Así empieza lo malo

portada-asi-empieza-malo_grande

Soy una gran entusiasta de Javier Marías. Siempre lo cito cuando de mencionar a mis autores favoritos se trata. Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí me turbaron profundamente: redefinieron mi universo entero. Los enamoramientos me gustó mucho, pero no alcanzó para mí la genialidad de sus dos grandes novelas. Sus ensayos me gustan. Sus cuentos también. Comencé Fiebre y lanza e interrumpí su lectura al toparme con Así empieza lo malo: difícil resistirse a la tentación del libro recién salido del horno, del que todo mundo comienza a hablar, sobre el que pronto se publicarán infinidad de reseñas… no quiere uno que lo agarren desprevenido en tales circunstancias. Así que aplacé la lectura del que la crítica ha tenido a bien llamar “su obra cumbre” en pos de volcarme sobre la lectura de su más reciente novela.

No sólo no sé nada de crítica literaria: habría que arrancar diciendo que no sé nada de literatura. Leo lo que me gusta, lo que me recomiendan, lo que me llama. No leo reseñas ni confío en los intelectuales. Confío en los lectores apasionados que me topo en el camino y que son, en gran medida, mis consejeros literarios. Habiendo dicho lo cual, he de decir que me parece, desde mi trinchera, desde mi ignorancia, que existe una tendencia entre los críticos y la prensa española a poner la nueva novela de Marías en el primer lugar de las listas de “las mejores novelas” con las que se empeñan en asfixiarnos, como si existiera aún lector tan ingenuo como para confiar en esos inventarios que se hacen a diestra y siniestra y que disfrazan, en el fondo, intereses innobles y muy alejados del amor por la literatura.

Así empieza lo malo es una buena entrega a la que le sobra la mitad. En esta “novela sobre el deseo, el rencor y la arbitrariedad del perdón” se vuelven intolerables esas disquisiciones que tanto le habíamos celebrado a Marías. Bien sabido es que los grandes autores como él pueden tomarse todas las licencias que quieran y siempre, de venir a cuento, son bienvenidas. Pero esta vez, lo digo convencidísima, fue demasiado. Entiendo que como telón de fondo a la historia principal, la de Muriel, Beatriz y el joven De Vere, Marías quiso evocar la dictadura de Franco para desenmascarar la doble moral de aquel tiempo, para acallar fantasmas, para revolcarse junto con los cadáveres. Lo entiendo. Pero nadie venga a mí a decirme que tanta digresión histórica abona a la historia que, en efecto y como todas las de Marías, es estupenda. A esta novela de 540 páginas le sobran 300. Y cuando hay tantísimo que leer, esto no se le perdona a un escritor. Y por qué la terminé, se preguntarán ustedes: la única respuesta que se me ocurre es “Por tradición”. De no haber sido Marías, sin duda, hubiera abandonado la lectura en la página 200.

Más allá de su extensión a mis ojos injustificada, hay que decir que por primera vez me topé con un Marías predecible. Una mano invisible a la que, para mi sorpresa, logré pisarle los talones para anticiparme al final. Yo no soy lectora avezada, en absoluto: precisamente por eso me extrañó sobremanera que pudiera yo aventajarme a media lectura para predecir lo que estaba por venir. Supongo también que esto tendrá que ver con que ya no tengo 20 años, que eran los que tenía cuando comencé a leer a Marías, y una lectora de 30 años puede atisbar entre las persianas lo que una de 20 no alcanza siquiera a imaginarse.

Pero no todo fue malo, en absoluto. Decir algo así sería mentir, calumniar. Es una buena novela. A mí me quedó a deber muchísimo porque consciente soy de aquello de lo que Marías es capaz: pero es difícil vivir a la estela de novelas tan espléndidas como Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. No obstante, Así empieza lo malo tiene lo suyo, cómo no: el final lo disfruté como el que más. No podía detenerme, no quería que terminara. Aun así, no pudo haber sido el mejor libro del año bajo ninguna circunstancia, de veras. Es un libro bueno, sí, que da mucha tela de donde cortar y que tiene al menos un personaje entrañable: Beatriz (con cuyo cuerpo me sentí identificada y reivindicada, pero ésta es ya una intimidad que no viene a cuento).

