermedad mental no es negación ni denigración de lo humano; no es animalidad; es la otra cara, la vertiente umbría de nuestra inalienable humanidad».

Un texto tan bello me arrastró, naturalmente, a seguirle la pista a un escritor de esta envergadura. Fue así como llegué, entre otros, a sus hermosos textos en Letras Libres. De esta pesquisa recuerdo, entre muchos, un bello ensayo titulado «El origen del deseo», donde el autor nos dice que «el deseo es fuerza centrífuga», porque va siempre dirigido al Otro. «El onanista no se desea a sí mismo: suple, con acrobacia imaginativa, la realidad del ausente. El onanista puede, si quiere, sacar de su cerebro todo un serrallo: la imaginación le permite ser sultán.» Todo esto nos lleva, finalmente, a la conclusión de que una de las cualidades específicamente humanas es, ni más ni menos, «poder hacer el amor con fantasmas».

El día que recibí, a través de un autor muy querido, el correo del doctor González Crussí de modo que pudiera, ¡por fin!, aproximarme a él para proponerle que publicara un libro en la editorial donde trabajo, me temblaban las manos, retumbaba mi corazón. Mi reacción no se hizo esperar luego de que, a vuelta de correo, apareciera en mi buzón el nombre de Francisco González Crussí. Su escritura impoluta y su trato siempre amable, pleno de humildad, me develaron al hombre detrás del texto: como rarísima excepción, se yergue el doctor González Crussí como uno de los mejores ensayistas de nuestros tiempos; uno de los intelectuales más eruditos pero exento de toda jactancia; un escritor tremendamente entretenido, irónico y colmado de sabiduría.

«El rostro con que venimos al mundo es una de tantas prendas que nos tocan en el despiadado juego de azar que es el destino»: he aquí la primera frase que el doctor Crussí nos regala en El rostro y el alma: una antología de siete ensayos fisiognómicos como nunca ha habido otra. En este libro de propiedades hipnóticas, el lector se sumerge en el fascinante mundo del rostro y el alma y emprende un recorrido alucinante donde descubre, por ejemplo, el corazón hirsuto de Aristómenes, un héroe griego que, de tan valiente, tenía cabellos en el corazón. O el prejuicio extendido —¡aún en nuestros días!— de que el tamaño de la nariz se correlaciona directamente con las dimensiones del órgano copulatorio masculino: no por nada, nos cuenta el autor, «el disoluto emperador Heliogábalo, dado a orgías con marcado componente homosexual, tenía cuidado de escoger como invitados a jóvenes cuyas dimensiones nasales eran considerables».

No me corresponde a mí calificar este libro, en absoluto. Como lectora, como editora, no me resta sino decir que admiro profundamente al doctor González Crussí: por su sabiduría, por su inenarrable sentido del humor, por su amor por la palabra y su forma de ejercerla; y hay que decir, también, que le estaré eternamente agradecida por haber permitido, en su modestia infinita, que fuera yo quien trabajara con él en esta ocasión, desde la penumbra, para dar a luz un libro tan extraordinario como El rostro y el alma.

¿Y qué esperan? ¡Corran a comprarlo!

La lápida de papá

Ni siquiera fui antes de irme a Polonia, a sabiendas de que mi ausencia se prolongaría casi por dos años. Es más: a sabiendas de que quién sabe si regresaría. (Pero cómo no regresar a mi México tan querido.) Tampoco fui cuando volví. Esto quiere decir que hacía, más o menos, cinco años que no iba a ver a papá.

