The Sense of an Ending, de Julian Barnes

La tapa blanda de esta novela yacía en una especie de botadero en una de las tantas librerías del aeropuerto de Ámsterdam: era una de esas promociones en las que pagas 2 libros y te llevas 3. La edición no era cara y hacía un par de meses que había encargado la novela por Amazon: una pena que, para variar, me quedara yo sin fondos y a la mera hora Amazon tuviera a bien avisarme que mi pedido no podía enviarse porque mi tarjeta didn’t go through. Yo nunca he tenido dinero, pero todo lo que he tenido lo he invertido en libros, en tenis, en vagabundeos, en amigos, en tragos y en comida. Esta vez, a diferencia de lo que hubiera hecho hace un año, sólo compré The Sense of an Ending. ¿Por qué? No, ni siquiera me percaté de que había ganado el Man Booker Prize. Me lo llevé porque era Julian Barnes, uno de los escritores contemporáneos que lo convencen a uno de que hoy día hay varios escritores que tienen mucho… muchísimo que ofrecer. Trato de entender a la banda que vive obsesionada con los clásicos, pero he de decir abiertamente que da pena la arrogancia que les cierra las puertas a la producción literaria de grandes escritores contemporáneos como Coetzee, Lessing, Barnes, Updike, Toni Morrison, Philip Roth, Achebe, Javier Marías o R. R. Martin.

[Sé que este mosaico de nombres propios le dará al lector motivos suficientes para despotricar en mi contra y dejar comentarios que wordpress, no sin cierta ingenuidad automatizada, califica como “spam”… pero da igual. Martin escribe fantasy y ciencia ficción, jamás ganará un Nobel pero tiene el talento y la madera de los grandes de la literatura artúrica —para rebatir mi punto de vista, léanse su Canción de hielo y fuego y luego hablamos—. A Marías muchos lo odian casi en automático —no revelo identidades, pero conozco varios que se resisten a leerlo por el simple hecho de ser gachupín—, pero su Corazón tan blanco y su Mañana en la batalla piensa en mí son obras que dejan huella en cualquiera, por más escéptico que se sea. Coetzee, Lessing y Morrison son todos ganadores del Nobel: si bien los premios no dicen nada, hay que reconocer en sus letras un talento fuera de serie. Roth, según tengo entendido, es siempre candidato —con todas las de la ley—: nomás pa’ darnos un quemón, acaba de concedérsele el Príncipe de Asturias. Finalmente, Updike y Achebe son capaces de trastocar las fibras más sensibles del lector; Achebe se erige, además, como el portavoz de un pueblo y de una generación. El punto es que todos ellos son escritores contemporáneos, como lo es Barnes, y es una lástima que haya aún quien se deje intimidar por el hecho de saber al autor vivo: es como si esto fuera motivo suficiente para no leerlos. Ya lo sabemos, cómo no… Incluso ahora, cuando la industria de los agentes está más boyante que nunca y los autores más populares cobran anticipos millonarios por cada una de sus novedades —y vemos a Salman Rushdie en la prensa amarillista, por todo lo alto, posando en los lugares más sofisticados de Nueva York y rodeado de las mujeres más bellas—, el lugar común del encumbramiento póstumo del escritor sigue siendo una constante. En fin, para variar: me enredo en mis disquisiciones —que también suelen ser lugares comunes—.]

The Sense of an Ending ha sido —y que quede claro que me doy cuenta hasta ahora: no lo supe antes— una novela muy elogiada por la crítica. Barnes es un escritor muy versátil que no sucumbe ante la tentación de acomodarse en un género determinado: es un hombre divertido, sin duda… aquellos que se apoltronan, segurito se aburren de vez en cuando —esto sin mencionar su agudísimo sentido del humor—. En paralelo, como los grandes, ya encontró el tono: cuando lees a Barnes, sabes que es él.

Esta novela es un recuento y una introspección. Narrada en primera persona —¡como me gusta!—, de estas páginas surge la voz de un hombre jubilado, en la recta seudofinal de la vida —tema que, por cierto, está muy en boga—, quien ve su monotonía interrumpida a raíz de la llegada de un sobre cuyo remitente comenzaba a desdibujarse de los más alejados rincones de su memoria. ¿Y qué incluye el sobre? Un bonche de recuerdos, un cheque y, sobre todo, la incógnita que justifica la existencia de este libro. La voz del hombre es lúcida y atinada. Este hombre, acomodado en la meseta de su existencia, ve trastocada su supuestamente satisfactoria monotonía al recibir este sobre y, con ello, hacer un examen a conciencia de aquel acontecimiento que hace más de cuarenta años le cambió la vida y que en algún punto dejó de importarle: el suicidio de su mejor amigo.