Aunado a esto, me aventuro a decir que en sus páginas se encuentra la mejor descripción del amor que haya yo leído jamás. Haberme topado con esta frase en la primera mitad del libro me insufló de vida, me dio fuerzas para llegar hasta el final con la ilusión de que la cosa mejorara. Estas líneas valieron las 540 páginas:

“¿Por qué habría de querernos el que señalamos nosotros con tembloroso dedo? ¿Por qué ése justamente, como si nos tuviera que obedecer? ¿O por qué habría de desearnos aquel que nos turba o nos enciende y por cuyos huesos y carne morimos? ¿A qué tanta casualidad? Y cuando se da, ¿a qué tanta duración? ¿Por qué ha de perseverar algo tan frágil y tan prendido con alfileres, la más rara conjunción? El amor correspondido, la lascivia recíproca, el enfebrecimiento mutuo, los ojos y las bocas que se persiguen simultáneamente y los cuellos que se estiran para divisar al elegido entre la multitud, los sexos que buscan juntarse una y otra vez y el extraño gusto por la repetición, volver al mismo cuerpo y regresar y volver… Lo normal es que casi nadie coincida, y si existen tantas parejas supuestamente amorosas es en parte por imitación y sobre todo por convención, o bien porque el que señaló con el dedo ha impuesto su voluntad, ha persuadido, ha conducido, ha empujado, ha obligado al otro a hacer lo que no sabe si quiere y a recorrer un camino por el que nunca se habría aventurado sin apremio ni insistencia ni guía, y ese otro miembro de la pareja, el halagado, el cortejado, el que se adentró en su nube, se ha ido dejando arrastrar. Pero eso no tiene por qué persistir, el encantamiento y la nebulosidad terminan, el seducido se cansa o despierta, y entonces al obligador le toca desesperarse y sentir pánico y vivir en vilo, volver a trabajar si todavía le restan fuerzas, montar guardia a la puerta y rogar e implorar noche tras noche y quedar a merced de aquél. Nada expone ni esclaviza tanto como pretender conservar al que se eligió e inverosímilmente acudió a la llamada de nuestro tembloroso dedo, como si se obrara un milagro o nuestra designación fuera ley, eso que no tiene por qué ocurrir nunca jamás…”

Habiendo leído, releído y memorizado esta frase, es imposible concebirnos en una relación sin pensar quién fue el obligado y quién el obligador. Quién señaló a quién y cuánto tiempo más durará esa realidad ilusoria, prendida con alfileres, que esclaviza y acorrala y que, invariablemente, nos hará cínicos y traicioneros.

Maus

9786073125819-1

Maus fue la primera novela gráfica en la historia en ganar un Pulitzer. Es quizás éste el dato que más persista en la memoria de aquellos que han tenido contacto con el libro. Otro de los aspectos que más se recuerdan, me parece a mí, es la técnica “posmodernista” —no me gusta usar estos terminajos, pero a veces no queda de otra— de representar a las distintas razas humanas como animales: judíos como ratones, alemanes como gatos y polacos no judíos como cerdos.

Ok.

En el abigarrado mundo de la literatura de la segunda posguerra es difícil, al menos para mí, toparme con un libro que refresque el discurso de siempre, que siembre en mí las ganas de llegar hasta el final. Maus, como muchos de ustedes saben, es la historia de Vladek y Anja Spiegelman, padres de Art, judíos polacos sobrevivientes del Holocausto. La propuesta gráfica es cuando menos interesantísima para un lector tradicional —como yo, por ejemplo—, y esta secuencia en imágenes justifica sobradamente la calidad y la originalidad del libro.

De acuerdo.

Sin embargo, lo que yo conservo de mi lectura de Maus es algo que a pocos he escuchado mentar. La historia de Vladek y Anja, desde que se conocieron y se enamoraron hasta que muchos años después, luego de sufrir lo indecible a manos de los nazis, llegaron en calidad de refugiados a Estados Unidos, está construida a partir de las muchas conversaciones que Art sostuviera con su padre en los setenta, varias décadas después de concluida la guerra. Y varias décadas después, también, del doloroso suicidio de su madre.

Art tuvo siempre muchas preguntas, pero no fue sino hasta casi cumplidos los treinta años que se atrevió a formularlas. Vladek, su padre, aún vivía, y Art decidió entregarse de lleno a la tarea de reconstruir el viacrucis que condujo a sus padres primero a Estocolmo, donde él mismo nació —casi de milagro—, para finalmente asentarse en Nueva York.