Tengo a papá colgado en la pared. Tengo a papá en el rostro de mi hermano Isaac. Tengo a papá todos los fines de semana, cuando me reúno con mis hermanos. Tengo a papá en mamá, quien lo extraña a pesar de todo. Tengo a papá en la curiosidad ajena, que se dispara ni bien cuelo un detalle sobre su vida, por mínimo que sea. Tengo a papá en los ojos, que (dicen) son idénticos a los de mi abuelo, su padre. Tengo a papá en los boleros, en José José, en el cine mexicano, en los clásicos de la MGM. Tengo a papá en los libros de Oliver Sacks, que me ayudan a entenderlo mejor. Tengo a papá en mis sueños, donde una y otra vez se hace presente para susurrarme palabras de amor. Tengo a papá taladrado en el alma y en el corazón. Lo tengo aquí, a mi derecha, acompañándome mientras escribo y asintiendo cada vez que llego al punto y aparte.

Y hoy fui a ver a papá al panteón. “No tenemos ahora para flores”, le dije a H, “pero papá sabrá entender. Escapémonosle a la señora que me cobra cada vez que me ve, seguro se acuerda de mí. Ya la encararé en la quincena, cuando esté en condiciones de ponerme al día con lo que sea que cobren”. Quería dejar una piedra en su lápida y presentarle a H, mi compañero desde hace dos años, el hombre que me hace tan feliz. Quería contarle cómo me fue. Quería darle las gracias por todo lo que me da. Llegamos a Constituyentes y dimos la vuelta en ese retorno que queda al final del mundo. Odio esa avenida. Dejamos el coche frente a la entrada principal.

Recorrimos los laberínticos pasillos a grandes zancadas. Las menorás y las estrellas de David se sucedían junto con las inscripciones en hebreo y las fotos de quien ahí descansa. No me detuve en ninguna. Solía hacerlo al principio, hace dieciséis años. Ahora no me interesa. Sentía una urgencia poco habitual. Quería llegar a la tumba de papá.

Hay que pisar varias tumbas en ese panteón tan saturado y tan mal planeado. Hay que llenarse los labios de disculpas para pasar por encima de los mausoleos que componen el perímetro de la tumba objetivo. Y así, pisando tumbas ajenas, llegué a la tan ansiada tumba de papá. No hubo tiempo siquiera de buscar la foto, como siempre hacía. Esa foto que tanto odiaba, donde solía verse un señor que nada tiene que ver con el hombre maduro y amoroso a quien yo tuve la bendición de decirle papá. Antes de mirar a mi alrededor, quedé congelada ante una de las visiones que más hondo han calado en mí: la lápida de papá estaba deshecha. Si me pidieran que describiera lo que vi, sólo se me ocurre pensar que aquello sólo lo provocaría un terremoto terrible capaz de arrasar con todo lo que encuentra a su paso. La lápida de papá se precipitó en añicos hasta lo más recóndito de esa tumba hueca. ¿Todas las tumbas son huecas? ¿Había algo ahí y lo sacaron? ¿Hay necesidad de dejar un vacío así de grande entre el ataúd y la superficie a pesar del vacío tan indeciblemente doloroso que queda entre el que un día está y al día siguiente dice para siempre adiós? ¿Qué le pasó a la lápida de papá?

El llanto brotó de mis ojos sin siquiera darme cuenta. Lo que más me dolió fue la idea de que esa lápida lleva años deshecha y papá todos los días, al ser testigo de un espectáculo tan terrible, se nos vuelve a morir. Me llené de rabia contra mí y contra todos mis hermanos: “A nadie le importa, nadie viene, nadie se ha dado cuenta”. ¿Y si es una llamada de atención? ¿Y si lo que hay que leer entre líneas es que papá nos extraña, que nos quiere ahí de vez en cuando, que no lo descuidemos, que no lo volvamos a abandonar? La gente suele decir que uno debe demostrarle a quien ama lo que siente cuando ese alguien está vivo: “Muerto, ¿para qué?” Yo no creo que la tumba de papá sea sólo una piedra impuesta por el rigor de la tradición judía. Para mí, ese lugar siempre ha sido sagrado. Un lugar lleno de silencio que me permite entrar a lo más insondable de mi alma. Un lugar de profundo respeto. Un lugar donde papá nos espera. Un punto de encuentro donde papá jamás se cansará de esperar.

