Mi regalo de cumpleaños

Hace un año dejé mi casa, mi trabajo, mi país. Hace un año crucé el mundo con un saco a cuestas lleno de ilusiones. Hace un año cumplí veinticinco años de cumplir años el veintisiete de agosto de todos los años, y nunca había recibido un regalo tan grande como el que he recibido hoy: [Casi] Todas las personas importantes de mi vida, congregadas detrás de esta pantalla, desafiando la distancia y haciéndose presentes con una fuerza inusitada. Mis amigos y mis hermanos, mis amigos que son mis hermanos, regalándome unas palabras ante una cámara que nadie sabe usar. Y es ese tono precisamente, ese nulo expertise, lo que hace de este regalo una sorpresa de proporciones monumentales.

Y cómo se ganará el amor, me pregunto. En qué consistirá la ecuación aquella en la que alguien, por el simple hecho de existir, puede hacerse acreedor a un cariño tan grande. El amor de pareja y la amistad adolecen de dos males opuestos: mientras que el primero está sobrevaluado, la segunda está subestimada. Trazamos sobre el pavimento, colectiva y obsesivamente, trayectorias encaminadas al encuentro de aquella mitad que le dará a nuestra vida la circularidad que, aparentemente, resulta indispensable. Nos precipitamos los seres humanos con desesperación aberrante, unos sobre otros, para apropriarnos de alguien a quien llamar nuestro, al lado de quien despertar todos los días y por medio de quien podemos pagar las cuotas que nos impone la sociedad. Es como si tuviéramos que rendirle cuentas a alguien al final del camino, como si la entrada al cielo consistiera en habernos casado, en haber tenido una pareja. Y de los amigos… ¿alguien se acuerda?

He visto, con mis propios ojos, que el amor de pareja existe. Lo veo en Kevin y Laura, en Marco y Jeannine, en Mariana y Christophe, en Alma Delia y Luis, en Giselle y Goran. Sé de hombres y mujeres que han hallado el equilibrio, que le han ganado la batalla al hartazgo, a la rutina, a los malos hábitos y al silencio. Sé de hombres y mujeres que sólo nacieron para estar juntos, para completarse, para resignificarse al lado del otro. Pero sé también de otros amores de proporciones descomunales. Sé de la familia que escogemos, de la que vamos construyendo con el paso de los años. Sé del amigo incondicional, que siempre está ahí para llorar, para reír, para emborracharse contigo. Sé de aquél capaz de cruzar el mundo para pasar navidad a tu lado. Sé de aquel que nunca exige nada y lo entrega todo. Sé de aquel que, intermitente, tarde o temprano vuelve a perfilarse en el horizonte. Sé de aquel lacónico, que poco dice pero que tanto te demuestra. Sé de aquel que nunca miente, que te engrandece con su honestidad aterradora. Sé de aquel que irrumpe en un velorio y te roba una sonrisa. Sé de aquel que nunca llora y sin embargo seca siempre tus lágrimas. Sé de aquel que no cuestiona, que nunca juzga, que te respeta y saca lo mejor de ti. Sé de aquel que nunca duerme, que no envejece, que nació para estrenar las madrugadas. Sé de aquel que encuentra lo bello donde no lo ve nadie más, que ve luz en la más contundente de las oscuridades. Sé de aquel conversador incansable, de aquel que desmenuza la realidad a su antojo. Sé de aquel que te habla de libros, que te habla de música, que te habla de amor. Sé de aquellas amistades que nunca se desgastan, que no se opacan, que permanecen intactas sin importar el tiempo que se posa sobre ellas.

Los amigos de verdad son la forma humana que ante mis ojos adquiere el amor en su estado más puro. Con amigos como los que yo tengo, es imposible sentirse presa de la tan temida soledad. En estricto orden de aparición, gracias a Abdullah, a Alma Delia, a Luis, a Gabi, a Karly, a Lore, a Mariana, a Christophe, a Ale, a Dani, a Andrés, a York, a Diego, a Laura, a Kevin, a Monse, a Mundo, a Xabi, a Asier, a Angie, a ambas Elizandras, a Christopher, a Mau, a Lilí y a Tomasz, que se prestaron a un experimento tan poco habitual y desplegaron sus mejores dotes frente a una cámara con la única finalidad de hacerme llegar un feliz cumpleaños. Gracias también a aquellos que, aunque ausentes en el video, siempre han estado ahí. Pero, sobre todo, gracias a Alma, a Cris y a Wil: es increíble lo que hicieron posible. Nadie pudo haberlo hecho mejor, nunca dejan de sorprenderme. Gracias de verdad.