Vladek nunca aprendió bien inglés. Llegó a Estados Unidos tarde, cansado. Se puede comunicar y lo entiende todo perfectamente bien, pero su inglés es mocho, y Art decidió retratar a su padre tan fidedignamente como le fue posible. Este inglés mocho se conserva desde luego en la traducción al español, lo que conforma, para mí, gran parte del encanto de este libro. Porque no es lo mismo “Y entonces, bajamos a gran velocidad las escaleras” que “Así bajamos velocidad fuerte las escaleras”. Por ejemplo.

La parte más decididamente entrañable de este libro, me parece a mí, obedece a la cotidianidad que atisba desde las comisuras de la difícil relación padre–hijo durante estas conversaciones. Tenemos, por un lado, a un Vladek exhausto, enfermo, testarudo y gruñón, eternamente enamorado de la Anja ausente —quien los traicionó abandonándolos a la sordidez y frivolidad de este mundo—; un Vladek para quien los años no han hecho sino amargar su vida de superviviente, que deja poco espacio para la paz y la alegría. Por otro lado, tenemos a nuestro protagonista en las sombras: Art Spiegelman, el exitoso historietista que se confronta con su pasado y el de sus padres, agudo, soberbio y extraordinariamente inteligente, quien llega incluso a cuestionarse si se merece la vida que tiene cuando ésta ha sido posible sólo a costa del sufrimiento de sus padres, del suicidio de su madre cuando él era apenas un niño. Un Art que deja entrever su contrariedad a medida que reconstruye una historia cuyas heridas no han cicatrizado. Un Art Spiegelman destinado a coronarse como el ganador del Pulitzer, que ama y odia a su padre a medida que va armando el rompecabezas de esta historia, Maus, que no en pocas ocasiones estuvo a punto de abandonar.

Qué bueno que no lo hizo.

El rostro y el alma, Francisco González Crussí

9786073123181-1

La primera vez que leí un texto del doctor González Crussí fue en el prólogo al Breve diccionario clínico del alma, del también doctor Jesús Ramírez-Bermúdez. Me sorprendió gratísimamente su prosa impecable, elegante, erudita, emotiva. Me conquistó definitivamente luego de explicar que «más que simple enfermedad, el trastorno mental es un desgarro del ser por donde se filtra una luz que nos descubre dobles, obsesionados o extasiados; es una puerta que se abre al misterio de nuestra naturaleza, y al abrirse despierta los fantasmas internos y libera lo que bulle en lo profundo de todos los seres humanos: imágenes, visiones, sueños, quimeras y fantasías». Para rematar ese prólogo de colección, el doctor Crussí nos convence: «la enfermedad mental no es negación ni denigración de lo humano; no es animalidad; es la otra cara, la vertiente umbría de nuestra inalienable humanidad».

Un texto tan bello me arrastró, naturalmente, a seguirle la pista a un escritor de esta envergadura. Fue así como llegué, entre otros, a sus hermosos textos en Letras Libres. De esta pesquisa recuerdo, entre muchos, un bello ensayo titulado «El origen del deseo», donde el autor nos dice que «el deseo es fuerza centrífuga», porque va siempre dirigido al Otro. «El onanista no se desea a sí mismo: suple, con acrobacia imaginativa, la realidad del ausente. El onanista puede, si quiere, sacar de su cerebro todo un serrallo: la imaginación le permite ser sultán.» Todo esto nos lleva, finalmente, a la conclusión de que una de las cualidades específicamente humanas es, ni más ni menos, «poder hacer el amor con fantasmas».

El día que recibí, a través de un autor muy querido, el correo del doctor González Crussí de modo que pudiera, ¡por fin!, aproximarme a él para proponerle que publicara un libro en la editorial donde trabajo, me temblaban las manos, retumbaba mi corazón. Mi reacción no se hizo esperar luego de que, a vuelta de correo, apareciera en mi buzón el nombre de Francisco González Crussí. Su escritura impoluta y su trato siempre amable, pleno de humildad, me develaron al hombre detrás del texto: como rarísima excepción, se yergue el doctor González Crussí como uno de los mejores ensayistas de nuestros tiempos; uno de los intelectuales más eruditos pero exento de toda jactancia; un escritor tremendamente entretenido, irónico y colmado de sabiduría.