No, no voy a contarles más sobre la trama. La historia es tan breve y tan rica que, ciertamente, amerita que la lean de principio a fin. Lo que sí he de decirles es que por momentos se convierte éste en el típico libro que llega a desesperar a los más impacientes ante tanta reflexión y diálogo interno —no es mi caso, definitivamente—, pero no cabe la menor duda de que las últimas… digamos… quince páginas del libro, dejan al lector colgado de la lámpara: “¿Qué?!?!?!? ¿Era E-S-O?!?!?! ¿Y luego?!?!?!?! ¡No la vi venir!!!!!!!!” Barnes tenía la trayectoria de la historia perfectamente planeada, geométricamente concebida, de modo que nada ni nadie se desviara un solo ápice del camino que desde un principio debía seguir.

Barnes nos regala una hermosa reflexión sobre el sentido de la muerte y el abatimiento. Barnes se pone en los zapatos de un hombre que asume su mediocridad y la felicidad que ésta conlleva. Barnes demuestra que la vida jamás agotará su capacidad de sorprendernos: nunca es demasiado tarde para brincar de alegría, para llorar de rabia y exorcizar nuestros demonios, para urdir el más infantil de los planes con tal de alcanzar nuestros objetivos. Barnes, como siempre, nos habla del amor: ¿existe?, ¿es sólo una convención?, ¿de veras puede durar?, ¿es sinónimo de tragedia? Y el sexo. El sexo como un elemento tangencial que siempre gira en torno al verdadero meollo del asunto: ¿se puede ser algo legítimamente? ¿Se puede abrazar una opinión y tener convicciones inamovibles? ¿Se es quien se cree que es sin que de pronto llegue el viento y arrase con todo a su paso? ¿Y con qué nos quedamos, pues, al final del camino? ¿Y esos amigos? ¿Aquellos con quienes compartimos los que atesoramos como los momentos más valiosos de nuestra juventud? Sí somos conscientes, ¿verdad?, de que a la larga todos aquellos vínculos que en la tierna adolescencia jurábamos eternos se esfuman, prácticamente sin darnos cuenta, al cruzar el umbral de la adultez —del compromiso, de la vida oficinesca, de las deudas y las responsabilidades, de los pagos y la inseguridad que acarrea consigo el paso del tiempo—.

A Tony Webster no le falta absolutamente nada; al contrario: le sobra humanidad. Da la sensación de que al no esperar más nada de la vida, agradece cualquier evento que irrumpa en el silencio de la maldita cotidianidad. ¿Para qué? Para darle un motivo. ¿Un motivo para qué? Para indagar. Para atar cabos. Para invocar fantasmas. Para recordar. Para llorar. Para sentir que se acelera el ritmo cardiaco. Para darse cuenta de que fue un imbécil y regodearse en el gran hallazgo de asumir que lo fue. Un motivo, básicamente, para morir con una buena historia a cuestas.

Creo que no está publicado aún en español. Búsquenlo en la lengua que más les convenga… pero no dejen de hacerlo.

Preámbulo de la ¿novela? que no me atreví a escribir

He cometido, digámoslo así, un pecado estético: soy una mujer más bien ancha, de proporciones renacentistas. Mis piernas simulan más dos fuertes troncos que dos frágiles varas, mi vientre remite a la fertilidad, mis senos son espesos y redondos. Hace no mucho, alguien trazó un símil entre la Venus de Cabanel y yo. Terminado el encuentro, me precipité: corrí a buscar esa imagen con urgencia. Mi piel, pálida; mi cabello, rubio y rizado; y mis ojos, de un azul profundo, daban testimonio de que, ciertamente, ahí estaba yo: tendida bocarriba con cinco ángeles sobrevolando mi cuerpo desnudo.

Sólo dos veces me he enamorado de verdad. La primera vez tenía dieciocho años. La segunda, veinticuatro. Y en ambas ocasiones el saldo ha sido terriblemente amargo para mí: he terminado bañada en lágrimas a medianoche, arrinconada por la mirada cruel de aquel que decía amarme, haciendo que, a imagen y semejanza del ave fénix, los fantasmas de mi inseguridad renacieran de entre las cenizas.

Después de dos experiencias similares, decidí asumir la realidad que me había tocado vivir. Quién se hubiera imaginado, hace cincuenta años, que una mujer llegaría a sacrificarlo todo en pos de una silueta esbelta y libre de imperfecciones, incluso cuando esa obsesión le costara, entre otras cosas, su felicidad, con tal de retener a un hombre que promete tocarla a cambio de que se mantenga en su peso. El Muro de Berlín se vino abajo y con su caída nos inundaron estereotipos y patrones basados en el consumismo y en la idea occidental de belleza. Y es por eso que hoy día tantos hombres y mujeres se encierran en el baño a llorar, a ver si así se sacuden la “fealdad” que traen a cuestas, que los distancia del mundillo aquel al que, tristemente, todos queremos pertenecer.