Crónica del ventilador

Joyce Carol Oates es una de las escritoras más prolíficas del mundo: más de cien obras y casi veinte premios de talla internacional lo acreditan. Sin importar cuán saturado se vislumbre el buró donde descansan los libros por leer, es imprescindible hacernos un espacio para probar una rebanada de un pastel que se antoja interesante. Yo ya lo hice, y la experiencia resultó muy satisfactoria.

Entré a la librería nomás por entrar. Ya no sé yo si mi mente es consciente de los pasos que me dicta. Cada vez que paso por la librería, entro. Así nomás: entro. Aunque no tenga un centavo, entro. Aunque tenga hambre, entro. Aunque tenga calor, entro. Aunque esté impresentable presentable, entro. Aunque traiga otro libro entre las manos, entro. Aunque haya salido para comprar el periódico, entro. Aunque venga cargada con las bolsas del súper, entro. Es una locura. El policía de La Central me mira ya con un dejo de lástima. ¿Qué pensará de mí? “Esta niña: sin nada que hacer y sin un solo amigo…” Él tampoco se ve muy dispuesto a ser mi amigo, hay que decirlo.

Y así venía yo en una de ésas, con mi ventilador recién comprado entre las manos. Necesitaba darme un respiro: me lo vendieron sin caja, sin desarmar. La verdad es que aquella escena era más bien propia de una comedia: yo, perdida en el Raval, sudando como luchador (welcome to my life), maniobrando torpemente con un ventilador más grande que yo… cualquiera diría que en vez de haberlo comprado (porque sí señor:  lo compré), me lo acababa de robar del Carrefour. Y entonces, luego de andar varias cuadras con el ventilador entre las manos, entré a La Central. Bonita fue la expresión de la gente al verme entrar con un ventilador. No los culpo. 

Coloqué, con toda la desfachatez imaginable, el ventilador en una esquina. Nadie iba a hacerle daño, claramente. Y no, jamás cruzó por mi mente la idea de que alguien pudiera robárselo: ese ventilador, se los garantizo, estaba más desgastado que yo. Ahora que lo pienso, la verdad es que no entiendo por qué compré precisamente ese ventilador: tan de mal ver, tan grande y tan pesado, tan ruidoso. En fin. Mejor nos olvidamos de una buena vez por todas del ventilador.

Así entonces, me dispuse a pulular por la librería. Ni bien comenzó mi expedición, en la mesa de novedades me encontré con un libro que lleva en la portada una de las imágenes más alucinantes de la historia del arte y de la humanidad: La pesadilla, del suizo Johann Heinrich Füssli. Esa pintura, donde una mujer yace dormida mientras un demonio erótico se posa sobre ella, es deliciosa. Qué ganas de toparme yo también con un íncubo en la más distorsionada de mis fantasías; qué ganas de sorprender al caballo que observa, atónito, desde la penumbra. El libro es Bestias, precisamente de Joyce Carol Oates.

Bastó con ver esa imagen en la portada para cautivarme. Por otra parte, me parece prudente aplaudir el hecho de que los agentes de la autora cedan los derechos de algunas obras a editoriales independientes como ésta: papel de liar.

Extraje el libro del exhibidor y leí al reverso una cita de la autora. Esta frase, de cuya inserción en el margen derecho de este humilde blog los lectores atentos se habrán percatado, reza lo siguiente: «Creo que el arte no debe servir de consuelo: para consolarnos ya tenemos al prójimo y la distracción masiva. El arte debe provocar, perturbar, inflamar las emociones, llevar nuestro entendimiento a lugares no previstos e incluso no deseados».

Y me acordé entonces de cuando me enamoré de aquel artista, y recordé —no sin cierto estremecimiento— la ilusión que en su momento me produjeron las promesas implícitas: esa provocación, esa perturbación, esa inflamación de las emociones y de la conciencia, esos viajes a los lugares más oscuros, esa podredumbre.

Y, desde luego, lo compré.