«El rostro con que venimos al mundo es una de tantas prendas que nos tocan en el despiadado juego de azar que es el destino»: he aquí la primera frase que el doctor Crussí nos regala en El rostro y el alma: una antología de siete ensayos fisiognómicos como nunca ha habido otra. En este libro de propiedades hipnóticas, el lector se sumerge en el fascinante mundo del rostro y el alma y emprende un recorrido alucinante donde descubre, por ejemplo, el corazón hirsuto de Aristómenes, un héroe griego que, de tan valiente, tenía cabellos en el corazón. O el prejuicio extendido —¡aún en nuestros días!— de que el tamaño de la nariz se correlaciona directamente con las dimensiones del órgano copulatorio masculino: no por nada, nos cuenta el autor, «el disoluto emperador Heliogábalo, dado a orgías con marcado componente homosexual, tenía cuidado de escoger como invitados a jóvenes cuyas dimensiones nasales eran considerables».

No me corresponde a mí calificar este libro, en absoluto. Como lectora, como editora, no me resta sino decir que admiro profundamente al doctor González Crussí: por su sabiduría, por su inenarrable sentido del humor, por su amor por la palabra y su forma de ejercerla; y hay que decir, también, que le estaré eternamente agradecida por haber permitido, en su modestia infinita, que fuera yo quien trabajara con él en esta ocasión, desde la penumbra, para dar a luz un libro tan extraordinario como El rostro y el alma.

¿Y qué esperan? ¡Corran a comprarlo!

La lápida de papá

Ni siquiera fui antes de irme a Polonia, a sabiendas de que mi ausencia se prolongaría casi por dos años. Es más: a sabiendas de que quién sabe si regresaría. (Pero cómo no regresar a mi México tan querido.) Tampoco fui cuando volví. Esto quiere decir que hacía, más o menos, cinco años que no iba a ver a papá.

Tengo a papá colgado en la pared. Tengo a papá en el rostro de mi hermano Isaac. Tengo a papá todos los fines de semana, cuando me reúno con mis hermanos. Tengo a papá en mamá, quien lo extraña a pesar de todo. Tengo a papá en la curiosidad ajena, que se dispara ni bien cuelo un detalle sobre su vida, por mínimo que sea. Tengo a papá en los ojos, que (dicen) son idénticos a los de mi abuelo, su padre. Tengo a papá en los boleros, en José José, en el cine mexicano, en los clásicos de la MGM. Tengo a papá en los libros de Oliver Sacks, que me ayudan a entenderlo mejor. Tengo a papá en mis sueños, donde una y otra vez se hace presente para susurrarme palabras de amor. Tengo a papá taladrado en el alma y en el corazón. Lo tengo aquí, a mi derecha, acompañándome mientras escribo y asintiendo cada vez que llego al punto y aparte.

Y hoy fui a ver a papá al panteón. “No tenemos ahora para flores”, le dije a H, “pero papá sabrá entender. Escapémonosle a la señora que me cobra cada vez que me ve, seguro se acuerda de mí. Ya la encararé en la quincena, cuando esté en condiciones de ponerme al día con lo que sea que cobren”. Quería dejar una piedra en su lápida y presentarle a H, mi compañero desde hace dos años, el hombre que me hace tan feliz. Quería contarle cómo me fue. Quería darle las gracias por todo lo que me da. Llegamos a Constituyentes y dimos la vuelta en ese retorno que queda al final del mundo. Odio esa avenida. Dejamos el coche frente a la entrada principal.

Recorrimos los laberínticos pasillos a grandes zancadas. Las menorás y las estrellas de David se sucedían junto con las inscripciones en hebreo y las fotos de quien ahí descansa. No me detuve en ninguna. Solía hacerlo al principio, hace dieciséis años. Ahora no me interesa. Sentía una urgencia poco habitual. Quería llegar a la tumba de papá.