Este libro no va a convertirse en un aburrido y molesto panfleto de autocompasión ni de autoayuda, nada más lejano. Este libro supe que era necesario escribirlo para demostrar que en este planeta coexisten varias ideologías que, de coincidir en el momento y el lugar precisos, pueden intersecarse y abrirle paso al amor en su estado más puro e inverosímil.

Para cuando salí de México ya me había hecho a la idea de que no me expondría más a los azotes de una sociedad a la que en muchos sentidos me siento ajena. Decidí no sucumbir ante la tentación de entregarme a los más austeros regímenes para desafiar mi complexión ósea: no. De ahora en adelante, sí señor, a nadie le conferiría yo el poder para desarmarme en mil pedazos a punta de bofetadas psicológicas. Cambiar para gustarle a alguien es algo que no he hecho nunca y que no pienso hacer ahora. Barajaría mis cartas con más precaución y me entregaría sólo a aquel que me aceptara, que no me atacara, que me respetara. Y ocurrió. Y ésta podría ser una historia de amor más, como cualquier otra, de no ser porque Abdullah es yemení, casado, con dos hijos, y —sobre todo— musulmán recalcitrante.

Abdullah apareció para desvelarme un universo totalmente desconocido, al que sólo tenemos acceso a través de la ficción y de los medios masivos de comunicación (que, como todos sabemos, tergiversan la realidad a conveniencia). Con una indiferencia aterradora leemos día con día los encabezados que rezan “40 muertos en un atentado suicida en Bagdad”, “350 muertos en un nuevo ataque israelí a Gaza”, “Mahmud Ahmadineyad reta públicamente a Obama en nombre de Alá”, “Tres mujeres lapidadas en Kabul”, ad infinítum, sin sentir empatía alguna con aquellos que enfrentan una realidad mucho más intrincada que la que a nosotros nos ha tocado vivir. La religión es su único bastión y a él se asen los más de mil quinientos millones de musulmanes que pueblan este mundo tan injusto y desigual.

Abdullah es la antítesis de la hipocresía, de la pretensión. Es la persona más auténtica y más congruente que he conocido en mi vida. Sin ningún reparo, ha respondido a todas mis preguntas, que siempre recibe con una estupefacción tan grande como aquella que a mí me han generado sus respuestas. Abdullah pertenece a una cultura totalmente opuesta a la occidental y a través de sus revelaciones, conceptos como belleza, religión, sexo, política, guerra, muerte o amor adquieren dimensiones inimaginables.

Hay otro mundo de ese otro lado, gente como nosotros que ve la vida de un color completamente diferente. Yo no creo que haya sido casualidad que coincidiéramos en territorio neutral, no. Tenía que ser así para desnudarnos, para entregarnos, para sincerarnos y llevar al extremo todas las emociones que sin poder evitarlo nos produce el contacto —nunca físico— con el otro.

Vine huyendo de mi sociedad, y me topé a través suyo con un cosmos completamente distinto. Abdullah me ama, me admira, me respeta, me desea. No hace mal en sentir esto por mí aunque esté casado: para él, la noción de fidelidad no existe: puede amar a dos mujeres al mismo tiempo sin problema, y así lo hace. Eso sí: jamás su piel ha rozado la mía. No puede tocarme “hasta que nos casemos”.

Éste es el recuento de una relación sui géneris, fuera de serie, que me ha permitido no sólo conocer otra civilización sino redescubrirme a mí misma. Ha sido Abdullah el primer hombre al que le he permitido asomarse al rincón más profundo donde se alojan mis miedos, mis dudas, mis heridas y mi incertidumbre, y ha sido él quien me ha devuelto la fe que perdí en el camino.

Cuando un libro te llega, no te deja en paz: no te deja dormir, no te deja comer, no te deja concentrarte. A gritos te pide que lo escribas ya, sin demora, que lo tomes en serio. Yo sé que esta historia hay que escribirla, y hay que hacerlo ya. Hay que hacerlo ahora, cuando soy capaz aún de reconstruir nuestras charlas e intercambios, no implicando así que todo aquello que de él he aprendido vaya yo a olvidarlo en algún momento: Abdullah, mi Abdullah, me ha cambiado la vida para siempre.

Wendolín Perla, La Cobarde
Barcelona, agosto de 2010

Los enamoramientos

Sé de boca de varios lectores asiduos que Javier Marías suele tener los más variopintos efectos entre aquellos que se animan a infiltrarse entre sus páginas, a seguir al pie de la letra sus historias. Hay quienes consideran que se trata de un escritor inflado por la crítica, cuya producción literaria no empata con la valoración que en términos generales de él se tiene. Y hay otros lectores, como yo, que hemos perdido ante sus textos toda objetividad: sus letras me engolosinan, me vuelven adicta, me impelen a dar vuelta a las hojas incesantemente hasta llegar al colofón.