¿Y qué creen que hice después de comprarlo?

Coger mi ventilador, faltaba más, y subir los cinco pisos que me conducen hasta mi humilde hogar con libro y ventilador en mano.

Diálogo malogrado

Digamos que este post me mantuvo inquieta. No duermo igual, no me concentro. Ha sido horrible. Debí resolver esta retórica de otra forma: tan sencillo que hubiera sido explicar, a modo de una entrada cualquiera, por qué creo en la soledad como uno de los pilares insoslayables de la felicidad humana. Pero no: vine aquí a desdoblarme como los grandes. Y en este desdoblamiento hice, irremediablemente, el ridículo.

Había también otro elemento perturbador: el nombre de uno de los personajes. Si bien es algo que a los lectores desconocidos les resultaba indiferente, es verdad también que a todos aquellos que además de lectores son amigos les generaba muchísima disonancia: ¿y a qué viene mentarlo? ¿Y por qué seguir aludiendo a aquel que ya forma parte del pasado? ¿Fue éste un diálogo que ustedes dos sostuvieron en algún momento? Por supuesto que no.

Quede entonces constancia de que aquí hubo un diálogo que pudo ser bueno pero que resultó catastrófico. Quien esto escribe seguirá trabajando en su prosa, que no en su ficción, para tener pronto algo que ofrecerles en este espacio.

Gracias.

Música bendita

Cómo esa mujer se posa ahí, sobre un taburete minúsculo, dirigiendo esta orquesta como si dirigiera el mundo. Si presidentes y primeros ministros llevaran las riendas de sus países con la entrega, la pasión y la energía del director de orquesta, viviríamos en un mundo infinitamente mejor.

Cómo se escuchan las violas, los chelos, los contrabajos, el arpa, la flauta, los clarinetes y los trombones como si fuera a acabarse el mundo. Como si no hubiera mañana. Cómo violinistas, trompetistas y pianistas lo dejan todo en el escenario mientras allá afuera, ni bien cruzar el umbral que divide la sala del mundo real, se libran batallas clandestinas, se lucha por la supervivencia, mueren inocentes, se declara la guerra.

Cómo la música, tan noble, tan inmensa, es capaz de llenarlo todo.

El músico y el instrumento representan un todo casi homogéneo, un híbrido comparable al del escritor y la palabra, al del pintor y el lienzo en el caballete. Músico e instrumento se aman más que nadie: hacen el amor todo el tiempo, todos los días. Y sobre el escenario, al unísono y henchidos de emoción, nos llevan al clímax junto con ellos. La música es la materia prima de la que está compuesto el universo.

En este espectáculo, las piezas individuales de nada sirven. Al compás de la batuta, cuerdas, viento y percusiones levantan de la nada un monumento de proporciones descomunales. Y mientras suben el arpa y los violines, da la sensación de querer morir en ese instante. Morir en ese instante y elevarnos junto con ellos al edén imaginado.

Música bendita, que nos recuerdas que estamos vivos. Y que la vida es bella, y que vale la pena vivirla.

***

Gracias, Cracovia. Qué manera de regalarnos un adiós.

Contra la mojigatería

Es verdad que hacerme enojar es dificilísimo, por no decir imposible. Si hago memoria, si me esfuerzo por rebuscar entre mis recuerdos, pocas son las veces en las que me he llenado de ira, de rabia, de coraje. Dejando de lado aquellas ocasiones en las que la vida te azota con el látigo de la tragedia y del horror —en las que he blasfemado hasta el infinito— , casi podría afirmar que para hacerme enojar hay que esforzarse bastante. Sin embargo, hay algo que, invariablemente, me enfurece. Y de eso vamos a hablar aquí.

No entiendo la obsesión de ciertas personas, hombres y mujeres, por la “propiedad”. No entiendo a aquellas mujeres que trabajan una vida entera para cubrirse con un manto inmaculado. En pocas palabras: no tolero a aquellas personas que vituperan las groserías, que reprueban el uso de las “malas palabras”, que se valen de eufemismos baratos que ni por asomo expresan lo que se quiere decir, que juzgan a quienes se valen de vocablos “altisonantes”, “vulgares”, que generan disonancia en esas mentes puritanas que, lejos de “proteger el lenguaje”, dejan al descubierto que desconocen la verdadera fuerza de las palabras.