Hay que pisar varias tumbas en ese panteón tan saturado y tan mal planeado. Hay que llenarse los labios de disculpas para pasar por encima de los mausoleos que componen el perímetro de la tumba objetivo. Y así, pisando tumbas ajenas, llegué a la tan ansiada tumba de papá. No hubo tiempo siquiera de buscar la foto, como siempre hacía. Esa foto que tanto odiaba, donde solía verse un señor que nada tiene que ver con el hombre maduro y amoroso a quien yo tuve la bendición de decirle papá. Antes de mirar a mi alrededor, quedé congelada ante una de las visiones que más hondo han calado en mí: la lápida de papá estaba deshecha. Si me pidieran que describiera lo que vi, sólo se me ocurre pensar que aquello sólo lo provocaría un terremoto terrible capaz de arrasar con todo lo que encuentra a su paso. La lápida de papá se precipitó en añicos hasta lo más recóndito de esa tumba hueca. ¿Todas las tumbas son huecas? ¿Había algo ahí y lo sacaron? ¿Hay necesidad de dejar un vacío así de grande entre el ataúd y la superficie a pesar del vacío tan indeciblemente doloroso que queda entre el que un día está y al día siguiente dice para siempre adiós? ¿Qué le pasó a la lápida de papá?

El llanto brotó de mis ojos sin siquiera darme cuenta. Lo que más me dolió fue la idea de que esa lápida lleva años deshecha y papá todos los días, al ser testigo de un espectáculo tan terrible, se nos vuelve a morir. Me llené de rabia contra mí y contra todos mis hermanos: “A nadie le importa, nadie viene, nadie se ha dado cuenta”. ¿Y si es una llamada de atención? ¿Y si lo que hay que leer entre líneas es que papá nos extraña, que nos quiere ahí de vez en cuando, que no lo descuidemos, que no lo volvamos a abandonar? La gente suele decir que uno debe demostrarle a quien ama lo que siente cuando ese alguien está vivo: “Muerto, ¿para qué?” Yo no creo que la tumba de papá sea sólo una piedra impuesta por el rigor de la tradición judía. Para mí, ese lugar siempre ha sido sagrado. Un lugar lleno de silencio que me permite entrar a lo más insondable de mi alma. Un lugar de profundo respeto. Un lugar donde papá nos espera. Un punto de encuentro donde papá jamás se cansará de esperar.

Se me rompió el corazón un poco.

Lo vamos a arreglar.

Quizás sea la oportunidad para ponerle una lápida bella, esa de mármol oscuro que tanto me gusta. Que tanto le va.

Quizás sea la oportunidad para sembrarle flores alrededor, si es que la complejísima posición que le fue asignada nos lo permite.

Quizás sea momento de reconocer que las citas con los muertos no pueden postergarse, aunque no estén muertos del todo porque perviven en el corazón.

Quizás sea el momento de reconocer que no me perdono haber abandonado a papá por tantos años. Él nunca me ha abandonado a mí.

Se me rompió un poco el corazón. Se me fue de las manos. Cayó de golpe en los más recóndito del sepulcro: justo ahí donde aún yacen los restos de la lápida destrozada.

Oliver Sacks y Dostoievski (O de ese instante que precede al ataque)

La verdad es que sólo de pensar en escribir aquí nuevamente me tiemblan las manos. La escritura, como todas las artes, va pudriéndose si no se le alimenta. Más aún: es tan difícil, tan compleja, tan indomable, que en muy pocos casos puede decirse que uno sabe escribir. Luego entonces, interrumpir el flujo de la escritura implica un haraquiri en este proceso de aprendizaje. Aunque me avergüenza profundamente descuidar este rincón, también he de reconocer que a lo que verdaderamente aspiro es a saber leer… con mucho más ahínco de lo que me interesa dominar el imposible arte de la escritura.

Habiendo dicho esto, a lo que nos truje…

sombrero

Existe un género en la literatura que a mí me trastorna de lo muchísimo que me gusta, que me atrapa, que me intriga. Este género, cuyo nombre desconozco (si es que existe), es aquel donde se intersecan medicina y literatura. Hace algunos meses, el suplemento Cafeína del Reforma estuvo dedicado justo a esas mentes brillantes que se han dedicado a cultivar “La medicina y la literatura”. No lo tengo a la mano, así que no recuerdo todos los nombres que desfilaban por esas páginas. Los nombres que retuve, porque tengo el honor de conocerlos (personalmente a los dos primeros, a través de su literatura al tercero y al cuarto), son el de Jesús Ramírez-Bermúdez, el de Arnoldo Kraus, el de Cristóbal Pera y el del gran maestro de maestros, aquel que se ha coronado como el rey del género en cuestión: Oliver Sacks. Sacks es un neurólogo inglés radicado en Nueva York, que ejerce como profesor, escritor y médico, y que es gran cultivador de las “anécdotas clínicas”. En Anagrama podemos encontrar bellas ediciones de su obra fundamental: Los ojos de la mente, Musicofilia, Despertares, Veo una vozEl tío Tungsteno, La isla de los ciegos al color, Con una sola pierna, Migraña, Un antropólogo en Marte y, finalmente, el libro que aquí nos ocupa: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Las anécdotas clínicas, como nos imaginamos, no hacen sino retratar el lado humano de aquellos a quienes aqueja una enfermedad (en este caso, neurológica). Oliver Sacks, con profundo respeto y amor por sus pacientes, nos adentra en la crudeza del mundo de aquel que ha sido privado de las facultades más elementales y que a su vez compensa el déficit (involuntariamente, claro está) a través de dones fuera de este mundo. Uno de los hilos conductores detrás de todos los casos que nos ofrece el autor es precisamente la incapacidad de la ciencia para explicar los prodigios detrás de una mente que, a la vez que atrofiada, es capaz de los portentos más impresionantes. El lenguaje del autor es asequible para todo público; las referencias clínicas son sólo las indispensables: en ningún momento queda el lector neófito fuera de la jugada.