Sin haber leído aún la que para él ha sido su novela más ambiciosa, Tu rostro mañana, dudo que haya entre su obra piezas que superen su Mañana en la batalla piensa en mí ni, mucho menos, su Corazón tan blanco. En el primer caso, una mujer, casada y madre de un niño pequeño, muere inesperadamente al lado de su amante en el lecho que comparte con su esposo; en el segundo, a la vuelta de su luna de miel, una mujer se busca el corazón frente al espejo para despedirse de este mundo dos balazos mediante. Ambas historias, extraordinariamente bien logradas, permanecen por siempre en la memoria del lector, que vuelve a ellas una y otra vez como si de clásicos se tratara (¿y quién dice que no lo serán?).

Los enamoramientos es, por mucho, una novela diferente. En primer lugar, es una novela narrada por una mujer: reto al que, según yo, se enfrenta el autor por vez primera. Miguel, Luisa y María coinciden todos los días por la mañana, en el mismo restaurante, y María se regodea en la visión de esta pareja que parece perfecta: ambos ligeros, tranquilos, naturales. María ni siquiera se acerca, se conforma con la visión de aquel que contempla en silencio, desde el rincón, atisbando cada detalle. La narradora existe porque Luisa y Miguel existen: María no es sino un testigo anónimo de la armonía que la pareja desprende a su paso. Hasta que un día todo terminó.

Cuando los finales se adelantan abruptamente, cuando no tienen vuelta atrás, es difícil impedir que nos carcoma la violencia de un adiós absurdo, fuera de tiempo, fuera de lugar. Un buen día, María se topa en el periódico con el rostro ensangrentado de Miguel, quien ha sido asesinado por un indigente: no sé cuántas puñaladas en no sé cuántos órganos vitales dejaron como saldo el cadáver de aquel padre de familia de quien Luisa y los niños se ven forzados a despedirse antes de tiempo. Es entonces cuando, por vez primera, la Joven Prudente se acerca hasta Luisa y le ofrece sus condolencias. Quizás rebasada por la pesadumbre de la cotidianidad, harta de abrumar a los más cercanos con su duelo insoportable, Luisa decide llevarse a la Joven Prudente a su casa, donde tiene lugar el primer encuentro entre María y Javier, el mejor amigo del difunto, de quien María se enamorará estúpidamente (¿hay, acaso, otra forma de enamorarse?) aun a sabiendas de que éste está, a su vez, profundamente enamorado de Luisa.

Y he aquí el telón de fondo sobre el cual se desarrolla esta historia que corre, como todas las historias de Marías, lenta y plena en detalles. Ésta no es una novela sobre el amor, no caigamos ante la provocación del título: una cosa es el amor y otra cosa es el enamoramiento: este último es inquietante, apremiante, adrenalínico. El enamoramiento es, en el fondo, a lo que todos aspiramos, aunque haya veces que tengamos que conformarnos con el amor cotidiano, apasible, monótono. El enamoramiento es irrefrenable, es envolvente, es irracional. Pero tampoco… tampoco se trata de una novela sobre el enamoramiento. Me parece a mí, a pesar de todo, que estamos ante una novela sobre la muerte y (como reza la cuarta de forros) las inconveniencias de que los muertos vuelvan a perturbar la realidad a la que nos hemos acomodado ya sin ellos.

Los enamoramientos es una novela donde se entretejen la intriga, la falta de escrúpulos, la ingenuidad, la mentira y la fluidez narrativa de uno de los escritores contemporáneos más prolíficos en lengua castellana. Si abriésemos cualquier página al azar, sin ver siquiera la portada, cualquier lector mínimamente experimentado sabría que se trata de la pluma de Javier Marías. Es una mujer, sí, un álter ego del propio escritor, que permite entrever que detrás de todo ello hubo un esfuerzo monumental por ponerse del otro lado, por explicar al género femenino desde su propia perspectiva, para llegar a la conclusión (o no) de que, en el fondo, hombres y mujeres somos sumamente predecibles: parecemos impulsados por los engranajes de la misma maquinaria, consecuencia de la sociedad del consumo donde nos tocó vivir, que dibuja sobre el piso las directrices de nuestros pasos a seguir. “Prohibido enamorarse”, es una de las consignas de este mundo. “El que se enamora, pierde”, es otra de ellas.

No sé si ya lo he dicho antes, pero Marías es un escritor para el que se requiere de muchísima paciencia. En ninguna de sus novelas, mucho menos en ésta, se suceden los hechos uno tras otro para no perder ni por un segundo la atención del lector sediento de acción. Javier Marías trabaja como el mejor de los orfebres cada una de sus líneas, y el amor que profesa el autor por las palabras es el mejor aliciente para seguirle la pista y llegar hasta el final.