Hoy leía una reseña que rezaba lo siguiente: “El libro vale la pena porque transmite imágenes muy fuertes sin necesidad de emplear palabras vulgares”. No son pocas las veces en que leo cosas así. Una de mis mejores amigas, una amiga del alma, dejó de decir groserías “porque a su novio no le gusta”. Y más allá de que, en teoría, amar a alguien reside en aceptarlo y no querer cambiarlo, también es cierto que aquello de “no le gusta que diga groserías” suele ser lugar común en las pláticas entre amigas. ¿Es decir, entonces, que el uso de las majaderías es exclusivo de los hombres, en cuya boca todo suena “bien”?

Error.

No pretendo aquí dar pie a un debate sexista: aborrezco el machismo y el feminismo por igual. Lo que quiero es darles a las majaderías el papel que juegan en el mosaico lingüístico, y pronunciarme a favor de ellas y en contra de toda la mojigatería que vive entre nosotros y que sigue sobresaltándose ante el uso de las mismas, que muchas veces no sólo están justificadas sino que son imprescindibles.

Como para muestra sobra un botón, procedamos a mencionar algunos ejemplos:

  • No es lo mismo que algo te dé “flojera” —qué palabra más sosa— a que te dé güeva, por supuesto que no.
  • Los genocidas y los pederastas, entre tantos otros personajes ilustres, no son “malas personas”: son sicópatas hijos de puta, con todas sus letras.
  • No es lo mismo que la injusticia social “te moleste” a que te empute.
  • El que te partió el corazón con alevosía y ventaja, el que te hizo llorar tanto sin merecértelo —porque tú sólo le ofreciste amor—, no es un “maldito”: es un ojete.
  • No es lo mismo que algo esté buenísimo, a que algo sea una chingonería. Una chingonería es el non plus ultra de lo buenísimo.
  • No es lo mismo “déjame en paz” que no me estés chingando.
  • Nada que exprese tantísima desazón, tantísima estupefacción, tantísima rabia, como un puta madre bien dicho.
  • No es lo mismo estar “que no te calienta ni el sol” que estar que te lleva la chingada.
  • No es lo mismo que algo “no te importe” a que te valga madres.
  • No es lo mismo “no me gusta” que me caga —y aquí sí podemos ahorrarnos aquello de “la madre”—.
  • No es lo mismo ser “muy tonto” que ser pendejo. Y como bien dice mi hermano, “nunca subestimes el poder de un pendejo”.

No entiendo por qué buscamos obsesivamente reemplazar con eufemismos, siempre débiles e insípidos, lo que sólo puede revelarse por medio de las “malas” palabras, que de malas no tienen nada. Las majaderías no le restan “clase” a nadie, en caso de que haya alguien a quien “la clase” de verdad le importe.

Yo soy una pelada. Yo nunca me aguanto un “no mames” ni un “me caga”. A mí, si me lastiman, los llamo por su nombre y no me lo pienso dos veces. Si un libro me gusta, para mí es una verdadera obra de arte, una chingonería. Odio que me digan “ay, no digas esas palabras, se oyen fatal en una niña”. A mí déjenme expresarme como se me dé la gana. Y también, por cierto: “los niños” y “las niñas” somos iguales.

A todos extrañará que, a pesar de todo lo aquí expuesto, me atreva a afirmar que soy una dama. Y lo soy. Soy una dama educada, sin ataduras de ningún tipo, que sabe conducirse “a la altura”, que respeta a todo mundo y que, sobre todo, conoce el valor de las palabras y se regodea en la posibilidad de valerse de majaderías de vez en cuando, para comunicar de este modo lo que de otra forma es, simple y sencillamente, inexpresable.

Eso: la beatería, el puritanismo, la hipocresía… eso sí que me emputa. Seamos libres y dejémonos de tanta santurronería.

***

Octavio Paz escribió en “Los hijos de la Malinche” (El laberinto de la soledad):

En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Los adolescentes, cuando quieren presumir de hombres, las pronuncian con voz ronca. Las repiten las señoras, ya para significar su libertad de espíritu, ya para mostrar la verdad de sus sentimientos. Pues estas palabras son definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y de la facilidad con que varía su significado. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.

¡Gracias, CarMartínezF!

Y los timoratos… ¡que se chinguen!