Como mucho se ha escrito ya sobre Oliver Sacks, quiero sólo concentrarme en una anécdota que me ha impactado profundamente: el instante de felicidad que precede los ataques epilépticos. Cuando leí los casos de aquellos que padecen epilepsia, quienes suelen ahondar en este fugaz frenesí, quedé profundamente impactada. El caso, además, cobra especial notoriedad cuando resulta ser que el gran Fiódor Dostoievski le atribuía su (escasa) felicidad (y su genialidad, valga decirlo) a estos instantes que preceden el ataque:

“Todos ustedes, los individuos sanos, no pueden imaginar la felicidad que sentimos los epilépticos durante el segundo que precede al ataque… No sé si esta felicidad dura segundos, horas o meses, pero créanme, no lo cambiaría por todos los gozos que pueda aportar la vida.”

Dostoievski se refiere a este “arrebato extático” como un clímax a cambio del cual merece la pena dar la vida:

“Hay momentos, y es sólo cuestión de cinco o seis segundos, en que sientes la presencia de la armonía eterna. Es una cosa terrible la claridad aterradora con que se manifiesta y el arrebato extático que te invade. Si este estado durase más de cinco segundos, el alma no podría soportarlo y tendría que desaparecer. Durante esos cinco segundos yo vivo una existencia humana completa y por eso podría dar mi vida entera sin pensar que estuviese pagando demasiado…”

No hay palabras para describir las palabras de Dostoievski. Me sabe mal, incluso, que líneas del gran maestro ruso se combinen con las mías (¡cómo me atrevo!), pero no hay forma de trasladarles el mensaje sino citándolo textualmente.

¿Qué nos depara a todos aquellos que nos deleitamos con la lectura de un buen libro, con la cercanía de los seres amados o con el mejor de los orgasmos, si somos incapaces de experimentar esta “armonía eterna” de la que habla Dostoievski y gracias a la cual, en gran medida, pudo componer sus monumentos literarios, sus radiografías del alma humana? ¿Será, acaso, que las mentes atormentadas son las únicas que tienen acceso al paraíso auténtico (aquel tangible en vida, que puede sentirse sin necesidad de cruzar el umbral que nos separa de la muerte? ¿Será que este paréntesis de luz es la compensación para una vida siempre expuesta a los asaltos de una enfermedad tan severa como la epilepsia?

Yo tengo mucho que agradecerle a grandes como Oliver Sacks, como Jesús Ramírez-Bermúdez, como Dostoievsky. A través de estas anécdotas clínicas trato de entender la mente atormentada de un padre amoroso, lleno, brillante, que dijo adiós antes de tiempo. No sé si papá era consciente de que no era enteramente dueño de sus decisiones, de sus miedos, de sus deseos. Yo sí lo sé y a muchos años de extrañarlo sigo pensando que para mí, el sosiego está en la literatura. En la literatura de este tipo: tan sentida, tan humana, tan implacable, tan llena de pistas. Yo no puedo sino agradecerles a estos médicos que amen la literatura quizás tanto como aman su profesión, y que aterricen su día a día en páginas que para mí son como agua de mayo. Tengo mucho, también, que agradecerle a Dostoievski. No sólo por la obviedad de su legado literario y sus frescos sobre la naturaleza del alma humana. A raíz de la lectura de Oliver Sacks y a este par de citas que hasta acá han llegado, he podido ir más allá en la existencia de un genio que se debía, enormemente, a estos instantes que se antojan irresistibles. Fuera de este mundo.