Se me rompió el corazón un poco.

Lo vamos a arreglar.

Quizás sea la oportunidad para ponerle una lápida bella, esa de mármol oscuro que tanto me gusta. Que tanto le va.

Quizás sea la oportunidad para sembrarle flores alrededor, si es que la complejísima posición que le fue asignada nos lo permite.

Quizás sea momento de reconocer que las citas con los muertos no pueden postergarse, aunque no estén muertos del todo porque perviven en el corazón.

Quizás sea el momento de reconocer que no me perdono haber abandonado a papá por tantos años. Él nunca me ha abandonado a mí.

Se me rompió un poco el corazón. Se me fue de las manos. Cayó de golpe en los más recóndito del sepulcro: justo ahí donde aún yacen los restos de la lápida destrozada.

Preámbulo de la ¿novela? que no me atreví a escribir

He cometido, digámoslo así, un pecado estético: soy una mujer más bien ancha, de proporciones renacentistas. Mis piernas simulan más dos fuertes troncos que dos frágiles varas, mi vientre remite a la fertilidad, mis senos son espesos y redondos. Hace no mucho, alguien trazó un símil entre la Venus de Cabanel y yo. Terminado el encuentro, me precipité: corrí a buscar esa imagen con urgencia. Mi piel, pálida; mi cabello, rubio y rizado; y mis ojos, de un azul profundo, daban testimonio de que, ciertamente, ahí estaba yo: tendida bocarriba con cinco ángeles sobrevolando mi cuerpo desnudo.

Sólo dos veces me he enamorado de verdad. La primera vez tenía dieciocho años. La segunda, veinticuatro. Y en ambas ocasiones el saldo ha sido terriblemente amargo para mí: he terminado bañada en lágrimas a medianoche, arrinconada por la mirada cruel de aquel que decía amarme, haciendo que, a imagen y semejanza del ave fénix, los fantasmas de mi inseguridad renacieran de entre las cenizas.

Después de dos experiencias similares, decidí asumir la realidad que me había tocado vivir. Quién se hubiera imaginado, hace cincuenta años, que una mujer llegaría a sacrificarlo todo en pos de una silueta esbelta y libre de imperfecciones, incluso cuando esa obsesión le costara, entre otras cosas, su felicidad, con tal de retener a un hombre que promete tocarla a cambio de que se mantenga en su peso. El Muro de Berlín se vino abajo y con su caída nos inundaron estereotipos y patrones basados en el consumismo y en la idea occidental de belleza. Y es por eso que hoy día tantos hombres y mujeres se encierran en el baño a llorar, a ver si así se sacuden la “fealdad” que traen a cuestas, que los distancia del mundillo aquel al que, tristemente, todos queremos pertenecer.

Este libro no va a convertirse en un aburrido y molesto panfleto de autocompasión ni de autoayuda, nada más lejano. Este libro supe que era necesario escribirlo para demostrar que en este planeta coexisten varias ideologías que, de coincidir en el momento y el lugar precisos, pueden intersecarse y abrirle paso al amor en su estado más puro e inverosímil.

Para cuando salí de México ya me había hecho a la idea de que no me expondría más a los azotes de una sociedad a la que en muchos sentidos me siento ajena. Decidí no sucumbir ante la tentación de entregarme a los más austeros regímenes para desafiar mi complexión ósea: no. De ahora en adelante, sí señor, a nadie le conferiría yo el poder para desarmarme en mil pedazos a punta de bofetadas psicológicas. Cambiar para gustarle a alguien es algo que no he hecho nunca y que no pienso hacer ahora. Barajaría mis cartas con más precaución y me entregaría sólo a aquel que me aceptara, que no me atacara, que me respetara. Y ocurrió. Y ésta podría ser una historia de amor más, como cualquier otra, de no ser porque Abdullah es yemení, casado, con dos hijos, y —sobre todo— musulmán recalcitrante.