Breve diccionario clínico del alma

Yo tengo mi propia historia con este libro. He estrechado lazos con él a un grado tal que ahora, mientras yace aquí a mi lado, cerrado y con las marcas que dan fe de que ya hubo quien recorriera una a una todas las páginas que lo componen, siento una nostalgia dispersa, una tristeza incontenible, un vacío que deja mi pecho al descubierto. No sé a ciencia cierta por qué me siento así, aunque tengo un par hipótesis que no necesariamente son mutuamente excluyentes. La primera es que padezco el pesar del lector aturdido por haber llegado al final, por haber concluido lo que hubiésemos deseado prolongar indefinidamente, por atestiguar la muerte de un texto que, paradójicamente, es inmortal. La otra hipótesis, igual de factible, es que me acongoja lo que ahí he leído; que me ha embriagado la zozobra de las historias y los cuentos, de las metáforas y los versos que el autor en sus páginas nos ofrece.

Supe de él hace un par de años, cuando Andrés llegó a la editorial entusiasmado con la idea del Diccionario. Ahí me enteré, asimismo, de que Jesús Ramírez-Bermúdez es un gran neuropsiquiatra, cuya brillante trayectoria contrasta con su juventud. Hoy, al terminar de leer el libro, me queda clara la magnitud de su sensibilidad y su extraordinaria curiosidad por comprender el inabarcable espectro del alma humana. Para cuando todo esto ocurrió, el libro todavía no estaba terminado y en el horizonte, para mí, se perfilaban infinidad de planes que fueron desdibujando la expectativa y el interés por este texto.

Volví a México luego de una breve estancia en el extranjero, y me topé con que el libro ya estaba publicado. “Ah, míralo… Qué bonita la portada… Habrá que leerlo…” Y mientras tanto, lo reconozco, la lectura de otros libros, la férrea intención de leer, de una buena vez por todas, Drácula y Las mil y una noches, me mantuvo al margen de la consecución de un plan tan interesante. Recibí la invitación a la presentación del libro el pasado jueves, y sin dudarlo ni un instante decidí asistir. No sé, insisto: hay algo… algo en este libro… que genera en mí una atracción fatal, una curiosidad extraordinaria.

Todos aquellos que asistieron al evento sabrán que el encuentro fue totalmente sui géneris, único en su especie. La bella introducción a cargo de Pérez Gay y Roger Bartra fungió como el preámbulo perfecto para las palabras sencillas, descomplicadas, sensatas, amorosas de Jesús Ramírez, a quien no sé por qué me dirijo con una familiaridad inusitada. Confieso aquí que tanto su pasión por la medicina como el punto en que ese mismo fervor se interseca con la literatura me dejaron atónita y absorta en un universo paralelo.

El público se pronunció también, poniendo sobre la mesa cuestiones tan interesantes como la forma en la que la locura se ha romantizado a lo largo de la historia, y de eso dejan constancia grandes obras de la literatura universal. En palabras del autor, en realidad, la única constante irrefutable de la locura, del tipo que sea, es un dolor contundente producto de la incomprensión. [Sí, duele. Cala en lo más hondo. La locura hiere de muerte. La incomprensión destruye.] La audiencia intervino una y otra vez con aportaciones interesantísimas, como el tema, por ejemplo, de la esquizofrenia hereditaria: “Varios de los grandes genios de la historia han tenido hijos esquizofrénicos, tal es el caso de James Joyce y de Albert Einstein, por sólo citar un par…” El debate que se generó luego de la presentación pudo haberse prolongado, horas y horas, y sin lugar a dudas todos hubiésemos escuchado atentos hasta el final.

Hoy terminé de leer el libro. Lo comencé ayer. Pude valerme de las vides del desempleo para ganar ventaja sobre el apremio del tiempo, siempre implacable. No sabría bien cómo definir un libro que se encuentra a medio camino entre el ensayo y la reseña literaria, entre las memorias de un médico excepcional y el testimonio clínico de un doctor que a través de la literatura quiere acercarse a sus pacientes. No hay una sola historia en este libro que no sea conmovedora, emotiva, bella, ante la cual el lector pueda permanecer indiferente. Estas páginas, sobre todo, traslucen la terrible aflicción en los ojos de aquel que atestigua cómo poco a poco un ser querido va hundiéndose, irreversiblemente, en la inclemente espiral de las enfermedades mentales y sus trágicos… siempre trágicos… desenlaces.