Apología del tabaco

He aquí que el tabaco puede ser una musa tan grande como la más bella de las mujeres…

«—No lo entiendo —dijo Hans Castorp—. No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Sin duda, es privarse de lo mejor de la vida y, en todo caso, de un placer sublime. Cuando me despierto, me alegro de pensar que podré fumar durante el día, y cuando como, tengo el mismo pensamiento. Sí, en cierto modo, podría decirse que sólo como para poder fumar después, aunque exagere un poco. Un día sin tabaco sería para mí el colmo del aburrimiento, sería un día absolutamente vacío y sin alicientes, y si por la mañana tuviese que decirme ‘Hoy no podré fumar’, creo que no tendría valor para levantarme. Te juro que me quedaría en la cama. Mira, cuando se tiene un puro que arde bien (por supuesto, no puede tener ningún poro o tirar mal, eso es un fastidio tremendo), uno se halla al abrigo de todo, no puede ocurrirle nada desagradable, así de simple, nada desagradable. Es como tumbarse a la orilla del mar: se está tumbado y punto, ¿no es verdad? No hay necesidad de nada, ni de trabajo ni de distracciones… ¡Gracias a Dios, se fuma en todo el mundo! Que yo sepa, este placer no es desconocido en ninguna parte, en ninguno de los sitios a los que uno puede ir a parar. Incluso los exploradores que parten hacia el Polo Norte se aprovisionan de tabaco para afrontar sus peripecias, y ese gesto siempre me pareció muy simpático cuando lo leí. Puede que las cosas le vayan mal a uno (supongamos, por ejemplo, que me encontrase en un estado lamentable); pues bien, mientras tenga mi buen cigarro sé que podré soportarlo todo, que me ayudará a vencer las adversidades.»

Hans Castorp en La montaña mágica, de Thomas Mann.

El más buscado

El Chalo Gaitán no es el Chapo Guzmán, pero cómo se le parece. Él también se fugó de un penal de máxima seguridad; la revista Forbes lo considera uno de los hombres más ricos del mundo; encabeza la lista de los más buscados de la CIA; trafica y corrompe con la misma facilidad con la que se enamora; y vive bajo el amparo del gobierno mexicano. En El más buscado, sin embargo, al Chalo le arrebatarán esa protección el día en que el procurador Villalobos es asesinado: el propio capo entenderá que sus horas están contadas. Por eso mandará traer con urgencia al Cuervo, un veterano compositor de narcocorridos que, justo una noche antes, había decidido retirarse. El Chalo le contará su historia como si de matar se tratara: sin sentimientos de culpa. Y el Cuervo descubrirá que nada es coincidencia, que la aniquilación del capo es sólo un atajo para lo que tanto ansía el presidente cincuentaiséis: que la candidata de su partido gane las elecciones presidenciales.”

Nunca antes, que yo recuerde, había comenzado un post transcribiendo la cuarta de forros del libro en cuestión. Lo que pasa en este caso, no obstante, es que esta cuarta —escrita por el autor, valga mencionarlo— describe perfectamente bien el contenido de esta novela tan de actualidad. La portada y la historia son obvias: la etiqueta de novela sirve como pretexto para acercar al lector al mundo interior del Chapo Guzmán, el narcotraficante más buscado del mundo. Luego de que Osama Bin Laden fuera asesinado —según—, fue el Chapo quien pasó a encabezar la lista de los más buscados de la CIA. Luego de la catastrófica guerra pseudofrontal contra el narcotráfico que emprendiera Felipe Calderón al convertirse en el primer mandatario de los Estados Unidos Mexicanos, parece obvio a ojos de todos que su última patada de ahogado para salvar un sexenio para muchos fallido consiste en la captura del Chapo Guzmán: colgando su cabeza de una estaca y sacando a la luz esta imagen tan grotesca y circense —como todas aquellas a las que, desgraciadamente, hemos aprendido a acostumbrarnos—, el presidente cincuentaiséis bien podría curarse en salud para decir que, al final, todo valió la pena. (Y como para muestra sobra un botón, basta mencionar la patética “captura” del hijo del Chapo hace unas semanas, Jesús Alfredo Guzmán Salazar, que resultó ser una de las puestas en escena más patéticas de la historia del sexenio calderonista.)