Abdullah apareció para desvelarme un universo totalmente desconocido, al que sólo tenemos acceso a través de la ficción y de los medios masivos de comunicación (que, como todos sabemos, tergiversan la realidad a conveniencia). Con una indiferencia aterradora leemos día con día los encabezados que rezan “40 muertos en un atentado suicida en Bagdad”, “350 muertos en un nuevo ataque israelí a Gaza”, “Mahmud Ahmadineyad reta públicamente a Obama en nombre de Alá”, “Tres mujeres lapidadas en Kabul”, ad infinítum, sin sentir empatía alguna con aquellos que enfrentan una realidad mucho más intrincada que la que a nosotros nos ha tocado vivir. La religión es su único bastión y a él se asen los más de mil quinientos millones de musulmanes que pueblan este mundo tan injusto y desigual.

Abdullah es la antítesis de la hipocresía, de la pretensión. Es la persona más auténtica y más congruente que he conocido en mi vida. Sin ningún reparo, ha respondido a todas mis preguntas, que siempre recibe con una estupefacción tan grande como aquella que a mí me han generado sus respuestas. Abdullah pertenece a una cultura totalmente opuesta a la occidental y a través de sus revelaciones, conceptos como belleza, religión, sexo, política, guerra, muerte o amor adquieren dimensiones inimaginables.

Hay otro mundo de ese otro lado, gente como nosotros que ve la vida de un color completamente diferente. Yo no creo que haya sido casualidad que coincidiéramos en territorio neutral, no. Tenía que ser así para desnudarnos, para entregarnos, para sincerarnos y llevar al extremo todas las emociones que sin poder evitarlo nos produce el contacto —nunca físico— con el otro.

Vine huyendo de mi sociedad, y me topé a través suyo con un cosmos completamente distinto. Abdullah me ama, me admira, me respeta, me desea. No hace mal en sentir esto por mí aunque esté casado: para él, la noción de fidelidad no existe: puede amar a dos mujeres al mismo tiempo sin problema, y así lo hace. Eso sí: jamás su piel ha rozado la mía. No puede tocarme “hasta que nos casemos”.

Éste es el recuento de una relación sui géneris, fuera de serie, que me ha permitido no sólo conocer otra civilización sino redescubrirme a mí misma. Ha sido Abdullah el primer hombre al que le he permitido asomarse al rincón más profundo donde se alojan mis miedos, mis dudas, mis heridas y mi incertidumbre, y ha sido él quien me ha devuelto la fe que perdí en el camino.

Cuando un libro te llega, no te deja en paz: no te deja dormir, no te deja comer, no te deja concentrarte. A gritos te pide que lo escribas ya, sin demora, que lo tomes en serio. Yo sé que esta historia hay que escribirla, y hay que hacerlo ya. Hay que hacerlo ahora, cuando soy capaz aún de reconstruir nuestras charlas e intercambios, no implicando así que todo aquello que de él he aprendido vaya yo a olvidarlo en algún momento: Abdullah, mi Abdullah, me ha cambiado la vida para siempre.

Wendolín Perla, La Cobarde
Barcelona, agosto de 2010

La ruta de la miseria

Vivo en la calle Ferlandina esquina con Joaquín Costa, en el Raval. Es un barrio con mucho encanto: sin ostentación de ningún tipo; lleno de museos, bibliotecas y librerías; rebosa fiesta, colores y sabores. Sin embargo, todo aquel que conoce Barcelona sabe que el Raval también es un barrio de prostitutas, de drogas, de mendigos, de rateros que hacen del robo una honorable profesión. Es un barrio de inmigrantes: así, en cursivas, con ese tonito despectivo que utilizan aquí a modo de eufemismo para referirse a todo extranjero proveniente del tercer mundo. Hace dos semanas, camino al gimnasio a eso de las diez de la noche, fui víctima de un “atraco”: un chico me arrebató mi ipod desde una bicicleta cuya velocidad me hizo pensar en un alma que lleva el diablo. He de confesar, también, que nunca me he caracterizado por ser una persona de reacción rápida: a mí las reacciones me llegan trimestralmente, como los recibos del gas. No corrí, no grité, no lloré. Me quedé ahí: congelada, meditabunda, sumida en las más profundas cavilaciones.