El Breve diccionario clínico del alma es, también, una extraordinaria guía de lectura para todo aquel que quiera acercarse a la psique humana a través de la literatura. Y como para muestra sobra un botón, aquí les dejo este fragmento, bellísimo, que además funge como la prueba irrefutable de que estamos ante un libro cuya lectura no es recomendada, sino obligatoria:

En la mitología griega, en la fábula de Arreola y Monterroso, en la fabulación de Borges o Italo Calvino, de Paul Auster y Robert Graves, en la fantasía creyente de Tolkien y en la ironía de Carroll, aprendemos verdades inesperadas sobre la naturaleza del mundo y sus habitantes, a partir del hechizo puro de la ficción; de la mentira al absurdo, de la parábola al invento arbitrario, el lector condescendiente, pero también el adusto y el escéptico, experimentan la inquietud de una revelación incómoda en las lecciones del gólem, el mago vencido, el universo ficticio, el futuro improbable […]

No sé si ya lo he dicho antes sobre otros libros: este libro es mucho libros. Es, por un lado, una tierna y respetuosa aproximación a los padecimientos del alma, en cuyos matices tarde o temprano nos vemos involuntariamente reflejados; es un diccionario clínico al alcance de todos, donde podemos disipar infinidad de dudas gracias al lenguaje conciso y accesible de su ilustrado autor; es, desde luego, un poema al amor por la lectura; y es, finalmente, una válvula de escape. “¿Y una válvula de escape por qué?”, se preguntarán. Es sencillo: todos los que padecemos la ausencia de un ser amado, incomprendido, podemos evocarlo, y perdonarnos, a través de este exquisito anecdotario.

La virgen y el gitano

Pensando en la mejor manera de comenzar un post sobre este libro, se me ocurrió que ningún mercado está más saturado que el de las emociones. Las emociones puras, aquellas de las cuales se derivan todas las demás, pierden protagonismo en un mundo donde sólo puede tildarse de verdadero aquello que se exacerba hasta el cansancio, que se manipula, que se ejecuta. Las imágenes cotidianas pasan desapercibidas a menos que estén atiborradas de violencia, de sexo, de euforia, del dramatismo propio de un mundo en el que sólo se escucha la voz de aquel que alza la voz con más fuerza. Las metáforas y las ideas, al parecer, se eclipsan frente a todo aquello que puede expresarse en términos concretos y tangibles. Aquí, sólo lo que pasa importa. De lo que se siente ya no hay quien se ocupe.

La virgen y el gitano, desde la portada, promete un derroche de sensualidad y un grito sofocado por el peso de la censura. La cuarta de forros, además, reza que se trata de “una de las más provocativas y escandalosas novellas del inglés D.H. Laurence”. Grande es la sorpresa del lector al encontrarse entre las páginas de una historia donde la pasión y el erotismo existen en la más sublime, la más primigenia de sus manifestaciones: la insinuación. En este libro no pasa nada, y es ése exactamente el tesoro más grande que a través de estas líneas nos ofrece el autor. ¿Es imposible entablar una relación con alguien a quien nunca se ha tocado? ¿No se desea más aquello que sólo poseemos en un plano onírico, sin nunca transgredir el umbral de lo terrenal? Yo confieso que sigo agitándome de vez en cuando ante la visión perturbadora de aquello queay, cómo quisiera, pero que no es ni será.

Esta novelita, breve como este post, es un gran legado. No hablo, en absoluto, de las ideas del autor sobre la moralidad y la sexualidad, que permean el texto a muchos niveles y desde diversas tesituras. Me refiero al regalo de la alusión, a la fuerza de la incitación. Hay universos que no se rozan nunca y, sin embargo, es la tensión entre ellos lo que permite que los mundos sigan girando.

Que vivan los mensajes no codificados. Que viva la pasión inacabada.

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Por cierto: grandiosa la labor de la Editorial Impedimenta. Compren estos libros: bellos, artesanales, cuidadosamente seleccionados; hechos con amor del bueno que, por cierto, sí se puede tocar.

El amor en los tiempos del cólera

Hoy, el mundo adolece de una terrible falta de amor. Una aseveración así, tan arriesgada y tan dolorosa, se constata en cada uno de los titulares que los diarios arrojan día tras día. Estamos cubiertos de muertos, de asaltos repentinos, de xenofobia y de racismo, de incertidumbre y de desconfianza, de atropellos y desigualdades, de catástrofes naturales y de epidemias que azotan a los más pobres e indefensos. En México, en este país por el que sigo deshaciéndome en halagos, la violencia sigue in crescendo con un saldo devastador para una población que hoy vive, más que nunca, a la sombra del pánico y la histeria colectiva.  En un mundo como hoy, el paraíso de Borges fácilmente palidece ante una tremenda falta de amor. Hoy más que nunca, por lo tanto, tenemos que asirnos con fuerza a todo aquello por lo que vale la pena vivir; a todo aquello que sigue insuflando las ilusiones perdidas.

Y es en este contexto, precisamente, que decido sumergirme en la que muchos consideran la obra maestra de Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del cólera. Buscaba en el reverso de cada página una historia desgarradora, intensa, que me expulsara de mi aletargamiento emocional. Una crónica del amor entre dos personas que sí supieron amarse, que legaron sus vicisitudes al mundo entero para devolvernos la fe en aquello que para algunos de nosotros está perdido. Un testimonio de que sí se puede, de que aun plagado de claroscuros, el amor puede manifestarse en su estado idílico, prometido, irreal.