Cuando me toca hablar de Alejandro Almazán, lo primero que me viene a la mente —a raíz de la lectura de una de sus novelas previas, Entre perros, y de mi trabajo codo a codo con él— es que se trata de uno de los pocos periodistas mexicanos que tienen la capacidad de crear ficción, de narrar historias, de construir universos imaginarios de una viveza alucinante… esto último no extraña a nadie. En la historia de la literatura, no han sido pocos los grandes escritores que han comenzado como periodistas; no obstante, hoy día parece tratarse de una especie casi en extinción. Alejandro Almazán, y sin afán de hacerle la bola, como dicen quién sabe dónde, tiene dotes de narrador en paralelo con su cada vez más sólida trayectoria como periodista.

El más buscado es una novela divertida y muy… muy cruda. Mientras que por un lado sus pasajes llegan a ser poco más que evidentes, hay quien la puede hallar críptica e impenetrable (me refiero, sobre todo, a aquellos lectores extranjeros por completo ajenos a la jerga del norte del país). Esta novela tiene varios narradores que además están ubicados en ángulos completamente opuestos: valga rescatar la entrañable (¡sí!, ¡maldita sea!, ¡”entrañable” es la palabra!) voz del propio Chalo Gaitán, quien lleva la voz cantante: durante sus encuentros con el Cuervo, afamado compositor de narcocorridos, el lector va enterándose de cómo es que el Chalo ha llegado a ser quien es y cuáles son las encrucijadas que lo han llevado a tomar las decisiones que ha tenido que asumir. Para sentir un poco al personaje, para entender a qué me refiero, quisiera rescatar un pequeño fragmento de uno de los muchos diálogos que tiene con el Cuervo:

“Fíjese, la otra noche recordé cuando mi abuela dijo que un día yo iba a dar de qué hablar. Y mire lo que es la bendición de la vida. De plebe vendí naranjas, quesos y pan; y ora, de ser un pobre hombre pisotiado por la vida, una revista gringa me pone entre los más millonarios. No le voy a negar que la pobreza ni en las películas es bonita, ni que yo a ella la tumbé jalándole al gatillo, pero eso de que tenga mil millones de cueros de rana, con perdón de la palabra, es una mamada. ¿Cómo vergas le hicieron pa’ saber cuánto billete tengo si ni yo mismo lo he contado? Al dinero lo peso, viejón. Es tanto que contarlo no me dejaría tiempo pa’ disfrutarlo. ¿Qué es lo que trato de decirle? Que no se vaya de hocico. Esa lista que sacaron es pura ponzoña. Si fuera justa, a Julio y al Rojo también los hubieran incluido. Pero no, pinchis gringos envidiosos. ¿Pos qué no están enterados de que mis compadres son los dueños del cártel? ¿Creen que nomás el gordo ese del eslim le ha entrado recio a la globalización? […] Hay que ser puercos pero no trompudos.”

¿Ora entienden a qué me refiero?

Algo le falló a Almazán, y ese algo nadie pudo preverlo hasta que las malditas campañas se nos vinieron encima —para entonces, desde luego, el libro ya estaba entregado—: el presidente cincuentaiséis ninguna intención tenía de apoyar a su candidata: fue como si, anticipándose a la escalofriante realidad, decidiera abrirle de par en par las puertas al candidato encopetado pa’ ver si al final podía quedarse con un huesito (o, de perdis, pa’ que ora que pase a desalojar las instalaciones le permitan hacerlo por la puerta principal). Como sea: el leitmotiv de este libro tiene todo que ver con la situación que hoy día atraviesa nuestro cabizbajo país. No, yo no voy a hablar de política porque no sé nada y porque sólo estoy emputada, como muchos otros. Quería hablarles de esta novela, del encanto narrativo de Alejandro Almazán, de esta nueva mirada al mundo del narcotráfico que de ningún modo es una apología, pero que deja al descubierto lo que todos sabemos: la corrupción que permea nuestro sistema y la descarnada realidad que viven todos aquellos que ni de coña, como dice mi jefe, tienen acceso a un blogcillo dizque literario. Digamos, pues, que esta novela basada en la vida del Chapo Guzmán es un ejercicio narrativo extraordinariamente bien logrado. Porque eso sí: ah, cómo te ríes. Y sobre todo: ah, cómo te sorprendes.

No se la pierdan.