Pero ése no es el tema de este post. Esta mañana salí de casa rumbo a alguna cafetería donde pudiera trabajar en la tesis. Al pasar por el MACBA, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, tuve que bordear la colonia de vagabundos —en su mayoría extranjeros— que se han asentado en el lugar. Ahí pernoctan, ahí socializan, ahí transcurre su monótona existencia. A mí no me dan miedo. Me hablan, pero nunca me tocan. Y créanme si les digo que en el Raval eso ya es ganancia.

Ni bien cruzar la plaza del MACBA me topé con un chico triste de ropas raídas que me tendió la mano con ojos desesperados: no sé qué quería. No sé si quería preguntarme algo, si sólo quería tocarme, si quería dinero, si me pedía indicaciones para llegar al metro Cataluña, a la Rambla del Raval, a la Plaza Universidad, de vuelta a su casa, de vuelta a su mundo, de vuelta a su país. No sé si sólo buscaba un hombro para llorar, un alguien sin nombre para desahogarse, para dejar constancia de lo dificilísimo que debe ser vivir en un país como inmigrante, como apestado, como aquel a quien nadie quiere, a quien todos tienen miedo: como yo, que nomás de verlo acercárseme me vi inconscientemente acelerando el paso para que no me alcanzara nunca, para no volver a verlo jamás. He pagado cara mi ingenuidad en ocasiones anteriores: me han intimidado, me han sonrojado hasta el infinito, me han inducido al llanto que deriva del bochorno mal avenido. Pero hoy —como tantas otras veces— fui ruin, fui miserable: ¿Por qué huir de este muchachito sin darle siquiera la oportunidad de decirme algo? ¿Por qué apretar el paso si no me he visto aún amenazada? ¿Será que estoy cayendo en la repugnante espiral de la intransigencia y el racismo? Qué horror.

Ni bien llegar a las Ramblas y doblar a la izquierda me topé con aquel pobre hombre en muñones, sin brazos y sin piernas, que espera siempre en las Ramblas al lado de un triste vasito de unicel. ¿Qué espera? ¿A quién? ¿Tendrá a dónde ir? ¿Y cómo irá, si no puede moverse? Él no dice nada, ni te mira, ni la cabeza levanta: está demasiado cansado de la vida, demasiado hasta la madre de todo y de todos como para hablar, como para mirar, como para apelar a la generosidad de la gente. El pobre hombrecillo a medias se ha convertido en parte del escenario: una atracción más al lado de la cual la torpe multitud de turistas quiere una foto. Ya no se sabe por qué razón caen las escasas monedas de bajísima denominación en el fondo de aquel vasito de unicel: si por lástima, por generosidad, o como retribución por sus servicios al dejarse fotografiar. La escena es triste, es patética, es digna de que retumbe en sus centros la Tierra y se sacudan las fibras del alma de cualquiera. Pero no pasa, no: esta sociedad automatizada ni siquiera se da cuenta de que el hombre tiene la vida jodida, de que está ahí y a nadie le importa, de que hemos perdido la capacidad de conmovernos, de que somos egoístas, mecánicos e insensibles. La imagen de aquel pobre hombre perturba, inquieta: por eso lo evitamos, por eso miramos hacia otro lado, por eso buscamos con urgencia otro punto de fuga en el horizonte. Diez metros más allá ya se nos habrá olvidado.