Y resulta, nada más y nada menos, que El amor en los tiempos del cólera no es sino el recuento de un amor que no se pudo; de un amor imposible; de un amor que raya en lo patético, en lo cansino, en lo inverosímil. El amor que Florentino Ariza profesa por Fermina Daza hasta el último día de su vida es un amor que amedrenta, que impacienta, que nadie desearía para sí. Al hallarnos al par de ancianos retozando en la nave de aquel buque que no va a ningún lado, en la recta final de sus vidas, es imposible no reparar en cuán estereotipado tenemos al amor: el amor es una idea exclusiva de aquel que es joven, de aquel que tiene la vida por delante, de aquel cuya lozanía y cuyo brillo en los ojos lo vuelven digno de ser amado por otra persona. El amor en la senectud lo interpretamos como costumbre, como los resquicios del fuego que antaño ardió y del que hoy no quedan sino las cenizas de la gratitud y las costumbres inamovibles.

Hablemos entonces de la novela al margen de la idea escurridiza del amor. La primera escena es, para mí, la más impactante y la más bella de todas. El suicidio de Jeremiah de Saint Amour y la forma en que el doctor Juvenal Urbino constata palmo a palmo la inercia de aquel cuerpo tieso y sin vida es alucinante. Es esta escena inicial la que engancha al lector de forma contundente y absoluta. Es más: si no les apetece leer las 500 páginas de El amor en los tiempos del cólera, yo recomiendo, al menos, leer este primer capítulo que da fe del oficio del renombrado colombiano. Una chulada, sí señor.

Estamos ante una novela impecablemente escrita cuyos personajes nos resultan tan cercanos como aquellas personas al lado de las cuales transcurre nuestra cotidianidad. Es maravilloso seguir de cerca la gestación del amor entre los jóvenes Florentino y Fermina: aquella tenacidad, aquella ingenuidad, aquella audacia, aquel tesón. Imposible mirarlo todo tan de cerca sin sentir nostalgia por aquello que algún día fuimos y que a veces, cuando nos vemos repentinamente embriagados por la promesa renovada del amor, volvemos a ser. Florentino y Fermina aprenden a amarse más por curiosidad que por necesidad, y García Márquez arrastra al lector al grado de convertirlo en cómplice y testigo de ese amor desenfrenado.

Luego de alimentar con creces la ofrenda de aquel amor, Fermina descubre el desencanto en los ojos grises de aquel hombre invisible al que creía amar profundamente. Y he ahí otro de los momentos más emotivos de la historia: no sólo porque el rechazo constituye un elemento dramático de grandes proporciones, no, sino porque todas hemos alimentado (sí: es ésta una reacción propia del género femenino) la promesa de un amor que somos incapaces de cumplir. A veces, no sé, nos da por sentirnos amadas, deseadas, admiradas, añoradas. Nos gusta pensar que en aquellas noches frías e insomnes es nuestra imagen la que acompaña al pretendiente al desahogo y la liberación. Optamos por avivar las brasas de un amor que no estamos dispuestas a asumir, y que con profunda insensatez exacerbamos hasta el cansancio. Eso mismo le pasó a Fermina Daza, y eso mismo nos ha pasado a varias: “Aléjese, no puedo quererlo, no me busque más”.

El amor en los tiempos del cólera es, por lo tanto, un recuento del amor inquebrantable que Florentino Ariza le dedicó a Fermina Daza hasta el último día de su vida, sobre el telón de fondo de una Haití desangrada por varios flancos: los excesos del colonialismo y las repetidas epidemias de cólera que siguen azotando a la nación más pobre y más marginada de Latinoamérica.

Me pregunto cuántos Florentinos Ariza existen en el mundo. Cuántos hombres de todas las edades siguen atrapados en la espiral de un amor que no los deja morir en paz. Cuántos hombres cargan en los bolsillos con el rostro de aquella mujer que no los ama y que los ha expulsado abruptamente de su vida, para poner esa careta sobre el rostro de la mujer sin nombre que yace bajo suyo henchida de placer. Florentino Ariza le hizo el amor a todas las mujeres de la comarca, y fueron ésas las veces en que le hizo el amor a Fermina Daza sin jamás haberla tocado. Este mal, sin embargo, no es propio de los hombres: hombres y mujeres obcecados vamos por la vida aferrándonos al recuerdo de aquel que hoy ha olvidado nuestro nombre y nuestra voz, y nosotros seguimos evocándolo, incansablemente, cada vez que un nuevo extraño penetra en los intrincados parajes de nuestra insondable intimidad.

En fin… el amor y su cólera irrefrenable.

Las insolencias de la RAE

Esta mañana ha sido publicado en El País un artículo bella y apropiadamente intitulado “La ‘i griega’ se llamará ‘ye'”. Aquí se enumeran algunos de los cambios en la nueva edición de la Ortografía de la Real Academia Española. Aquí nos enteramos, básicamente, de una serie de modificaciones en tres líneas paralelas.

