Es verdad que hacerme enojar es dificilísimo, por no decir imposible. Si hago memoria, si me esfuerzo por rebuscar entre mis recuerdos, pocas son las veces en las que me he llenado de ira, de rabia, de coraje. Dejando de lado aquellas ocasiones en las que la vida te azota con el látigo de la tragedia y del horror —en las que he blasfemado hasta el infinito— , casi podría afirmar que para hacerme enojar hay que esforzarse bastante. Sin embargo, hay algo que, invariablemente, me enfurece. Y de eso vamos a hablar aquí.

No entiendo la obsesión de ciertas personas, hombres y mujeres, por la “propiedad”. No entiendo a aquellas mujeres que trabajan una vida entera para cubrirse con un manto inmaculado. En pocas palabras: no tolero a aquellas personas que vituperan las groserías, que reprueban el uso de las “malas palabras”, que se valen de eufemismos baratos que ni por asomo expresan lo que se quiere decir, que juzgan a quienes se valen de vocablos ”altisonantes”, “vulgares”, que generan disonancia en esas mentes puritanas que, lejos de “proteger el lenguaje”, dejan al descubierto que desconocen la verdadera fuerza de las palabras.

Hoy leía una reseña que rezaba lo siguiente: “El libro vale la pena porque transmite imágenes muy fuertes sin necesidad de emplear palabras vulgares”. No son pocas las veces en que leo cosas así. Una de mis mejores amigas, una amiga del alma, dejó de decir groserías “porque a su novio no le gusta”. Y más allá de que, en teoría, amar a alguien reside en aceptarl@ y no querer cambiarl@, también es cierto que aquello de “no le gusta que diga groserías” suele ser lugar común en las pláticas entre amigas. ¿Es decir, entonces, que el uso de las majaderías es exclusivo de los hombres, en cuya boca todo suena “bien”?

Error.

No pretendo aquí dar pie a un debate sexista: aborrezco el machismo y el feminismo por igual. Lo que quiero es darle a las majaderías el papel que juegan en el mosaico lingüístico, y pronunciarme a favor de ellas y en contra de toda la mojigatería que vive entre nosotros y que sigue sobresaltándose ante el uso de las mismas, que muchas veces no sólo están justificadas sino que son imprescindibles.

Como para muestra sobra un botón, procedamos a mencionar algunos ejemplos:

No es lo mismo que algo te dé “flojera” —qué palabra más sosa— a que te dé güeva, por supuesto que no.
Los genocidas y los pederastas, entre tantos otros personajes ilustres, no son “malas personas”: son sicópatas hijos de puta, con todas sus letras.
No es lo mismo que la injusticia social “te moleste” a que te empute.
El que te partió el corazón con alevosía y ventaja, el que te hizo llorar tanto sin merecértelo —porque tú sólo le ofreciste amor—, no es un “maldito”: es un ojete.
No es lo mismo que algo esté buenísimo, a que algo sea una chingonería. Una chingonería es el non plus ultra de lo buenísimo.
No es lo mismo “déjame en paz” que no me estés chingando.
Nada que exprese tantísima desazón, tantísima estupefacción, tantísima rabia, como un puta madre bien dicho.
No es lo mismo estar “que no te calienta ni el sol” que estar que te lleva la chingada.
No es lo mismo que algo “no te importe” a que te valga madres.
No es lo mismo “no me gusta” que me caga —y aquí sí podemos ahorrarnos aquello de “la madre”—.
No es lo mismo ser “muy tonto” que ser pendejo. Y como bien dice mi hermano, “nunca subestimes el poder de un pendejo”.
No entiendo por qué buscamos obsesivamente reemplazar con eufemismos, siempre débiles e insípidos, lo que sólo puede revelarse por medio de las “malas” palabras, que de malas no tienen nada. Las majaderías no le restan “clase” a nadie, en caso de que haya alguien a quien “la clase” de verdad le importe.

Yo soy una pelada. Yo nunca me aguanto un “no mames” ni un “me caga”. A mí, si me lastiman, los llamo por su nombre y no me lo pienso dos veces. Si un libro me gusta, para mí es una verdadera obra de arte, una chingonería. Odio que me digan “ay, no digas esas palabras, se oyen fatal en una niña”. A mí déjenme expresarme como se me dé la gana. Y también, por cierto: “los niños” y “las niñas” somos iguales.

A todos extrañará que, a pesar de todo lo aquí expuesto, me atreva a afirmar que soy una dama. Y lo soy. Soy una dama educada, sin ataduras de ningún tipo, que sabe conducirse “a la altura”, que respeta a todo mundo y que, sobre todo, conoce el valor de las palabras y se regodea en la posibilidad de valerse de majaderías de vez en cuando, para comunicar de este modo lo que de otra forma es, simple y sencillamente, inexpresable.

Eso: la beatería, el puritanismo, la hipocresía… eso sí que me emputa. Seamos libres y dejémonos de tanta santurronería.

***

Octavio Paz escribió en “Los hijos de la Malinche” (El laberinto de la soledad):

En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Los adolescentes, cuando quieren presumir de hombres, las pronuncian con voz ronca. Las repiten las señoras, ya para significar su libertad de espíritu, ya para mostrar la verdad de sus sentimientos. Pues estas palabras son definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y de la facilidad con que varía su significado. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.

¡Gracias, CarMartínezF!

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