No acababa de pasar al hombre en muñones cuando tropecé con una mujer que estaba de rodillas sobre el asfalto. Era una gitana, una rumana: una mujer como yo, pero cuya imagen ha sido satanizada por los medios, razón por la cual ha aprendido a vivir perennemente azotada por la indiferencia y el rechazo de una sociedad que no es la suya, que no la quiere y a la que tampoco quiere pertenecer. Una mujer que no tiene adónde ir, que paga las facturas de la xenofobia y los prejuicios. Valga remitirnos a las heroicas deportaciones que Sarkozy, sin preguntar a nadie y faltando a las normas de la comunidad europea, ejecutó hace apenas unos meses. De rodillas y sin rostro, la gitana estiraba la mano. No cayó en su palma ninguna moneda durante los segundos que permaneció dentro de mi espectro visual. Yo le ofrecí un “lo siento” al rozarla involuntariamente. Los otros ni cuenta se dieron de que la pisaron, de que la lastimaron, de que invadieron su espacio vital. Lo más triste es que probablemente ni siquiera ella se haya percatado de que —otra vez— la pisaron, la lastimaron, le hicieron daño.

Ya para entonces caminaba a paso no tan firme y con un nudo en la garganta. Es éste el espectáculo diario que observo camino al trabajo, pero por alguna razón hoy fui más receptiva. Hoy me sentí más miserable. Pensaba entonces en la necesidad de plasmar todo esto en palabras, de pedir perdón por ignorarlos a todos, por apretar el paso cuando el chico me tendió la mano, por no detenerme ante el hombrecillo de los muñones y la rumana en el piso, pero al cruzar la Ronda Universidad la visión de un anciano que rebuscaba en los enormes botes de basura irrumpió en mis desordenados pensamientos. Extraía del bote amarillo un plátano a medio comer, y del bote verde una Coca Cola a medio terminar. Me detuve involuntariamente y me le quedé viendo para que me mirara: para que me doliera, para concienciarme, para que se diera cuenta de que lo veía, para ver la miseria de cerca, para dejar de huir, para decirle con los ojos que quería ayudarlo aunque no supiera cómo. Pero no sirvió de nada: el hombre era ciego. Era ciego y no pudo verme. Era ciego y partió satisfecho con aquel botín entre las manos. Era ciego y no me vio que lo veía, que lo sentía. No pudo ver que a veces, si nos detenemos a mirarlo, a nosotros también nos duele su dolor.

De vuelta a casa me he topado con otro mendigo en silla de ruedas. Pero éste tenía su gracia: junto al puesto de castañas para guarecerse del frío, el elegante anciano posaba con saco y corbata, y tendía un botecillo donde tampoco escuché que cayera ninguna moneda. Al llegar a mi portal, una pareja me ha cedido el paso: un anciano lleva de la cintura a una negra de proporciones descomunales. Está embarazada, y sigue trabajando.

Obsesiones destructivas

No hay obsesiones sanas. Todos aquellos que nos jactamos de tener alguna nos regodeamos en el hecho de saber que algo está mal, que no somos como los otros, que por más indicios de normalidad que nos habiten, siempre seremos diferentes. Yo, desde la más tierna edad, he sido siempre proclive a las obsesiones.