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En primer lugar, el nombre de ciertas letras queda formalmente estipulado. Esto a mí, básicamente, ni me va ni me viene; pero pa’ que consten aquí los cambios, respecto a los cuales no me pronuncio ni en contra ni a favor, ahí les van: la B se llamará be; la V se llamará uve; la W se llamará doble uve; y la Y se llamará ye. Cito a Javier Rodríguez al elegantemente rematar con la siguiente frase: “Por supuesto, la desaparición de la i griega afecta también a la i latina, que pasa a denominarse simplemente i”. No quisiera yo ser aguafiestas, pero ¿pa’ qué nos hacemos? La B para nosotros seguirá siendo be de burro; la V, ve de vaca; la W, dobleú (me encanta esta palabra que la RAE, por cierto, no recoge); y la Y, i de Yo soy Aquél.

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Y ahora que mencionamos aquello de Yo soy Aquél, permítanme comentar otra de las puntadas de la RAE. Ésta es más bien una sugerencia y no una imposición, ya que ambas grafías son igualmente válidas. La sugerencia de la RAE es suprimir los acentos para diferenciar entre adjetivos y pronombres. ¿De qué hablamos? No es lo mismo Esta mesa me gusta que Ésta me gusta. Queda claro entonces que el acento nos ayuda para diferenciar entre un adjetivo demostrativo y una locución donde queda implícito el sujeto. Bueno, pues la RAE dice que nanai, que cuello a los acentos, que no son necesarios, que la gente entiende. Entonces, con base en lo que la RAE dice (y viene haciéndolo desde 1960 en sus publicaciones), es correcto escribir “Aquel es muy grande”, “Ese no me gusta” o “Estas ya llegaron”. A mí, nomás de leerlo, me da urticaria.

No sólo adjetivos y pronombres son sujetos a la supresión de acentos a diestra y siniestra. La palabra solo (adjetivo) y sólo (adverbio) también tendrán que sufrir las devastadoras consecuencias de la (anti)cultura de la eliminación de tildes. ¿Y qué pasa entonces en los casos donde cabe la anfibología? Por ejemplo: Llegaré solo esta tarde y Llegaré sólo esta tarde.  Es sólo (así, coño, con acento) gracias a la tilde que podemos inferir lo siguiente: en el primer caso, quien habla dice que llegará sin compañía, mientras que en el segundo caso nos dice que únicamente vendrá esta tarde. Otro ejemplo: Ese pálido se pondrá y Ése pálido se pondrá. En el primer caso sabemos que pálida es la pieza que alguien se pondrá (un vestido, un suéter), mientras que en el segundo ejemplo sabemos que el sujeto de quien se habla se pondrá pálido él mismo. Incluso en estos casos la RAE sugiere suprimir todo tipo de acentos: “El contexto es lo suficientemente claro como para que el lector entienda de qué o de quién se habla”. Ya ven ustedes que no lo es, y que los acentos siguen siendo necesarios.

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El tercer cambio, y para no marearlos más, está igualmente relacionado con los acentos. Es verdad que los monosílabos no se acentúan a menos que tengan un homófono: por ejemplo, más y mas: más con acento hace alusión al exceso, al aumento o la superioridad, mientras que mas sin acento se emplea como sinónimo de pero o sin embargo: “Quiero más patatas, mas sé que no es bueno para mi salud”. Bueno. Pues en esta cadencia, la RAE ha optado por suprimir los acentos de todos los monosílabos que no tengan homófonos, rompiéndonos así a todos el esquema. Palabras como guión o truhán, consideradas monosílabas por la RAE, pero bisílabas si mantienen el acento, de ahora en adelante tendrán que ser guion y truhan. A mí nomás de escribirlas sin acento se me estruja el corazón.

Mientras en el apartado anterior es posible seguir aplicando el criterio propio para decidir si queremos o no usar acentos para diferenciar entre adjetivos y pronombres y entre solo y sólo, en este caso la eliminación del acento es obligatoria y quien se atreva a acentuar estos “monosílabos” de ahora en adelante cometerá una falta ortográfica digna de toda reprobación y exclusión de los círculos lingüísticos.

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Bien dice el gran Miguel Ángel Guzmán que en la RAE son extraordinarios lingüistas pero pésimos editores.

Cada quien sabrá qué hacer con todo esto. Yo, por lo pronto, les adelanto que jamás dejaré de acentuar los pronombres que sin acento se travisten de adjetivos, que sólo y solo siempre habré de diferenciarlos con su tilde correspondiente, y que lo de guión y truhán me lo pensaré bien antes de tomar una decisión.

La próxima vez que busque un corrector, yo también voy a poner mis reglas:

“Se busca corrector que se pase a la RAE por el arco del triunfo”.

Sí señor.

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Un hallazgo. Una palabra bellísima que me encontré en la RAE, que formará parte de la tercera edición: adrenalínico.