Cuando niña, a los siete u ocho años, estaba obsesionada con Telehit. No sé si todavía existe, pero yo era esclava del televisor. En las noches, en vez de rezar el rosario como lo hago ahora todas las noches antes de dormir, prendía la tele y le ponía en Telehit. (Yo nunca dije que las obsesiones fueran algo que a la larga nos enorgullecerían: hay de obsesiones a obsesiones y ésta, a decir verdad, no es precisamente una ex obsesión digna de presumir.) Luego me obsesioné con las consolas de nintendo. Ésta era una fijación que, como tantas otras, compartía con mi hermano. Todo empezó con los patos aquellos a los que les disparabas haciendo gala de una brutalidad y una crueldad infinitas; alguna vez, incluso, mi hermano y yo descompusimos el televisor a punta de escopetazos: como muchos otros niños, pensábamos que si le pegábamos a la tele con la pistola los patos morirían mejor. Luego apareció Street Fighter.  Mi hermano siempre escogía a Ryu y yo siempre escogía a Ken. No recuerdo quién era mejor jugando, lo único cierto es que siempre terminábamos a abukets él y yo. Y mientras mi hermano y yo acabábamos a oriugets todas las noches luego de jugar Street Fighter (o Mario Bros, o Donkey Kong, o Pac Man, o Ninja Turtles, o, o, o), por las mañanas mi única ilusión era llegar a la escuela a intercambiar calcomanías. Todavía guardo mis álbumes de calcomanías, por cuyas páginas aún desfilan Mickey Mouse y todo el equipo Disney, así como Hello Kitty y todos sus amigos, en todas las modalidades imaginables: transparentes, infladas, tornasoladas, de terciopelo (estas últimas siempre fueron las más codiciadas: para conseguir una de terciopelo tenías que dar a cambio, si bien te iba, tres normales), etc. Pero aquellas obsesiones (gracias a la Santísima Trinidad y a Todos los Santos) se esfumaron: se erosionaron, me aburrieron, crecí… qué sé yo. Es una pena que mi hermano siga coleccionando tazos y jugando a las barbies. En fin.

El hecho es que el vacío que aquellas fijaciones dejaron en mí fue de inmediato ocupado por otras nuevas: corregidas y aumentadas. Las obsesiones características de la adultez son mucho más dañinas que aquellas propias de la infancia. Las obsesiones hoy día nos hacen daño, nos lo roban todo: el sueño, el hambre, el sosiego, la seguridad en nosotros mismos. Creo recordar que hace algunos años me obsesioné con alguien de quien creí estar enamorada (¿o me enamoré de alguien con quien después me obsesioné? ¿o se obsesionó conmigo aquel de quien yo me enamoré? ¿o nos obsesionamos los dos y por eso todo acabó en tragedia?) y el saldo, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, fue simple y sencillamente catastrófico. Menos mal que he alcanzado un grado de madurez suficiente (sic) como para distinguir entre el amor y la obsesión (y, desde luego, para no enamorarme nunca más).

Comencé a escribir este post motivada por una obsesión particular relacionada con aquello que nos tiene a todos aquí reunidos: las letras. Rebusco en mis cajones una obsesión contemporánea, algo que hoy día, a mis veintiséis años, me mantenga en vilo, inquieta, suspendida en la caja negra del insomnio. Ya no tengo obsesiones múltiples, no. Hoy día, es verdad, todo ha quedado reducido a una díada del terror: un fetiche y una obsesión. ¿Mi fetiche? Los libros. ¿Mi obsesión? La ortografía.

Cuando releo algún texto mío (que ya ha sido enviado, que ya ha sido publicado) y me topo con una falta de ortografía: ¡coño! Me retuerzo de coraje, pienso en aquellos lectores que, prudentes, me evitan el ridículo, que no me evidencian, que guardan el secreto y callan para siempre, y me sonrojo hasta el infinito. Me lleno de vergüenza, me reprocho mis impulsos. Ya había explicado antes que a veces, cuando aún estoy a tiempo, reenvío un mail corregido con la esperanza de que el destinatario abra sólo el último y se olvide del primero, pensando que se trata de un error en el servidor que duplicó el mensaje. La mayoría de las veces, no obstante, eso no sucede. Los correos se van sin revisar, o revisados y con errores, desde luego. Los estatus de Facebook son publicados y retomados varias horas después: cuando enmendarlos ya no es una opción factible, pues a ellos se han sumado comentarios de las más diversas índoles que me impiden arrancarlo todo de raíz. Los posts en Purasletras, como éste, son escritos en infracondiciones: en la madrugada, en la penumbra, muerta de sueño, con más miopía y más astigmatismo de lo normal. Y no me aguanto las ganas de decir lo que quiero decir, no: lo suelto. “Publicar”, “Enviar”, “Actualizar”: mis botones favoritos. Mis puertas al mundo. Mi modo de sentirme poderosa, capaz de comunicar, de generar algo en algún lector incauto que caiga en las redes de mis malogradas palabras. Y las erratas siempre ahí: acechándome, echándome en cara mi perfeccionismo tan imperfecto, mi ego mal sustentado, mi uso primitivo del lenguaje.

Hace poco cometí dos errores garrafales por los cuales mi vida interior se ha convertido en un vía crucis. En ninguno de los casos fue posible hacer enmienda alguna.

1. Presa de la desesperación ante la reputísima burocracia que me impide legalizar mi situación en este país, publiqué lo que a ojos de cualquiera sería un chascarrillo burdo y poco ingenioso. Pedía la colaboración de algún ciudadano español para, por favor, esposarme, de modo que así pudiera regulizar mi situación en España. Regulizar, regulizar, regulizar. Escribí regulizar y no me di cuenta sino hasta que se habían acumulado ya más de diez reacciones. Y no pude eliminarlo. Y sufro desde entonces. Me atormento. No puedo borrarlo, y está ahí, en mi muro, y todos pueden darse cuenta de que yo, uy, “correctora de estilo”, “traductora”, “editora”… yo, que me las doy de Yo Soy Aquélla, me equivoco en algo tan banal, tan absurdo, tan simple, tan aburrido. Regulizar, regulizar, ¡reguliPUTIzar!!!

2. El lunes me quedé varada en Bilbao y no pude llegar a mi trabajo en la mañana. Envié un mail desde una de esas máquinas horrorosas que a cambio de dos euros te hacen acreedor a cinco minutos de internet. A la máquina le encontré los acentos: las mayúsculas se me resistieron. El mail explicaba que habían cancelado mi vuelo y que llegaría más tarde. Me disculpaba por el retraso. Cosa de niños. Sólo tenía cinco minutos para maniobrar con ese robot de aeropuerto y quería hacer las cosas bien. Brevemente, pero bien. Escribí un mail para el personal de aquella empresa que tantísimo admiro y que tanto respeto: la casa editorial que desde siempre se ha caracterizado no sólo por la calidad de su catálogo sino por la impecabilidad de su cuidado editorial. Y al final, oh tragedia, al final, el mail quedó marcado por un error imperdonable:

“un abrazo, gracias y hasta pronto,

wendolin”

Así fue. Escribí mi propio nombre sin acento. El colmo del corrector. El colmo de todos los colmos. Una debilidad que bajo ninguna circunstancia puedo volver a permitirme. Un crimen imperdonable. Una hecatombe. Pero lo intuí, lo vi venir. Lo vislumbré con antelación. Cuando me subí al avión, seis horas después de lo previsto, una angustia me oprimía el corazón: “¿estaba bien escrito el mail?”,  “¿no me habrá faltado alguna coma, algún punto, algún acento?”. Y mis predicciones fatalistas se volvieron realidad, y hoy día estos dos errores rondan mi conciencia incesantemente: me los reprocho, intento olvidarlos sin éxito, me revuelco en la cama pensando en todos aquellos errores que he dejado al descubierto y que aún están por venir, y padezco los efectos secundarios de esta obsesión como cualquier adicto a quien privan de aquello que lo mantiene felizmente enganchado.

Ésta es la vida del corrector. Ésta es la obsesión que no puedo sacudirme. Éste es el miedo que cargo a cuestas: equivocarme y que todos se den cuenta de que no soy perfecta en lo único que creo saber hacer.

Y luego me recrimino todo este absurdo: qué arrogante, qué ridícula soy. Pero se trata de una obsesión en su estado más puro, una obsesión de a de veras, y muy poco o nada puedo hacer para remediarlo.